Las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre exceden el trámite de una renovación parlamentaria, porque concentran un juicio político sobre una presidencia que ha convertido la incertidumbre en método de gobierno. Aunque jurídicamente no constituyen un plebiscito, puede se negativo para Trump. Una semana antes, el 27 de octubre, Israel elegirá su Parlamento, del que surgirá la próxima mayoría gubernamental. Dos martes consecutivos pueden modificar el escenario internacional y poner a prueba las apuestas diplomáticas de Milei.
Trump actúa como un trapecista que confía en resolver cada desequilibrio mediante otro salto, alternando amenazas, negociaciones y anuncios de victoria. Sin embargo, una potencia necesita compromisos previsibles, por su impacto mundial y porque otros países organizan su seguridad alrededor de ellos. La confianza constituye un recurso estratégico difícil de reconstruir, si cada acuerdo depende de la conveniencia presidencial inmediata, los aliados buscan otros respaldos y los adversarios calculan cuánto pueden avanzar. La imprevisibilidad puede ofrecer ventajas tácticas durante una negociación, pero, sostenida como doctrina, debilita la cooperación y encarece la seguridad colectiva.
La situación de Ucrania muestra esa fragilidad, porque su resistencia frente a la invasión rusa fue respaldada como una defensa de la soberanía y del orden europeo. Impedir la conquista territorial mediante la fuerza protege un principio especialmente importante para países pequeños y medianos. Ucrania recibió asistencia sin pertenecer a la OTAN ni contar con su garantía de defensa colectiva. Hoy, buscar la paz es indispensable, pero reducir el respaldo sin compromisos efectivos de seguridad puede transformar la negociación en una administración de la vulnerabilidad del país invadido y dejar preparada otra agresión.
El acuerdo sobre recursos naturales incorpora una dimensión transaccional al vincular la reconstrucción ucraniana con intereses económicos estadounidenses, mediante un fondo conjunto asociado a determinados ingresos futuros provenientes de nuevos proyectos extractivos. Esa asociación puede favorecer inversiones, pero no sustituye una garantía de seguridad, participar en la reconstrucción no implica asumir la obligación de defender al país. Ucrania necesita recursos y compromisos que protejan su soberanía, porque la estabilidad de una nación no puede descansar solamente en la expectativa de rentabilidad que sus riquezas despierten en sus aliados.
Irán plantea, por su parte, la distancia entre capacidad destructiva y eficacia estratégica, porque debilitar instalaciones y arsenales no garantiza un orden regional seguro. Los daños militares no equivalen a una victoria política consolidada, mientras los socios árabes de Washington deben calcular hasta dónde llegará su protección. La fuerza necesita una estrategia diplomática que produzca resultados duraderos; de lo contrario, cada intervención intenta resolver los problemas que la anterior dejó abiertos y multiplica los riesgos de una escalada.
La factura también llega a los hogares estadounidenses, donde el costo del combustible y las presiones sobre los precios convierten la política exterior en una dificultad cotidiana. A ese malestar se agregan las tensiones fiscales, el peso de la deuda y el costo del crédito, variables que condicionan las decisiones de inversión y consumo. Si bien es verdad que Trump no originó toda la deuda acumulada ni controla cada precio, pero debe responder por las consecuencias económicas de sus decisiones. Una política puede exhibirse como demostración de fuerza y terminar debilitando el bienestar que prometía defender.
La dimensión social completa ese balance, porque cuestionar políticas asociadas al “wokismo” no autoriza a debilitar garantías de igualdad. Las acciones afirmativas necesitan evaluación y proporcionalidad, pero sus defectos no eliminan las discriminaciones existentes. Romper los techos de cristal significa abrir oportunidades donde la capacidad encontraba puertas cerradas, mientras invocar el mérito sin examinar las barreras de partida puede justificar privilegios. Los derechos, especialmente los de las minorías, requieren instituciones que los protejan y no pueden depender de la moderación voluntaria del presidente.
Las urnas ofrecerán una oportunidad para fortalecer esos controles, aunque ningún resultado está asegurado. Una derrota republicana en ambas cámaras limitaría a Trump sin desplazarlo de la presidencia; en Israel, la continuidad de Netanyahu dependerá de su capacidad para reunir una mayoría parlamentaria. Tampoco su eventual salida garantizaría, por sí sola, un cambio profundo de política exterior. Conviene distinguir las consecuencias institucionales de cada elección y evitar anticipar desenlaces, pero reconocer que ambas pueden reducir el margen de acción de dirigentes con fuerte proyección internacional.
Para la Argentina, el riesgo aparece cuando la diplomacia se identifica excesivamente con esos liderazgos y confunde afinidad ideológica con permanencia estratégica. Si ambos oficialismos sufrieran derrotas, Milei podría ver debilitados sus interlocutores privilegiados y quedar políticamente descolocado. La figura del “pato rengo” internacional expresa ese riesgo como metáfora, conservar la presidencia mientras pierden fuerza los apoyos externos sobre los que se construyó una apuesta diplomática. Las relaciones entre Estados continuarían, pero el Gobierno necesitaría demostrar capacidad de adaptación y autonomía.
Una política exterior madura preserva vínculos diversos y defiende intereses que sobreviven a cualquier gobernante extranjero. Cuando el alineamiento se vuelve identidad, rectificar parece una traición y perseverar puede profundizar el aislamiento, como en la lógica de las arenas movedizas. La Argentina necesita relaciones estables con Estados Unidos e Israel, sostenidas en intereses nacionales y cooperación entre Estados, capaces de atravesar la alternancia democrática. Los días 27 de octubre y 3 de noviembre, dos martes consecutivos, pondrán a prueba esos liderazgos y también la solidez de las apuestas argentinas. La moneda está en el aire, pero el interés nacional no puede quedar suspendido del trapecio de otro.
Por Noel Breard
Senador provincial — UCR