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Oscuras prácticas

Domingo, 23 de abril de 2023 a las 01:00

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Era muy conocida en la ciudad de Corrientes una mujer que vivía en las afueras del casco urbano, cerca del arroyo Pirayuí, en la intersección de la ruta nacional N°12. Rodeada de animales domésticos, en una casa construida con ladrillos cocidos asentados en barro, el techo en parte de paja y otra con chapas de cinc, habitaba doña Francisca; la que desde su galería saludaba a los que pasaban, con afecto y respeto, aunque tenía sus secretos. En general la gente la conocía porque era la que se encargaba de los empachos, el mal de ojo, la culebrilla y tantos otros males que la medicina moderna no alcanza a comprender, o que en el transcurso del tiempo olvidaron cómo. 

Su horario de atención para las atenciones mencionadas culminaba inexorablemente al caer la tarde. Cuando comenzaba el sol a declinar, los que estaban formando fila para ser atendidos sabían que Francisca cerraba sus puertas hasta el día siguiente, al menos para esa actividad. 

A la entrada de la noche el despoblado lugar recibía a otro tipo de clientela, llamémosle así. Generalmente conducidos por taxistas o en vehículos particulares, que no podían pasar la tranquera, solo a pie. 

Lo que exigía en los días de lluvia que fueran provistos de botas de goma para el chapaleo de los charcos que se formaban. No todos los días se realizaban estas reuniones, solo los martes y viernes. Una secretaria mal entrazada tomaba nota de los asistentes hasta completar el cupo, especialmente para aquellos que no habían avisado que concurrirían. Por turno iban desfilando hacia la construcción de techos de cinc, cuya entrada metía miedo desde el comienzo. Una larga cortina negra con estrellas al rojo vivo y figuras indescriptibles recibía al visitante. 

Si era primerizo se asustaba al tener que atravesar corriendo hacia un costado el pesado obstáculo, para entrar a la habitación que estaba amueblada con una mesa redonda, sillas alrededor de ella y luz mortecina de luminarias rojas y negras. Ubicados los asistentes en el lugar, se observaban con desconfianza unos a otros. Cada cual traía un motivo diferente, aunque con un objetivo común: hablar con los muertos. Francisca era una reconocida nigromante, es decir una persona que invoca a los muertos para ver el pasado o el futuro. 

Entre inciensos encendidos al efecto, la habitación olía a mirra. Las sombras jugaban con las miradas de los sorprendidos concurrentes. De pronto, exactamente a las diez de la noche, por una pequeña puerta casi desapercibida en la oscuridad, situada en el lado opuesto a la entrada ya descripta, aparecía Francisca. Con un largo vestido negro como la noche misma, con una bolsita en la mano, saluda cortésmente a los asistentes, ocupando su lugar alrededor de la mesa. Siguiendo el orden de los participantes de la reunión comenzaba la sesión de nigromancia. Hablarían con los muertos. 

Empezaba con el de su izquierda, quien exponía su requerimiento. En la mayoría de los casos se trataba de objetos perdidos, joyas, dinero, amores frustrados, cuentas pendientes con sus muertos. En el mismo orden dispuesto, extrayendo de la bolsa huesos de los muertos obtenidos del cementerio, cualquiera fuere, Francisca entraba en trance. 

Demandaba la presencia del muerto requerido y, al cabo de unos minutos, la voz de la mujer cambiaba totalmente. El espíritu invocado contestaba quejándose por alterar su paz en el plano en que se encontraba, brindando datos increíbles al asistente que, con los ojos desorbitados, tomaba nota. 

Afirmaban los que concurrían que en la mayoría de los casos la respuesta era correcta. Hallaban objetos perdidos, descubrían fraudes entre herederos, celos que se comprobaban eran ciertos, engaños y fechorías. Otros cerraban el capítulo de su duelo, el muerto lo había perdonado antes de morir. 

