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Universidades

Por El Litoral

Jueves, 17 de octubre de 2024 a las 17:47

Erasmo de Rotterdam (1467-1536), llamado “el príncipe de los humanistas”, proclamó su fe en la humanidad frente a la oscuridad de siglos pasados, aspirando a una sociedad donde cada persona fuese reconocida como tal y no como un número en planes ajenos. Su contemporáneo toscano, Fray Luca Pacioli (1445-1517) fue un fraile franciscano, matemático, contador y ajedrecista, amigo de Leonardo da Vinci y reconocido por su invento de la partida doble, base de la contabilidad moderna.

Quinientos años más tarde, sus auras encienden nuestro debate público como armas arrojadizas en sentidos que ellos no hubieran imaginado. El ajuste de las cuentas públicas para alcanzar el “déficit cero” ha provocado reacciones adversas con marchas y abrazos, ocupaciones y manifiestos, quejas y sollozos de alumnos y profesores, médicos y enfermeras, psicólogos y pacientes, familiares y adherentes.

En ese torbellino de carteles, clamores y reclamos, se tildan de inhumanas las abruptas estrecheces libertarias por violentar la moral de Erasmo, el humanista, y se denuesta al fraile ajedrecista por tratar a los afectados como peones de un tablero.

Cuando los recursos públicos se acaban, llega el momento de la verdad. Quedan a la vista y en desamparo organismos que fueron creados para satisfacer necesidades colectivas durante tiempos mejores. Por lo menos, en los papeles. Se aplaudieron leyes, se pusieron piedras fundamentales, se inauguraron sedes (varias veces), se dieron discursos, se convocaron multitudes, se hicieron organigramas, se crearon cargos, se designaron agentes y se abrieron puertas a sectores de la población que los adoptaron como habituales, ignorando que no eran sustentables. Y al momento de la verdad, ahora reclaman por la insensibilidad de la partida doble.

Pero a Erasmo no basta con invocarlo, también hay que merecerlo. Cuando el dinero inflacionario corre a raudales, a nadie le preocupan las distorsiones que presagian catástrofes subsiguientes. Cuando los precios suben por el ascensor y los sueldos por la escalera, nadie recuerda al fraile Luca Pacioli porque, sin verdadera moneda, es imposible calcular valores ciertos. La inflación es bendición de los malos gobiernos pues les permite anunciar paliativos a los males que ellos mismos provocan, en nombre de un Estado presente. Hasta que alguien debe enfrentarla con motosierra.

Como bien lo señaló el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, en la misa de Luján, “frente a la crisis, los sabios buscan soluciones y los mediocres buscan culpables”, refiriéndose al índice de pobreza, recién publicado. Y tiene razón, porque es imposible atribuir ese drama solamente a un gobierno, sin recordar las causas de fondo que se arrastran desde hace décadas.

Y es verdad, pues la corrupción kirchnerista con sus bolsos, fajos y conventos; cuadernos, arrepentidos y compungidos; cajas, cofres y baúles; retornos, sobreprecios y casinos; secretarios, asesores y choferes; comedores, punteros y operadores, no es causa suficiente de la crisis. Solo el final de una degradación anterior de gastar y malversar, olvidando que no hay humanismo posible si los números no cierran.

Es antiquísima la crítica trivial al equilibrio presupuestario. Roberto Dromi, exministro de Carlos Menem, llamó a su colega Antonio Erman González “contador sin visión política” y Cristina Kirchner declaró que “el balance de una empresa se cierra con pérdida o con ganancia”, pero “el balance de un país, por cuántos argentinos quedan adentro y cuántos afuera”. Y cuando el ajuste arrecia, cada situación dolorosa es bandera política para objetar el resultado, aprovechando la voz de quienes se manifiestan afuera.

Los estudiantes abrazan universidades y ocupan colegios repitiendo consignas ajenas. Para recuperar el nivel de vida que la mayoría perdió hace ya años, es indispensable que el Estado reduzca su tamaño a una dimensión que pueda financiarse

Alcanzar los niveles de prosperidad que permitan hacer realidad los derechos que reclaman tantos ciudadanos requiere un cambio cultural profundo. Y aprender, desde la más tierna infancia, que un proyecto de convivencia inspirado en los valores de Erasmo, el humanista, siempre deberá encuadrarse en los principios inflexibles que enseñó Luca Pacioli, el fraile ajedrecista.

 

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