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Juegos de guerra

Domingo, 23 de abril de 2023 a las 01:00

Suena alucinante. Desproporcionado. Pero la política argentina ya no asombra, toda la vida fue extrema sin importar los sacrificios del único sacrificado: el pueblo, o como dicen los uruguayos al obrero, “El hombre chimenea”.

Me hace recordar cuando en la “colimba”, cubría con otros dos conscriptos, pertenecientes a la División Operaciones del Comando entonces, en nuestro rol de dibujantes, los Juegos de Guerra.

Como el ajedrez, el planteo de una “guerra” en papeles, con el desplazamiento de fuerzas donde dos colores opuestos, caracterizaban a cada uno de los contendientes. 

Ellos, eran tan serios, que convocaba muy especialmente al grupo de oficiales que comprendían la plana Mayor, y las dependencias de los diversos cuerpos que ellos comandaban.

Pasados los días, las circunstancias eran las mismas, la rutina de siempre y las ganas de que pasen los meses, a ver cuándo nos daban de baja.

Al hombre siempre le gustó jugar, esgrimir toda su “sabiduría” para así poder demostrar su superioridad. El hombre es un eterno batallador del uno contra el otro, ratificando el DNI que tanto lo distingue desde principios de la historia. 

Una película americana procedente de 1983, producida por la Metro Goldwin Mayer, con el protagónico de Matthew Broderick, titulada: War Games (Juegos de Guerra), y ambientada a fines de la Guerra Fría da cuenta de ello.

Denota el peligro que encierran determinados juegos cuando la cibernética se torna en el auxiliar del hombre, y están destinados a sobrellevar un desarrollo de retos ante la comunidad mundial.

El ingreso de un hacker con unos números que dan con la clave de la computadora a cargo de la defensa, pone en peligro la paz del mundo. Solamente quedan después del susto ante tanto descaro, reflexiones que puede servirnos como parámetros para no jugar con fuego.

“La guerra nuclear es un extraño juego en que el único movimiento para ganar es no jugar”, porque de lo contrario podríamos estar habilitando el final tan temido.

Las citas son a manera de ejemplos, que los Juego de Guerra no siempre son caminos de salvación. Para un país que siempre está sobre la llama, las temperaturas parecen no inmutarnos, pero recordemos que tarde o temprano los grados de desfachatez alcanzados siempre nos juegan malos momentos.

Parecían estar los caminos perfectamente demarcados para un año electoral donde oficialismo y oposición estaban definidos. Sin embargo la más importante facción de esa oposición dio el puntapié inicial, demostrando públicamente que la paz no es tal y que hay disparidades que en vez de nervios produce bronca, porque seguimos sin aprender la lección de una buena vez.

Macri, el movilizador que juega fuera del área pero con las ganas fervientes de hacer gol, cueste lo que cueste, arriesgó haciendo tambalear toda la estantería:

“Si tenemos el coraje de hacer lo correcto, que no es lo políticamente correcto, el futuro es nuestro.” Si así comenzamos, cómo terminaremos. No les bastó 4 años ausentes para diagramar el Juego de Guerra para la paz y el progreso.

Pero las peleas brillan por doquier. El Presidente que quiere ser reelecto sin hacer mea culpa, mientras los chicos zapatean su desagrado, y los auténticos que siempre dicen ser, están perdidos justamente en el encontronazo final.

Habrán pensado las molestias y los costos de tantas fechas de sufragio, que más que nada parecen movimientos buscando calentamiento, a pesar de la calentura general.

Miraba y analizaba la palabra intríngulis, y es así nomás, sin entrar en sutilezas, pero resulta ser terminante, concreta: “Dificultad o complicación que tiene una cosa.”

Sucede que estamos complicados desde siempre, porque somos complicados. Somos los únicos culpables. No elegimos personas de valía, capaces, resolutivas, parcos, solamente hablando en tono serio, no a manera de puesta discursiva, es decir todo lo opuesto: concretos, lógicos, con sentido común, sin pensar en “las mieles del poder”.

Sin embargo el populismo metido hasta el hueso, con predisposición de robots y sumisión, admite cualquier cosa, es decir consignas grabadas a fuego, la política como religión y obsecuencia distintiva.

Siempre optando por el incapaz pero con rostro en gesto canchero, demostrando lo que generalmente no lo es: simpático, sonriente, carilindo, presto al abrazo fraterno, al beso, a los largos y tediosos discursos que son la suma de promesas incumplidas como la inflación jamás recuperada su normalidad.

Dios nos libre del futuro merecido que lo tenemos pendiendo sobre nosotros como la espada de Damocles. Es el mañana que supimos conseguir, gracias al desorden que los pares sin movilizaciones y en silencio miran para otro lado, dándoles “yangüí”.

Ojalá que esa misma calma la mantenga si otro color se apreste a gobernar. Saber perder es comprender que es parte del juego electoral, pero más que nada el alto valor democrático de la alternancia.

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