Camila María O’Gorman es conocida como una de las víctimas de Juan Manuel de Rosas. Su pensamiento era como él: menos libros y más látigo. Esclavista, comerciante, socio de los ingleses, estanciero y ladrón despiadado, según sus detractores. También se lo acusaba de cobardía, pues nunca estuvo en peligro en un campo de batalla; de esos que gritan “adelante”, pero se quedan prudentemente atrás.
Su relación con la familia de Camila María era estrecha, como la de todos sus súbditos. La sociedad porteña, según algunos críticos de la época, podía resumirse en la frase: “Todos son alcahuetes del amo patriarcal”.
Para tratar de cubrir la presunta deshonra de su cuñada, considerada la mujer más bella de Buenos Aires, adoptó al hijo que esta tuvo con nada menos que Manuel Belgrano: Pedro Rosas y Belgrano. Ella amó a Manolo hasta el final de sus días, a pesar de los deslices de su amante, picaflor al fin.
Era enemigo de la educación y veía con malos ojos que Manuelita, su hija oficial, sumada a los otros seis hijos que tuvo con la joven Castro, estudiaran o leyeran. Afirmaba:
—Corrompe las mentes.
Él no necesitó libros para convertirse en el diablo en persona. Su hija Manuelita, como se la conocía, recibía a sus amigas en la casa de Santos Lugares, que de lugar tenía mucho y de santo un cuartín (moneda española de mínimo valor). El hombre elegía su presa a placer y hacía saber a sus cómplices quién era la elegida para sus tertulias; luego venía la cama, no precisamente para dormir. ¿Alguien se habría atrevido a protestar? Nunca jamás, por el terror que inspiraba aquel vampiro diabólico. “A seguir viviendo”, se decían para sus adentros.
Se aseguraba de que ninguna quedara embarazada. Para eso contaba con médicos sometidos al régimen y curanderas nigromantes de los barrios bajos, sin descontar las de los barrios del centro.
Camila caminaba libremente por las calles y gozaba de la protección del señor. Hermosa muchacha, blanca, alta, de buen porte y con veinte años a cuestas, no mostraba interés por los candidatos que se presentaban. Total, aparentar virginidad era cosa que las mayores de entonces manejaban con habilidad.
Pero apareció otro desdichado de la vida: Uladislao, joven cura por imposición y no por vocación. Prendió la vela que alumbra y calienta a la vez. Huyeron y se refugiaron en Goya. Al saberse despechado, Rosas mandó a sus sicarios detrás de su dama birlada y del “negrito santurrón”, según gritaba a los cuatro vientos.
En su huida, Camila utilizó una cadena de oro de su propiedad para confeccionar una leontina (cadena para reloj o colgante) con su cabello y anillas de oro. La regaló al capitán Lubary, de la goleta que le permitió cruzar el Paraná para llegar a Goya.
Establecidos en la ciudad correntina, por entonces una villa, vivieron felices hasta ser descubiertos por un cura llamado Michael Gannon, quien los denunció. Según la tradición oral, este sacerdote murió en Bella Vista, Corrientes, gritando:
—Perdóname, Camila. Por favor, no doy más. Perdóname, Camila.
En la villa vivían sus parientes, como también en la Villa de Esquina. Todos sabían quiénes eran los maestros, incluido el comandante Soto, que los protegía. A él, Camila le regaló otra leontina del mismo formato que la anterior. El final de los enamorados es conocido y lo hemos narrado en otros relatos.
Esa joya y su historia permanecieron en Esquina durante mucho tiempo. Don Caferatta Soto, historiador de fuste, la conservaba como herencia familiar. Afirmaba que solía ver la sombra de la joven acompañada por una criatura.
En un infausto momento, sus herederos dieron en comodato (préstamo de uso) la leontina al Museo Histórico de Corrientes, donde nunca fue exhibida. Un personaje oscuro como el carbón la llevó a su casa. Ante los reclamos de quien escribe, se inició una gestión que surtió efecto y, con la correspondiente escritura pública, la leontina de Soto apareció. Hoy luce en el Museo Histórico Municipal de Esquina.
El responsable de su custodia olvidó que los cabellos forman parte del cuerpo y que este nunca deja escapar del todo el alma. Algunos sostienen que existen tres desprendimientos: uno que ocurre pocos días después de la muerte; otro cuando el cuerpo comienza a descomponerse y regresa a la tierra; y un tercero que permanece ligado a los huesos y restos, casi perenne o de larga duración terrenal.
Esa energía vital, cargada de memoria, se trasladaba a Bella Vista para reclamar justicia al delator y luego, en cuestión de segundos, regresaba a la casa del siniestro personaje, donde provocaba más de un susto. Cuentan quienes lo conocieron que sacerdotes católicos, entre ellos parientes cercanos, bendecían la vivienda con tanta frecuencia que parecía impregnada por el olor de un agua bendita añeja y rancia.
Que los fantasmas y espíritus visitan a los vivos está, para algunos, más que probado en una extensa literatura especializada. Los descreídos lo son hasta que les aparece uno; entonces, del susto, son capaces de cantar la Marsellesa en latín antiguo.
Por eso siempre recomiendo no conservar objetos muy apreciados de los muertos, porque es seguro que te visitarán, y con mayor razón si no sos buena gente.
Camila descansa en paz junto a su criatura. Alguna vez se sabrá si fue niño o niña quien también resultó víctima de aquel episodio trágico ocurrido el 18 de agosto de 1848 en Buenos Aires.