Pocas elecciones en nuestra región han provocado la expectativa que generaron las que tuvieron lugar en Brasil el pasado 3 de octubre. Contrariando la mayoría de los pronósticos, se verificó un importante triunfo del candidato opositor, Flavio Bolsonaro. Dado ese resultado y el perfil ideológico de los candidatos alternativos que se repartieron los pocos votos restantes (aproximadamente el 7% del total), casi todos los análisis auguran un casi seguro triunfo del Senador Bolsonaro para la segunda vuelta del próximo 25 de octubre.
La diferencia de volumen político e histórico entre los dos principales candidatos no podría ser mayor. Sin embargo, el opaco Flavio se estaría imponiendo al legendario Lula en unas elecciones que pueden ser decisivas, no solo para Brasil, sino también para la configuración del orden estratégico regional y mundial.
Esta circunstancia agrega significado al retroceso del candidato del PT, dado que podría anticipar un cambio epocal en la política brasileña. Posibilidad que se agudiza si se tiene en cuenta que se verifica en un contexto marcado por una severa crisis de confianza ciudadana en las instituciones y en la clase política. Esta desafección se incrementó de forma acumulativa en la última década como respuesta a las deficiencias de gestión y al avance de la corrupción en los partidos, un fenómeno que hoy salpica incluso al muy politizado Supremo Tribunal Federal.
Estas condiciones, sumadas a la evidencia de una sociedad dividida por mitades y a un Congreso difícil de gestionar —aun con la sólida primera minoría que alcanza la derecha—, condicionarán dramáticamente los márgenes de acción del próximo Gobierno.
En el plano de la política exterior, la agenda internacional ha sido un tema relevante en la campaña como nunca antes, en particular en lo que se refiere a la relación de Brasil con los Estados Unidos (EUA). En la visión consagrada por el capítulo hemisférico de la estrategia oficial de Washington —la llamada Doctrina Donroe—, un triunfo bolsonarista implica la consolidación de una pieza clave para la Casa Blanca en su disputa estratégica con la República Popular China.
Sin embargo, esta constatación debe ser matizada. Existen condiciones estructurales que garantizan que, cualquiera sea el resultado de la segunda vuelta, China seguirá siendo el principal socio de Brasil en materia de comercio e inversiones. Tampoco es esperable que Brasil abandone el grupo BRICS, siguiendo en este punto la línea pragmática que el propio Jair Bolsonaro mantuvo durante su tiempo en el Planalto. Otro tanto cabe suponer respecto a los límites con los que chocó en su momento el acercamiento a Israel, con el agregado de que, en el actual escenario global, aquellas barreras han devenido más difíciles de franquear.
Tanto en la relación con China como con Israel, el término de mayor grado de la ecuación es el agronegocio, uno de los actores más relevantes del universo de centroderecha brasileño, que se moviliza en función de intereses económico-comerciales. China es el principal destino de las exportaciones de Brasil, país con el que mantiene un importante superávit estructural gracias al componente agropecuario. En el caso de Israel, los productores del campo buscan que la cercanía geopolítica no supere umbrales que gatillen el rechazo de los países árabes, importadores netos de alimentos brasileños.
Además de las coincidencias retóricas en clave de "batalla cultural", un espacio donde podría haber un alineamiento brasileño hacia las políticas de EUA es en materia de seguridad. Sin embargo, aquí tampoco se pueden descontar diferencias. Las fuerzas armadas y de seguridad, otro elemento clave de la base electoral bolsonarista, valoran la autonomía operativa y tienden a exaltar la soberanía nacional. Más allá de lo declamatorio, habrá que ver hasta qué punto el aparato de defensa brasileño estaría dispuesto a ceder espacios a iniciativas norteamericanas como a del Escudo de las Américas.
Por supuesto, en un gobierno de Bolsonaro Jr desaparecerían las fricciones arancelarias que tensionaron el comercio bilateral. En todo caso, cabe esperar una fuerte presión de Washington para obtener un acceso privilegiado a las tierras raras —elementos esenciales para la tecnología digital, la defensa y la transición energética— de las cuales Brasil posee una formidable reserva mundial, solo superada por China y Vietnam.
Respecto a la relación con Argentina, el principal efecto positivo inmediato sería superar la anomalía de tener las relaciones diplomáticas degradadas a nivel de Encargados de Negocios. Es de esperar que la sintonía ideológica y la buena relación personal entre los mandatarios de ambos países facilite el diálogo, la cooperación y la coordinación en la agenda bilateral y multilateral, incluyendo lo relativo a los remozados reclamos argentinos sobre la cuestión Malvinas.
Lo que podría conspirar contra ese necesario impulso sería que la relación entre Buenos Aires y Brasilia sea mediada por Washington, una contingencia que no parece prudente soslayar debido al enjundioso alineamiento argentino con la potencia del norte y a la eventualidad de roces en temas estratégicos entre Brasil y EUA.
Este riesgo parece mucho más pertinente que el muy debatido "efecto Toy Story", es decir, la teoría de que un triunfo bolsonarista desplazaría a un segundo plano la relación privilegiada de la Casa Blanca con el gobierno argentino para concentrarse exclusivamente en Brasil. Por supuesto, Brasil es más grande y objetivamente más importante que Argentina para Washington, pero ello no implica necesariamente que Trump vaya a descuidar la intensa relación cultivada con Buenos Aires.
Para Argentina, el MERCOSUR es vital, y todo indica que un gobierno de corte bolsonarista impulsaría cambios hacia la flexibilización y desregulación del bloque, privilegiando la negociación de acuerdos bilaterales de forma autónoma. Resta por ver la amplitud y profundidad de esa liberalización, cómo afectará al arancel externo común y el impacto que estos giros tengan en el sistema productivo nacional, en particular en los sectores industriales integrados —como el automotriz— y en las economías regionales.
Nada de esto puede dejar indiferente a Corrientes. La relación entre la provincia y Brasil es una de las más dinámicas y cruciales para el Nordeste Argentino debido a su extensa frontera, sus conexiones viales compartidas y una creciente interdependencia económica. El comercio y el flujo de inversiones tienen un gran potencial de crecimiento. Para ello, sin duda resulta conducente un mejor entendimiento entre los Presidentes, pero también es importante una actitud proactiva del gobierno local. La Provincia no debe ser un espectador pasivo sino que tiene que continuar desplegando una intensa agenda paradiplomática con los Estados del sur brasileño – por ejemplo, en temas como el Puente Alvear-Itaquí –, e intentar articular lazos directos con el poderoso sector del agronegocio del país vecino. Sobre todo, debe velar, en la medida de sus posibilidades, para que una actualización del MERCOSUR mejore su funcionamiento, sin sacrificar sus probados beneficios.