n Los tiempos de la campiña de Brasil, cuando la gran nación del orden y el progreso se construía a sí misma con el impulso vital de sus productores agrícolas, comparten con la Argentina el protagonismo de máquinas invencibles, automóviles inolvidables cuyos roles fueron indispensables para comunicar ciudades, pequeños pueblos y parajes rurales.
Hasta allí fuimos con la misión de profundizar en la historia de Paraná, uno de los Estados más potentes de la federación brasileña cuya actividad agroindustrial encuentra origen en la iniciativa de los emprendedores que durante el siglo XX se movilizaron a bordo de colosos mecánicos como el Chevrolet Styleline que probamos en los caminos rurales de Campiña Grande Do Sul, un municipio satélite de la capital paranaense, la vanguardista Curitiba.
El Chevrolet pertenece a Julio Guidolin, amigo y anfitrión cuya generosidad hizo posible una experiencia única. Son las 8 de la mañana y el viaje que emprenderemos comprende la rodovía BR 116 saliendo desde su finca, a la vera del embalse Capivarí-Cachoeira, enorme espejo de agua creado en el valle por Copel, la empresa de energía que genera electricidad para la región. Allí, desde una cabaña instalada con todas las comodidades en el corazón de la selva nativa (el sur del Mato Grosso), este cronista toma el volante del Chevrolet 1951. El auto enciende al primer intento a pesar de que pocos días antes ha finalizado una exigente travesía de espíritu dakariano por la Patagonia argentina, a lo largo de 8000 kilómetros en los que ha sido nave insignia de la expedición Peabirú 2023-2024.
Después de Peabirú, ya en sus días de quietud, Julio ocupó la butaca derecha para copilotar durante la prueba que pasamos a describir: por caminos de cornisa abiertos en la espesura de la floresta paranaense, el Chevrolet se abre paso entre árboles nativos y preciosas hortensias plantadas medio siglo atrás por la madre de nuestro anfitrión. “De la misma forma en que transitamos nosotros anduvo mi abuelo por estos campos”, relata Julio.
El Styleline, antecesor pero a la vez coetáneo del famoso Bel Air, se desenvuelve señorialmente pese a lo escarpado del camino, sube las pendientes con prodigioso torque gracias a una relación de transmisión que no es la original. Cuando lo encontró, Julio prefirió dar de baja al motor fundido y decidió cortar por lo sano para ganar tiempo: reemplazó el corazón de fábrica por una mecánica de Chevy Opala, otro clásico brasileño muy valorado en el país vecino.
Caja manual de cuarta que pareciera de quinta porque la primera marcha permite partir desde cero pero se desenvuelve con la dinámica de una segunda. Luego tercera y así llegamos a la autopista, rumbo a Curitiba. Vamos a 80 kilómetros por hora, velocidad suficiente para que el viento se deslice por el habitáculo hasta demostrar que el aire acondicionado sería un aditamento innecesario.
La vuelta programada es breve, amaga con subir a la fantástica sierra Graciosa hacia la colonial ciudad de Morretes, pero no hay tiempo para tanta aventura. Viramos en “U” en el retorno habilitado, con destino al barrio “Terra Boa”. Después del abastecimiento en una gasolinera, nos espera la primera parada en la panificadora de Marcelo D’Bortoli, espónsor de Julio en las expediciones de Peabirú.
Café, pan recién horneado con manteca y oh sorpresa: dulce de leche argentino marca “La Serenísima”. Un pote de kilo que Julio trajo a sus amigos de la panadería. Después de la charla animada en mi limitado portugués, volvemos a partir. La suspensión delantera independiente de nuestro bote americano se comporta de maravillas en el empedrado del camino. Avanzamos hacia un taller mecánico donde Julio se interioriza sobre el mantenimiento de su motocicleta, una muy singular Suzuki DR 750 traída de España años atrás.
La gente ve el Chevrolet y saluda. Creen que es Julio al volante, pero él asoma por la ventanilla derecha para aclarar: “Ahora tengo un chofer argentino”. El mecánico celebra la visita. Se despide ante la llegada de un nuevo cliente y nosotros continuamos la vuelta por la campiña. Descendemos por un plano inclinado con curva a la izquierda que permite poner a prueba los frenos. Todo perfecto. Después hay que pasar por debajo del viaducto y retomar hacia el norte, con dirección al lago.
La vuelta está terminando, los portones se abren al paso del Chevrolet color crema (envejecido ex profeso mediante pulimentos de acabado mate), que también es muy especial por un detalle que dejamos para el final: no vamos en un sedán como los que pueden verse de tanto en tanto en la Argentina, sino en un coupé con capacidad para seis personas cómodamente sentadas. Hay tanto lugar que unas vacaciones en familia podrían durar un mes sin que resultara necesario repetir el vestuario de nadie.
Llegamos al Mato. Los perros mueven sus colas sin ladrar y el Chevrolet encuentra la sombra de una enorme acacia tan antigua como él. Bajamos satisfechos, entregamos el pan fresco a la familia y dejamos que transcurra el día rodeados por el canto de las aves. Es momento de las últimas fotos antes de alistar otra aventura por la selva. El portentoso espécimen americano descansará un poco. Se lo merece a cambio de tanta nobleza.