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Los complejos retos que plantea el desarrollo

En todos los órdenes de la vida este dilema contemporáneo desafía a los ansiosos y también a los más ingenuos. La idea de que se puede progresar fácilmente es una fantasía y no comprender los requisitos indispensables puede conducir hacia una irrecuperable frustración con todo lo que ello conlleva. 

Por Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez 

La mente humana suele intentar hacerle trampas especialmente a aquellos que se dejan emboscar por el pensamiento lineal. Son los que tienden a suponer que el futuro es solamente una mera prolongación del presente.

En algún punto su lógica asume que, si llegaron hasta aquí con éxito, lo que continúa después no puede ser muy distinto. Les pasa en lo personal, en lo afectivo o en lo familiar y además les ocurre algo semejante en lo profesional y social y hasta en lo político o cuando describen su evolución como ciudad o país. Hay que abandonar rápidamente ese paradigma que abusa de la simplicidad. Ese modo de razonar sólo puede provocar tropiezos absolutamente predecibles y enlentecer cualquier derrotero hacia la meta.

Claro que existen valores y conductas, talentos y actitudes que, adaptadas a las nuevas instancias, pueden ser de gigantesca utilidad y deberían ayudar en gran parte a lograr los resultados esperados.

Cada etapa que se encara deriva en la aparición de incógnitas más sofisticadas que las previas que habrá que enfrentar de manera inminente. En el sendero de ese emocionante ascenso, a medida que se van sorteando los escollos, la magnitud de los inconvenientes que emergen requieren de mayor inteligencia y por lo tanto de un entrenamiento superior.

En la competencia deportiva se ve este fenómeno con mucha más claridad. Jugar con principiantes es muy divertido, no precisa de enormes esfuerzos y ser victorioso allí puede resultar relativamente simple, aunque tampoco eso significa que cualquiera lo consiga.

Cuando se ingresa a una categoría menos amateur ya se necesita de cierta constancia, una adecuación física considerable y una gran pericia para ganar. Ni hablar de cuando esa secuencia lleva a disputar el premio en una liga de alto rendimiento. A lo más básico habrá que sumarle muchas más exigencias, incluidas aquellas vinculadas a la psicología, la alimentación, el entorno y lo intrincado que las alternativas tácticas ofrecen.

En el mundo de los negocios es vital detectar las mesetas. Existe una circunstancia en la que subir al siguiente peldaño no es una posibilidad sino una obligación. Si no se puede acompañar la inercia de los acontecimientos invariablemente puede sobrevenir una caída estrepitosa o quizás sólo agónica, pero inevitable siempre.

En esas lides, relajarse no es sinónimo de mantenerse en pie. Todos intentan avanzar, inclusive en tiempos de crisis. Sacar ventaja frente al competidor es la regla general y hasta en temporadas recesivas esa dinámica sigue vigente. Sostenerse en el mismo lugar puede ser el equivalente al principio del final y a la crónica de una muerte anunciada.

Crecer en ese caso no es una alternativa sino una imposición. Actualizarse sin descanso, modernizarse en cada proceso, capacitarse de forma ininterrumpida, incorporar tecnología, buscar nuevos mercados, enfocarse en la especialización, ser más eficiente, estar alerta, son sólo ingredientes aislados de una larga lista de aspectos que no pueden ser subestimados.

Cuando del ámbito político se trata nada parece muy diferente. La lucha por el poder tiene patrones similares y cada vez con más frecuencia se recurre a esa “escuela” que ofrecen otros espacios para inspirarse y construir una hoja de ruta ajustada a las particularidades de esta cofradía.

Bajo estas premisas, cuando se anhela el desarrollo de una nación hay muchas tareas previas que atravesar y son las que pocos parecen tener en el radar. Mucho se habla al respecto, pero muy poco se viene haciendo para estar a la altura de semejante sueño.

Ningún territorio desplegará sus alas ni será modelo de nadie si antes no hace los deberes más elementales y en ciertas cuestiones diera la sensación de que se está a años luz a demasiada distancia de lo razonable.

Ni siquiera se ha detenido la sociedad a analizar esa nómina de asuntos a los que hay que invertirle energías. Identificar con precisión esos tópicos sería un primer paso que contribuiría considerablemente a determinar prioridades y administrar los recursos escasos entre tantas demandas.

Esa no es tarea exclusiva de la política. Las organizaciones de la sociedad civil podrían tomar esa posta y conformar la agenda no sólo retórica sino instrumental de cómo habría que abordar el porvenir. Disponer de ese itinerario no llevará mágicamente hacia el objetivo, pero al menos será un borrador de lo que hay que hacer.

Nada se desarrollará sin un exhaustivo análisis previo, sin un diagnóstico consensuado y una estrategia general mínimamente establecida. Nadie pretende un manual detallado, pero sí al menos un norte que funcione como guía hacia la acción concreta.  

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