Estas eran las noticias buenas. En la mayoría de los casos de preguntas sobre juego y apuestas, los sabios muertos parecían coincidir: no había que jugar. Más complicado se mostraba el presente y el futuro. El caso de una mujer que desde hacía tiempo figuraba como viuda se enteró, por intermediación del espíritu de su madre, que el marido vivía tranquilamente en la Ciudad de Buenos Aires. Así las cosas, “¿me voy a casar?, ¿cuántos hijos tendré?” y… “¿cuándo moriré?” Si hay algo que molesta a los espíritus es esa pregunta. Por qué la hacen, si todos saben que tienen fecha de vencimiento vital, solo que desconocen cuándo. En esos casos, los muertos convocados se niegan a responder, dando gemidos horribles. 

En muchas ocasiones los que concurrían, previo aviso para evitar concurrencias generalizadas, eran los investigadores de la policía. Parece mentira, pero es una práctica muy desarrollada en el mundo. Muchos crímenes se descubrieron gracias a la intermediación de Francisca. 

El problema es que la práctica de esta disciplina puede generar que algún espíritu maligno se filtre o sea invocado. 

Como el caso de las denominadas almas en pena, o endemoniados. Francisca acudía, al terminar sus tareas, a una pequeña capilla que se hallaba a unos metros del recinto de sesiones nigrománticas. Luego de cada sesión rezaba y pedía perdón a todos los santos por incursionar en un mundo reservado a los dioses, como afirmaba. Encendía los cirios a sus santos, la Virgen de Itatí entre ellos, al Señor de la Buena Muerte y de las almas en pena. Se arrepentía de algunas invocaciones que terminaban en tragedia. Como el caso del joven que, consultando a su madre muerta, descubrió que el hijo que tenía con una mujer muy bonita no era suyo, sino del antiguo amante de su esposa, con el cual ésta mantenía relaciones simultáneas. Ello derivó en una tragedia: enloquecido de celos y dolor ingresó a su casa justamente cuando el falso amigo se despedía de su mujer. Sin dudar, descargó su revólver en los amantes, matándolos al instante. Esos finales ponían a Francisca en un estado de tristeza, tratando de evitar ese tipo de preguntas. Pero la gente exigía y ella cobraba por ello. 

Una noche en que realizaba su labor, al invocar a un muerto en busca de respuesta sobre un tema, en vez de contestar el muerto aludido, respondió otro. Uno violento que dominó a la pitonisa y a través de ella, el espíritu maligno fue corporizándose en un ser espantoso lleno de llagas, fulgurante, garras siniestras, ojos de fuego refulgente. Con su aparición logró una estampida de los concurrentes que se agolparon sobre la cortina, chocándose entre ellos, golpeándose y arremetiendo a campo traviesa. La única que quedó a enfrentarlo fue Francisca, la que rápidamente perseguida por el maligno, huyó a refugiarse en su capilla. Solo le sirvió para frenar un momento a la bestia. A pesar del agua bendita y los rezos invocando a los santos, el ser oscuro la alcanzó, la tomó entre sus garras y sin miramiento alguno le destrozó la cabeza a dentelladas. Los horribles gritos de la mujer atrajeron a su ayudante, quien con una cruz en la mano intentó en vano detener al ser de las tinieblas. Francisca yacía en el piso muerta por las lesiones y el espanto. La ayudante pudo un momento frenar al oscuro, pero pronto fue superada su valla. La cruz voló por los aires y el cuello de la infeliz mujer fue cercenado con un profundo tajo de las garras del endemoniado. Alrededor los animales comenzaron a hacer un ruido infernal: pollos, patos, perros, gatos y cabras, todos fenecieron esa noche, nada quedó vivo en el lugar. La sombra se dirigió hacia la ciudad, se ignora cuál fue su destino. 

El espectáculo dantesco, al día siguiente, era comentario de toda la ciudad de Corrientes. La policía si bien no encontraba explicación racional a esa mortandad, tenía conocimiento de las actividades de Francisca. El caso se cerró sin responsables del hecho. 

Así desapareció Francisca, la nigromántica de la orilla del Pirayuí. Mientras por las calles de la ciudad deambula un ser aterrador sediento de sangre y venganza, por culpa de aquellos que lograron abrir una puerta entre el mundo de los vivos y los muertos, que debe mantenerse cerrada. 

Muchos sacerdotes católicos, pastores evangelistas y otros concurrieron al lugar a exorcizar el mismo. Lo extraño del caso es que cada vez que concurren aparece el chivo muerto de Francisca.

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