La memoria humana no funciona como un archivo neutral. Selecciona qué conservar y qué descartar, y casi siempre lo hace a favor de la urgencia. Lo que duele hoy ocupa todo el espacio disponible. Lo que dolió ayer se diluye como si nunca hubiera existido.
No hace tanto, el país convivía con una inflación descontrolada, un Estado que gastaba sin pudor lo que no tenía y una economía que caminaba resignada hacia el colapso que emergía como inevitable. Nadie discutía entonces si las cosas podían mejorar rápido. La única pregunta era cuándo llegaría la catástrofe anunciada.
Hoy esa escena parece tan lejana como irreal. Y no porque haya sido una exageración, sino porque un inusitado dispositivo mental decidió editarla con absoluta discrecionalidad. La recorta, la suaviza y la coloca en un rincón donde ya no incomoda. Ese procedimiento es, de algún modo, comprensible. Nadie quiere vivir anclado al miedo. Pero cuando el olvido se vuelve la regla, la vara con la que se mide el presente deja de tener sentido. Ya no se compara el hoy con el inicio de esta gestión, sino con un país ideal que jamás existió.
"Recuperar la memoria del punto de partida no es un ejercicio de nostalgia ni una excusa para justificar lo que falta. Es un acto de honestidad intelectual. Es entender que el progreso no se mide contra el paraíso soñado, sino contra el infierno del que se logró salir."
Ese esquema tiene una lógica implacable. Las dificultades actuales se viven en primera persona, todos los días, aunque las amenazas superadas, en cambio, se vuelven abstractas. El presente está gritando mientras el pasado apenas susurra. Y en esa competencia desigual, la cabeza termina inclinándose siempre hacia el reclamo inmediato, aunque eso implique perder de vista el cuadro completo.
Quizás sea más fácil comprender esta idea imaginando un paciente que ingresó a terapia intensiva con un cuadro gravísimo. Ahora han logrado estabilizarlo, sus signos vitales mejoran y ahora respira por sus propios medios. Sin embargo, al abrir los ojos, lo primero que reclama es salir a correr una maratón. Ese paciente no es un desagradecido. Simplemente perdió noción de dónde estaba. Olvidó que días atrás su vida pendía de un hilo y que cada pequeña mejora fue una conquista frente a un pronóstico sombrío.
Algo parecido ocurre con buena parte de la ciudadanía. Exige resultados que ninguna gestión podría alcanzar rápidamente, como si décadas de desorden pudieran corregirse con algunas decisiones acertadas.
El reclamo parece legítimo pero la desproporción en la pretensión es irracional. La lógica de lo evitado es especialmente cruel. Las crisis que no ocurren no tienen fecha, ni imágenes, ni testigos. Nadie celebra el colapso que no llegó, porque nadie lo vio venir. Lo que se esquivó a tiempo es, por definición, inasible y por lo tanto complejo de identificar con claridad. Esa invisibilidad tiene consecuencias. Cuando lo peor no sucede, se instala la sospecha de que nunca fue tan grave. Y entonces el esfuerzo realizado pierde valor, los sacrificios parecen innecesarios y la paciencia se transforma en enojo.
"Hay un tiempo para la urgencia y otro para la construcción. Confundirlos es el error más caro que puede cometer una comunidad. Las transformaciones profundas no se miden en semanas ni en encuestas, sino en la capacidad de sostener el rumbo cuando el camino se vuelve cuesta arriba y la tentación de abandonar parece más razonable que la de persistir. Las sociedades no se derrumban solo por sus crisis, sino por su incapacidad de recordarlas. Un pueblo que ignora de dónde viene está condenado a volver, una y otra vez, al mismo lugar."
En esta analogía simbólica cuando un enfermo convaleciente abandona el tratamiento porque se siente mejor, el riesgo no es quedar igual sino reincidir, y las recaídas suelen ser más severas que el padecimiento primario. La impaciencia, tanto en medicina como en economía, no acelera la cura, sino que pone todo en peligro.
Allí reside la verdadera amenaza. La exigencia de lo imposible es el terreno fértil donde germinan las promesas mágicas. Quienes ofrecen atajos siempre aparecen cuando todos prefieren ignorar por qué había que tomar el camino largo.
Nada de esto supone resignar la crítica. Cuestionar, señalar errores y reclamar mejoras es saludable y necesario. Pero hacerlo sin perspectiva conduce a determinaciones equivocadas.
Recuperar la memoria del punto de partida no es un ejercicio de nostalgia ni una excusa para justificar lo que falta. Es un acto de honestidad intelectual. Es entender que el progreso no se mide contra el paraíso soñado, sino contra el infierno del que se logró salir.
"La salida no está en exigir milagros ni en conformarse con poco. Está en algo que parece bastante más difícil y valioso que consiste en mirar hacia atrás con valentía para avanzar con convicción. Solo quien recuerda la sala de terapia intensiva comprende el verdadero valor de cada paso que logra dar por sí mismo. Y solo quien no olvida el abismo está en condiciones de construir, finalmente, un destino a la altura de sus sueños."
Hay un tiempo para la urgencia y otro para la construcción. Confundirlos es el error más caro que puede cometer una comunidad. Las transformaciones profundas no se miden en semanas ni en encuestas, sino en la capacidad de sostener el rumbo cuando el camino se vuelve cuesta arriba y la tentación de abandonar parece más razonable que la de persistir. Las sociedades no se derrumban solo por sus crisis, sino por su incapacidad de recordarlas. Un pueblo que ignora de dónde viene está condenado a volver, una y otra vez, al mismo lugar.
La salida no está en exigir milagros ni en conformarse con poco. Está en algo que parece bastante más difícil y valioso que consiste en mirar hacia atrás con valentía para avanzar con convicción. Solo quien recuerda la sala de terapia intensiva comprende el verdadero valor de cada paso que logra dar por sí mismo.
Y solo quien no olvida el abismo está en condiciones de construir, finalmente, un destino a la altura de sus sueños.