Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral
Siempre tuve la certeza de que los países se levantaban con más trabajo y más estudio. Que nada es suficiente y mucho menos aún desde la “perezosa”, sino al trabajo con trabajo. Así lo han demostrado países que han librado guerras; no existe otro camino. Sin embargo, los argentinos, merced a su mentalidad tan imaginativa, siempre vamos sumando acontecimientos merecidos, por cierto, pero como a toda cosa, es la medida justa de ellas que nos dará el equilibrio exacto.
Si vamos al caso, todos los días son memorables y se merecen una celebración, pero el calendario anual tendría que tener menos rojo, no es posible un año de festejo cuando todas las cosas queman, con una inflación que no tiene límite. Si bien se prometió, pero se dicen tantas cosas con tal de tener el poder en las manos.
También es cierto lo que decía hace poco Scaloni, “no hay cosa más linda, que ver gente feliz: tu país”. Imagino que nuestra capacidad de improvisación nos recompensa recreando con otras virtudes si bien significativas, esa falta de logro real, fruto del trabajo a conciencia, de un plan coherente donde sobresalgan los hechos y no los discursos.
Nadie deshecha o ignora las alegrías populares nacidas en lo cotidiano por la gente común, apegada siempre a celebraciones que son consecuencias de anécdotas respetables.
Pero debemos “blanquear” también las alegrías, aquellas otras que verdaderamente constituyen una sólida causa, como las transformaciones del trabajo con firme tesón de cambios sustanciales.
Hacemos todo lo opuesto a un país en apuros, como decían periodistas de otros lares, que más bien somos afortunados liquidando las últimas joyas de la abuela.
Un país en apuros, se ajusta el cinto, suprime lo banal, se propone hacer un sacrificio donde el esfuerzo es el bien común, los políticos se callan, paran de una vez por todas su parafernalia de palabras sin sentido, y pasan a la acción del trabajo pleno hombro con hombro del trabajo íntegro.
Decía un periodista del Diario ABC de España: “Para ser merecedor de lo que tienes hay que agradecerlo, ya que agradecer ya es merecer.” Es ponderar la bendición de eso extra que el empeño ha hecho posible y reconocer es saber que no solo se puede, sino que estamos capacitados para producir el cambio cuando doblamos las ganas y la vocación.
“Porque un periodista es un contador de historias que inquietan, emocionan y hacen pensar” (Juan Antonio Giger, “La Vanguardia”). Justamente lo que pasa y que contarlas no es simpático, porque desvelan críticas abiertas.
Pero que, sin embargo, son las que sirven, porque corrigen, porque puntualizan las que al fallar por no ser confiables, permiten alejarnos de viejos vicios. El país fracasa en la blandura y abstracción que el ciudadano común no se permite hacer, que es criticar, marcar, no asentir si no está convencido de algo que pretenden endilgarle.
Ser permisivos es no prestarle atención a los intereses del estado que en la suma es un “ancla” que detiene su marcha. El país es nuestro, merece ser más mirado pacientemente en cada uno de sus detalles, sin pasar por alto sus contras.
No podemos estar comiendo “sapos” que, de prepo, siempre nos suman. Debemos ser más cautelosos, desempeñando el verdadero papel de ciudadano responsable, no casándose con nadie, menos si se atenta contra principios esenciales.
Es como propugna el cantautor cubano Pablo Milanés, ante el escepticismo de muchos que a pesar del dolor ajeno continúan impasibles en su “cruzada” del interés propio:
“La vida no vale nada / cuando otros se están matando / y yo sigo aquí cantando / cual si no pasara nada.” /
No hacer es no mirar al otro, nuestro semejante, desplegándose, dejando jirones, en la lucha enmarañada por la subsistencia.
La transmisión en River con la Selección Argentina Campeona Mundial de Fútbol, ha sido de lágrimas por doquier, haciendo realidad lo dicho por Scaloni: no tiene parangón ver a tu pueblo feliz. Pero recordándonos que el triunfo se gesta desde el equipo, donde todos empujan por igual procurando tantos. Claro que sí.
Pero tengamos en cuenta que el país no se hace solamente con fútbol, forma parte de una porción muy pequeña de la fiesta. No eterna, sino cuando merece ser celebrada. No supliendo lo uno por lo otro con tal de alcanzar triunfos cueste lo cueste.
Lo que debemos aprovechar de ella es la fuerza loca por revivir los orgullos argentinos, que en plena celebración surgen solas, para emprender la marcha y ya no es ocio, sino trabajo, voluntad férrea.
No podemos estacionarnos de por vida en el ocio extremo, el ocio viene al final como colofón de celebración que pone tregua, para recomponernos y continuar la brega.
Como se hizo este país al principio. Con gringos corajudos acostumbrados al sacrificio, descansando ligeramente para continuar mañana con más bríos y seguramente muchos más problemas.
No existían entonces los “findes” largos, interminables, incapaces de tomar el ocio por las astas y hacer algo útil con él. Solamente descansar por el descanso mismo.
Un país se hace poniendo lo mejor de nosotros trabajando mucho más. Nada es mucho para sacarlo adelante. Ya hemos hecho bastante abuso de la nada por la nada misma.
Seamos más responsables. Y que las fiestas, viva la Pepa, sean por más trabajo, celebrando su acción transformadora, generadora de progreso.