Por Miguel Angel R. Villlalva
Especial para El Litoral
En la segunda y tercera décadas del siglo XIX, la provincia de Corrientes procuraba alcanzar sus contornos definitivos. En el sur, el pueblo de San Roquito vino a incorporarse por acto popular espontáneo el 6 de febrero de 1822. Ese día, varios notables, encabezados por el Comandante Juan Francisco Tabacayú y el Alcalde 1ro. Francisco Solano Aripi, entre otros, junto a vecinos y habitantes del pueblo, “reunidos para tratar sobre la suerte venidera”, ya que nos “hallamos sin protección alguna por no haber autoridad ni jefe reconocido en Misiones, de donde hemos dependido, por lo que nos consideramos huérfanos y libres de obligaciones y debiendo unirnos a vivir en sociedad con otros pueblos para poder subsistir y ser útiles a nuestra adorada Patria y al mismo tiempo ponernos al amparo y protección de un gobierno legítimo, después de haber tratado con el mas maduro examen que a nuestro interés conviene, hemos resuelto todos … unirnos a la Prov. de Corrientes, sujetándonos a su gobierno con entera sumisión … y estar obedientes a las leyes que dicte: vivir en unión con nuestros hermanos los correntinos y componer una sola familia, …, reconociendo… como gobernador al Sr. Tte. Cnel. don Juan José Blanco y a los sucesores. Y acordamos que esta acta original se remita al superior Gobierno para que … nos admita bajo su protección, reconociéndonos como verdaderos ciudadanos dependientes de la provincia de Corrientes y Súbditos de ella. Firmaron las autoridades y 36 vecinos, casados y solteros ante Damacio Ybarabé, notario eclesiástico”.
Los demás caciques de la Comandancia, intentaron imitarlos, ahítos de sufrimiento y reclamando amparo, cuando un antiguo comandante militar de Yaguareté Corá, Felix Aguirre pretendió revivir el cacicazgo general de Misiones, estableciendo su capital en San Miguel. Este, como Loreto, fueron pueblos indios creados por los jesuitas en terrenos que reconocían como de Corrientes, el primero en 1632 mientras que el segundo, trasladado de Pirapó en 1633 por el P. Cataldino. Después de la expulsión de la Orden, ambos pueblos continuaron dependiendo directamente de Corrientes, aunque se independizaron de hecho durante la dominación paraguaya de Misiones y la posterior de Andresito.
Felix Aguirre al parecer, era un instrumento de que se valía Estanislao López, para debilitar la importancia política de Corrientes y crearse a la vez elementos dóciles que le permitiesen influir sobre los destinos de aquella, pues se percató que el espíritu y la tendencia al orden de Blanco estorbaban sus planes personales. El Gobernador de Corrientes defendió los derechos de jurisdicción y territorio histórico de la Provincia usurpados por Aguirre, pero no consiguió que fuesen reconocidos y respetados por López, que, altanero y descaradamente sostenía al indio alzado. La necesidad de paz y concordia del momento, aconsejaba tolerar el hecho, posponiendo la definitiva solución del conflicto.
La titulada gobernación de Félix Aguirre, en Misiones, vino a sucumbir a fines de 1827. Entonces Aguirre trasladó de San Miguel a San Roquito su campamento de bárbaros y de ladrones que formaban la cohorte de gobierno y desde allí se erigió en azote implacable de Corrientes y del territorio ocupado por los brasileños en la margen oriental del Uruguay, Bentos Manuel, jefe brasileño atravesó con fuerzas el río Uruguay y dispersó los grupos principales de los salteadores. En tanto se inició la guerra de las Provincias Unidas del Río de la Plata contra el Brasil y el brasileño intentó mantenerse en la banda occidental, pero tuvo que evacuarla precipitadamente cuando las tropas correntinas de frontera marcharon sobre él, no para defender a los misioneros, sino el territorio argentino.
