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¿Quién se queda con la guita de Vaca Muerta?

Vaca Muerta representa las joyas de la abuela. Su desarrollo servirá para que el país se constituya en una potencia energética. La pregunta del millón ya no es cuánto obtendrá Neuquén y la Argentina de ello, sino si en su distribución seguirá rigiendo el modelo concentrador que ha permitido que los dólares se vuelquen en otros lados mientras el norte convive con un 45% de pobreza.

Domingo, 04 de octubre de 2026 a las 02:20

“Las desigualdades son justas sólo si benefician también a los menos aventajados”

John Rawls

Argentina vive un momento decisivo. Vaca Muerta, con sus enormes reservas de petróleo y gas no convencional, se ha convertido en el proyecto energético más ambicioso del país en décadas. Parece ser la “gallina de los huevos de oro”.

Sus cifras son elocuentes: es la segunda reserva mundial de gas shale y la cuarta de petróleo shale, según la U.S. Energy Information Administration. En 2023, la producción neuquina creció más del 20%, y las exportaciones energéticas superaron los 4.000 millones de dólares. Si se completa la infraestructura pendiente, el potencial exportador podría alcanzar los 20.000 millones anuales hacia 2030.

Pero mientras esta riqueza extraordinaria se consolida, el país sigue administrando sus desigualdades con parches. El contraste resulta chocante: el Chaco con 46,1% de pobreza, contra los dólares que comienzan a brotar de bajo de la tierra en Vaca Muerta.

Un ejemplo reciente lo demuestra: la baja de la tarifa eléctrica para las provincias del Norte, justificada por las altas temperaturas de la región. La medida puede aliviar bolsillos, pero es una decisión aislada, desconectada de una política pública de desarrollo territorial

No corrige desigualdades estructurales, no genera empleo, no diversifica economías, no construye infraestructura. Es apenas un gesto, no una estrategia. Y lo más preocupante: los gobernadores del Norte no están planteando la discusión de fondo, la que realmente podría transformar sus provincias.

No exigen participar de la renta extraordinaria de Vaca Muerta. No reclaman un esquema federal que redistribuya parte de esa riqueza para equilibrar las oportunidades del país.

Algunos incluso viajan con el presidente, fotos, gestos o promesas, pero sin llevar ideas claras ni una agenda de desarrollo que responda a las necesidades de sus provincias. Lo mismo sucede con muchos legisladores nacionales, que no han puesto sobre la mesa el debate estratégico que Argentina necesita.



“El centro del debate no es ya la cuantía de los recursos que obtendrá el país con Vaca Muerta, sino su distribución. ¿Seguirá el modelo concentrador de siempre o servirá para hacer una Argentina más justa?” 

La Constitución de 1994 estableció que los recursos naturales pertenecen a las provincias. Neuquén, por lo tanto, recibe regalías directas que en 2023 superaron los 300 millones de dólares. Es justo que la provincia se beneficie de aquello que está en su territorio.

Pero la cuestión no termina ahí. La Nación también recauda a través de impuestos y retenciones, y además es quien suele asumir los grandes compromisos financieros para desarrollar infraestructura estratégica.

El caso del posible préstamo del Eximbank de Estados Unidos, por hasta 7.000 millones de dólares, es ilustrativo. Se trata de una obra que permitirá ampliar la capacidad exportadora del país, pero que será pagada por todos los argentinos, vivan o no en Neuquén.

Es decir: la Nación asume riesgos y costos que benefician a una provincia en particular, mientras millones de argentinos siguen atrapados en desigualdades estructurales que no eligieron.

Aquí aparece la pregunta central: ¿Puede la riqueza extraordinaria de Vaca Muerta quedar en el tesoro nacional cuando su desarrollo depende del esfuerzo, la deuda y la infraestructura financiada por todos los argentinos?

Argentina es un país profundamente desigual. Las provincias del norte tienen tasas de pobreza superiores al 45%, mientras otras regiones cuentan con actividad económica diversificada, infraestructura y recursos naturales que les permiten proyectar crecimiento.



“No se trata de quitarle las regalías a Neuquén. Se trata de que la Nación, que financia las obras de infraestructura que pagamos todos, coparticipe de esa riqueza extraordinaria con las provincias más postergadas”

Estas diferencias no son producto de decisiones individuales: son el resultado de condiciones históricas, geográficas y estructurales.

Por eso, la discusión no es contra Neuquén. No se trata de quitarle lo que legítimamente le corresponde. Se trata de reconocer que la suerte geológica no puede convertirse en destino económico. Que nacer en una provincia sin petróleo o sin minería no debería condenar a sus habitantes al subdesarrollo. Que la riqueza extraordinaria de un recurso estratégico debe servir para equilibrar, no para profundizar, las desigualdades territoriales.

Otros países ya enfrentaron este dilema. Noruega creó un fondo soberano que administra los ingresos del petróleo para beneficio de toda la población y de las generaciones futuras. Canadá, con su estructura federal, combina regalías provinciales con impuestos nacionales que luego se redistribuyen mediante programas de cohesión territorial. En ambos casos, la riqueza excepcional se convierte en un instrumento de justicia distributiva.

Argentina podría avanzar en un camino similar. Un Fondo Federal de Renta Extraordinaria, alimentado por una porción de los ingresos de Vaca Muerta y otros proyectos estratégicos, permitiría financiar infraestructura en regiones postergadas, diversificar economías dependientes del empleo público y reducir brechas históricas.



“Los gobernadores y los legisladores nacionales no sólo deben plantear medidas aisladas, como la baja de la luz para las regiones cálidas, sino ser capaces de discutir un modelo de desarrollo para sus provincias”

También podría estabilizar las cuentas públicas, evitando que los ciclos de precios internacionales del petróleo y el gas se traduzcan en crisis recurrentes.

Pero para eso se necesita algo más que recursos: se necesita voluntad política. Gobernadores que dejen de conformarse con medidas aisladas y se animen a discutir el modelo de desarrollo. Legisladores que entiendan que la justicia distributiva no se construye con gestos, sino con políticas de largo plazo.

Y un país que reconozca que la riqueza extraordinaria no puede ser administrada con la lógica de siempre. Vaca Muerta puede ser la palanca que transforme la economía argentina. Pero su verdadero valor no se medirá solo en dólares exportados, sino en su capacidad para construir un país más justo.

La riqueza extraordinaria de un recurso estratégico no puede profundizar las desigualdades entre argentinos: debe ayudarnos a superarlas. Porque la suerte geológica no puede definir el destino de millones. Y porque, al final del día, la riqueza de la Argentina debe ser para todos los argentinos.

Estamos en el momento exacto para decidir si Vaca Muerta sirve para comenzar a desarrollar un federalismo distributivo con justicia o para profundizar las desigualdades.

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