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El tesoro del árbol

Domingo, 09 de abril de 2023 a las 01:00

Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones
Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”

Una familia distinguida y de mucha prosapia, según códigos antiguos de jerarquía social, vive en la calle San Juan entre Fray José de la Quintana y 25 de Mayo. Fueron referentes, durante muchos años, del Partido Liberal correntino. 
El antiguo caserón, escenario donde ocurren los hechos que les relato, emula las casas españolas. Un patio central rodeado de galerías, puertas bajas y ventanas de reja construidas a fragua y martillo. No hay soldaduras, solo remaches que hablan de los tiempos de artesanos, herreros y carpinteros que honraban su gremio. Obreros de trabajo honesto y fecundo que vivían, generalmente, en las zonas marginales de la ciudad; por entonces limitada entre cuatro avenidas, siendo una de ellas falsa: la Avenida España. Proyectada, pero no realizada, quedó como calle con nombre pomposo. 
La casa es de ladrillos grandes, ladrillones diría para explicarme mejor, asentados en barro, con la mezcla de pasto y otros elementos típicos de la colonia. En su patio todavía se pueden escuchar los ladridos de los perros y el grito de los niños jugando en él, cuyos ecos quedan guardados en los arcanos de los tiempos idos. En el medio, un gran árbol sirvió durante años de sombra y cobijo para el calor de nuestra zona. Fue testigo de tertulias y saraos, de risas y llantos, sentimientos humanos que se pegan a las paredes como reminiscencias de otras épocas. 
El dueño de la casa, el patriarca de la familia, ante el desmesurado crecimiento del árbol, y en la necesidad de adecuar la casona a los nuevos servicios de la más que centenaria ciudad de Corrientes, contrató a un grupo de obreros de su confianza para que cortaran algunas raíces y podaran el añoso árbol. Era necesario para la instalación de las cloacas y el agua potable, y así reemplazar el viejo sistema de aljibe y el pozo negro de los retretes. 
Puestos en la tarea encomendada comenzaron a podar el árbol sin arruinarlo, respetando las reglas de oro de los que saben de plantas. Es decir, la luna correcta para evitar que el vegetal se seque; conocimientos antiguos transmitidos oralmente de generación en generación. 
Estando en la tarea de sacar una de las raíces más grandes del orgulloso árbol, la pala se trabó en un metal sacando chispas. Ante ello siguieron cavando al costado del objeto metálico. Pacientemente, casi con delicadeza, fueron escrudiñando el terreno en que paleaban. Poco a poco fue apareciendo un objeto en forma cuadrada, de hierro herrumbrado, tachonado de remaches. Lentamente fueron liberándolo de la tierra y las raíces que lo abrazaban desde hacía mucho tiempo. Con cuidado, observando que no hubiera “moros en la costa” -o sea, los habitantes de la casa, que dormían en el otro patio, para evitar el ruido de los obreros-, sacaron el cofre e inmediatamente lo cargaron al carro que tenían para transportar los troncos y las ramas que extraían. El contenedor tenía un agujero en su parte inferior y por ella escaparon algunas monedas. No se detuvieron en la operación, simplemente subieron al carro y se dirigieron con rumbo desconocido. 
Cuando los dueños despertaron se encontraron con la novedad de la casa con la puerta entornada y nadie trabajando. Observaron el lugar y descubrieron la forma de la caja con herrumbres en la tierra y algunas monedas de oro que habían caído. Inmediatamente avisaron al patriarca, quien sin inmutarse dijo: “Mejor que se lleven nomás, trae mala suerte estos descubrimientos. Lo triste es que perdimos a los trabajadores”. Las monedas restantes encontradas en el lugar fueron donadas a la iglesia ubicada en San Juan y 9 de Julio. Nadie quería saber nada con ellas, traen la maldición consigo, expusieron. 
Pasaron algunos días cuando, entre las noticias que se conocían en la ciudad por medio de la única radio existente, y los diarios locales, se informó que cinco desdichados fueron hallados asesinados. Todos degollados, a la vera del arroyo Poncho Verde a la altura de la Escuela 12, que lindaba con el zanjón de la calle Mariano Moreno. 
Los habitantes del barrio conocían a las víctimas, porque eran sus vecinos. Indagando, la policía descubrió que esa misma noche en que se hicieron con el tesoro, aparecieron por el boliche cerca de la Escuela Regional, donde bebieron a discreción y jugaron al billar hasta tarde. La borrachera que se alzaron fue feroz. Pagaban la cuenta con monedas de oro y plata y brindaban delante de todos, actitud que fue su perdición. Cuando el dueño los saqueó bastante, al salir los siguieron unos cuantos clientes que observaban la conducta de estos pobres gatos, haciendo ostentación de riqueza que no podían poseer. Al llegar a la altura del zanjón de la escuela mencionada, se lanzaron contra los borrachos. Así los obligaron a ir a sus casas a buscar el resto del tesoro, amenazando a sus familias. Sin embargo, no los liberaban. 
Los traían atados para que no escaparan y cuando terminaron con el último volvieron al zanjón con el tesoro a cuestas y los prisioneros a los que de un solo tajo los degollaron sin piedad alguna.
Los cuerpos abandonados causaron estupor en el barrio. La policía en pocas horas descubrió a los autores del homicidio alevoso. Los familiares los reconocieron, el bolichero también los conocía y sabía de la catadura moral de los imputados. Breve fue el juicio donde fueron condenados todos a cadena perpetua; el bolichero, algunos años por estafa. El tesoro pasó a manos de la Justicia correntina, y desde entonces nadie supo más de su existencia. Comentan algunos que el juez, un santefecino ligero, presentó su renuncia a los pocos meses y su rastro se perdió en espacio y tiempo, así como el tesoro que custodiaba en su juzgado. Así terminó la historia del tesoro de la casa del patriarca. 
Los presos juran que, en la cárcel, ven una figura oscura que los vigila en las noches sin fin del encierro y se ríe a carcajadas. El tesoro cobró su precio.

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