Misiones fue enseguida teatro de un vandalismo desenfrenado. Mariano Alentía desalojó a Felix de Aguirre, Pedro Gómez se levantó contra Alentía y Agustín Cumandiyú se rebeló y mató a los dos; los indios dispersos, en guerra unos con otros, sin ningún gobierno ni caudillo de influencia, hacían vida de salvajes.
De esa situación decía el artículo 4to del Tratado de Alianza celebrado por Entre Ríos y Corrientes: “Por el estado absoluto de anarquía en que se halla el territorio de Misiones, no solo sufre la provincia de Corrientes continuas incursiones de aquellos habitantes, ocupados exclusivamente del pillaje, sino que el referido territorio sirve de asilo a cuantos criminales escapan de la justicia en las provincias contiguas”
El Gobierno de Corrientes ocupó y pacificó el territorio misionero, sometiéndolo a las leyes de la provincia. De la jurisdicción de hecho de Aguirre, que caían en el perímetro correntino, sobrevivían, bastante arruinados apenas San Miguel, Loreto y San Roquito. Este ratificó su anterior pacto de adhesión a la Provincia, los otros dos se anexaron por el tratado del 9 de octubre de 1827, firmado en la capital por el gobernador Ferré y los representantes indios, corregidor Juan Ramón Irá, cacique José Ignacio Bayay y secretario José Ignacio Guayrayé.
Las familias que se resistieron al nuevo orden, vivieron por algún tiempo en los bosques y sierras, hasta que, unidas a indios vagabundos se asentaron después cerca de las ruinas de La Cruz y Yapeyú, cuando la feliz aventura del general Fructuoso Rivera sobre las Misiones Orientales en 1828. Este caudillo hizo entonces mucho ruido con la organización de “su” provincia de Misiones, (todo fue aparato de que se valió Rivera para rehabilitarse un tanto aprovechando la oportuna casualidad que lo hizo dueño de una parte de las Misiones Orientales) comprendiendo en ella las orientales y las occidentales y como en estas no había población de ninguna clase que cohonestase su inclusión, valióse de sus antiguas relaciones y títulos artigueños para que los indios amontados le formasen alguna. En el titulado y pintoresco “Congreso de Misiones” representaron al núcleo así reunido Vicente Tatui y Fernando Tiraparé, indios de San Borja.
La paz con el Brasil vino a poner término a la farsa de Rivera; sin embargo, las rancherías indias de La Cruz y Yapeyú subsistieron, comandadas por un tal Juan Cavañas, el cual entró en conversaciones con el Gobierno de Corrientes. “El residuo de la población que hubo en Misiones”, dicen los poderes, nombró como representantes a Baltasar Acosta y Fernando Argüello, quienes, junto a Manuel Serapio Mantilla y Juan Mateo Arriola, designados por Corrientes, celebraron el Tratado llamado “de Incorporación” el 19 de abril de 1830, por el cual las referidas ciudades se anexaban a la provincia (03), documento que más tarde ratificaron en la ciudad de Corrientes el Comandante Juan Cavañas y el capitán Juan I. Argüello, el 5 de Mayo de 1830.
No todos los habitantes, empero, estuvieron de acuerdo. Varios indios con sus familias se cruzaron al otro lado del río, registró el Cmdte. del Paso de Ombú, en Itaquí, el 19/12/1829, “como disgustados con la venida del Cmdte. Cavañas a entrar en relaciones de amistad con el gobierno de Corrientes”, aunque, de todas maneras, con el Tratado concluido, la jurisdicción correntina iba adquiriendo sus contornos definitivas, extendiéndose hasta la orilla derecha del río Uruguay, desde el Mocoretá, en el sur, hasta el río Aguapey en el norte, zona esta última cuya ocupación y poblamiento se vio demorado un par de décadas, debido al dominio militar ejercido por el Paraguay, al norte del Aguapey, en usufructo de una ruta comercial entre la Trinchera de San José y Puerto Hormiguero, sobre las ruinas de la antigua Santo Tomé.