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Argentina, ¿retomará su destino?

Por Germán Wiens.
 

Por El Litoral

Miércoles, 21 de octubre de 2026 a las 18:00

El mundo parece transitar un sostenido proceso de derechización política. Europa, Estados Unidos y buena parte de América Latina son escenarios del avance de fuerzas conservadoras, nacionalistas y de extrema derecha que cuestionan principios y conquistas del Estado social. Javier Milei, no oculta la ilusión de convertirse en uno de los referentes internacionales de esa corriente.

Sin embargo, mientras las derechas celebran su expansión, comienzan a manifestarse señales de un creciente malestar social que invitan a preguntarnos, si estamos frente a una transformación política duradera o ante una etapa de una crisis más profunda, cuyo desenlace todavía es incierto.

Las recientes movilizaciones en Francia, Italia y Albania, junto con otras expresiones de protesta en Europa, revelan sociedades atravesadas por el descontento. Jóvenes, trabajadores y sectores medios cuestionan el deterioro de sus condiciones de vida, las dificultades para acceder a la vivienda, la precariedad laboral y la pérdida de expectativas de progreso.

Cuando el mundo gira a la derecha, un país puede comenzar a recorrer el camino inverso.

No todas estas protestas tienen el mismo signo político. Algunas expresan posiciones claramente progresistas; otras cuestionan al conjunto de las dirigencias tradicionales, independientemente de su orientación ideológica. Pero todas parece comparten la misma preocupación, la distancia entre las necesidades de la sociedad y las respuestas de quienes gobiernan.

Es posible que allí se encuentre una de las contradicciones de nuestro tiempo. El descontento con los gobiernos tradicionales contribuyó al crecimiento de las nuevas derechas, que lograron presentarse como fuerzas de ruptura y renovación. Los pueblos comienzan advertir que el acceso al poder de estas derechas no garantiza que puedan resolver las causas profundas de su insatisfacción, por el contrario, las agudizan.

La historia no avanza necesariamente en línea recta. Giambattista Vico, al desarrollar su concepción de los corsi e ricorsi, interpretaba los procesos históricos como, movimientos de avance, crisis y retorno, aunque nunca como simples repeticiones del pasado. Las sociedades pueden recuperar caminos abandonados, pero lo hacen en circunstancias diferentes.

¿Podríamos estar asistiendo a los primeros indicios de un cambio de ciclo? Sería apresurado afirmarlo. Las protestas sociales no se traducen automáticamente en alternativas progresistas. El malestar puede alimentar nuevas expresiones democráticas, pero también profundizar tendencias autoritarias. La cuestión decisiva es quién logra representar políticamente las aspiraciones de una sociedad.

En ese escenario internacional, la Argentina presenta una particularidad. El país que llevó a la presidencia a  Milei y se convirtió en una de las expresiones más visibles de la nueva derecha podría, en las elecciones de 2027, iniciar un recorrido diferente. No se trata de imaginar a la Argentina como un faro destinado a orientar al mundo, sino de reconocer que su experiencia serviría para confirmar que las tendencias políticas dominantes no son irreversibles.

A diferencia de otros países donde las fuerzas progresistas atraviesan profundas dificultades de representación, la Argentina conserva una tradición política y social de enorme arraigo popular, el peronismo. Su historia, sus conquistas sociales y su capacidad de reconstrucción constituyen un punto de partida que no debería nadie subestimar.

Pero esa fortaleza histórica, por sí sola, no alcanza. El peronismo enfrenta el desafío de recuperar la confianza de amplios sectores de la sociedad, especialmente de las nuevas generaciones. No bastará con reivindicar sus realizaciones, ni con esperar que el desgaste del gobierno produzca naturalmente una alternativa electoral.

Necesita construir una propuesta capaz de responder a los problemas del presente, el trabajo y sus nuevas formas, la desigualdad, la educación, el acceso a la vivienda, el desarrollo tecnológico y la recuperación de un horizonte de movilidad social. En definitiva, devolverle a la política su capacidad de ofrecer un proyecto colectivo de futuro.

El agotamiento de un gobierno no alcanza sino se le opone la construcción de una alternativa capaz de reemplazarlo.

Las elecciones de 2027 podrían adquirir así una significación que trascienda nuestras fronteras. No porque la Argentina determine el rumbo del mundo, sino porque podría ofrecer un ejemplo concreto de que es posible recuperar, mediante la voluntad democrática, un camino de justicia social y desarrollo nacional.

Nada asegura que esto suceda. El avance de las derechas continúa siendo una realidad, y las fuerzas que aspiran a reemplazarlas tienen todavía mucho por reconstruir. Pero las sociedades no permanecen inmóviles. Bajo la aparente estabilidad de los ciclos políticos se acumulan contradicciones, demandas y nuevas aspiraciones que tarde o temprano buscan expresarse.

Tal vez la pregunta no sea solamente si la Argentina puede cambiar de rumbo, sino si será capaz de reconocer, en las transformaciones que comienzan a manifestarse en el mundo, la oportunidad de construir, a través del peronismo, su propio futuro.

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