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Bebés descartables

Por José Ceschi

 ¡Buen día! Sucedió hace un tiempo en Resistencia. Mis amigos Pupi y Eduardo estaban en la cocina cuando escuchan el timbre de la puerta. Como tienen visor, miran para ver quién es. Ninguna imagen humana. Poco después, un segundo timbrazo. Tampoco aparece nadie. Típico “ring raje”, comenta Eduardo y va hacia la puerta por si suena otra vez, en la esperanza de ver quiénes son los chicos que oprimen el botón y salen huyendo. Apenas llega, otra vez el timbre. Abre la puerta de golpe y ¡bonita sorpresa! Un chiquito de cinco años estaba ahí pidiendo algo de comer. Era tan pequeño que apenas alcanzaba para tocar el timbre, pero demasiado pequeño también para ser enfocado por la cámara del visor. Por supuesto, el enojo del hombre se transformó en ternura. Por supuesto, junto con la caricia, el chiquito recibió lo necesario para aplacar generosamente el hambre que traía.
El hecho me conmovió, y poco después comencé a pensar en tantos chicos que “tocan el timbre” con su presencia, pero que, como no se los ve a simple vista, no se escuchan sus llamados y se hace como si no fueran humanos.
Me estoy refiriendo a millones de niños (unos 60 en todos el mundo y al menos 300.000 en la Argentina) que se abortan cada año con total impunidad.
Digo que no se los ve a simple vista. Al comienzo del embarazo y por un tiempo después. Pero hay “timbrazos” que hablan de una existencia, señales que se vuelven inconfundibles, tanto más con los actuales medios de detección y estudio cada vez más sofisticados. Es curioso. Absurdamente curioso. Mientras la ciencia y la técnica más avanzan en los estudios de los niños por nacer, más avanzan también las voces que postulan el aborto como la gran solución de problemas que, en realidad, tendrían muchas otras maneras de resolverse.
Para evitar un “posible” problema, se mata indefectiblemente a un niño inocente, que ni siquiera puede llorar. ¿A esto llamaremos sociedad progresista?
¡Hasta mañana!

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Bebés descartables

Por José Ceschi

 ¡Buen día! Sucedió hace un tiempo en Resistencia. Mis amigos Pupi y Eduardo estaban en la cocina cuando escuchan el timbre de la puerta. Como tienen visor, miran para ver quién es. Ninguna imagen humana. Poco después, un segundo timbrazo. Tampoco aparece nadie. Típico “ring raje”, comenta Eduardo y va hacia la puerta por si suena otra vez, en la esperanza de ver quiénes son los chicos que oprimen el botón y salen huyendo. Apenas llega, otra vez el timbre. Abre la puerta de golpe y ¡bonita sorpresa! Un chiquito de cinco años estaba ahí pidiendo algo de comer. Era tan pequeño que apenas alcanzaba para tocar el timbre, pero demasiado pequeño también para ser enfocado por la cámara del visor. Por supuesto, el enojo del hombre se transformó en ternura. Por supuesto, junto con la caricia, el chiquito recibió lo necesario para aplacar generosamente el hambre que traía.
El hecho me conmovió, y poco después comencé a pensar en tantos chicos que “tocan el timbre” con su presencia, pero que, como no se los ve a simple vista, no se escuchan sus llamados y se hace como si no fueran humanos.
Me estoy refiriendo a millones de niños (unos 60 en todos el mundo y al menos 300.000 en la Argentina) que se abortan cada año con total impunidad.
Digo que no se los ve a simple vista. Al comienzo del embarazo y por un tiempo después. Pero hay “timbrazos” que hablan de una existencia, señales que se vuelven inconfundibles, tanto más con los actuales medios de detección y estudio cada vez más sofisticados. Es curioso. Absurdamente curioso. Mientras la ciencia y la técnica más avanzan en los estudios de los niños por nacer, más avanzan también las voces que postulan el aborto como la gran solución de problemas que, en realidad, tendrían muchas otras maneras de resolverse.
Para evitar un “posible” problema, se mata indefectiblemente a un niño inocente, que ni siquiera puede llorar. ¿A esto llamaremos sociedad progresista?
¡Hasta mañana!