Hay momentos de la historia que observados con cierta distancia permiten advertir algo que suele quedar oculto detrás de los hechos de todos los días, y es que las grandes potencias planifican, elaboran doctrinas, identifican amenazas, construyen escenarios y coordinan herramientas económicas, diplomáticas, militares, tecnológicas y culturales con el objetivo de orientar los acontecimientos hacia sus objetivos estratégicos. Para analizar esa conducta, elegí tres momentos paradigmáticos, aunque podrían existir otros. Sin embargo sin ninguna intención de construir una teoría conspirativa ni de sostener que exista un centro capaz de escribir de antemano el destino de los pueblos, podemos hablar de cierto escenario de hegemonía, como la capacidad de influencia, de construcción de reglas y de poder para condicionar las opciones de los demás aunque no de omnipotencia. El poder condiciona pero no determina, porque entre lo que una potencia planifica y lo que finalmente ocurre están los pueblos, sus instituciones, la calidad de sus dirigentes, las resistencias sociales, los errores de cálculo y también lo inesperado.
El primer momento que propongo observar es la Guerra Fría, cuando el mundo se ordenaba en dos grandes esferas de influencia, Estados Unidos al frente de Occidente y la Unión Soviética encabezando el bloque comunista, la Revolución Cubana de 1959 introdujo una anomalía extraordinaria en América Latina y convirtió el temor al contagio revolucionario en una cuestión estratégica. Es cuando una contradicción dramática constituye la necesidad de responder qué ocurría si la democracia producía resultados que una potencia consideraba incompatibles con sus intereses. La respuesta histórica es conocida, en nombre de la defensa del mundo occidental frente al comunismo se legitimaron doctrinas de seguridad nacional, intervenciones y apoyos a golpes de Estado y regímenes militares.
No podríamos sostener con total seguridad que todos los golpes latinoamericanos hayan sido ordenados desde un único escritorio, porque existieron responsabilidades nacionales, conflictos sociales, sectores económicos, organizaciones políticas y Fuerzas Armadas que tomaron decisiones concretas. Sin embargo, tampoco podemos considerar intelectualmente serio analizar aquella sucesión de dictaduras ignorando el contexto internacional y las doctrinas elaboradas por los centros de poder. Es verdadero que ocurrió un efecto dominó, pero no fue irreversible, y la prueba está en que América Latina recuperó la democracia.
El segundo momento llegó con la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, cuando Estados Unidos quedó como potencia predominante y pareció comenzar un período definitivo basado en la democracia liberal, la economía de mercado, la globalización y la apertura comercial. Incluso se llegó a afirmar e imaginar el “fin de la historia”, que no obstante continuó. China combinó apertura económica, capitalismo dirigido y un sistema político diferente del occidental, Rusia recuperó su vocación de potencia y la globalización, que produjo extraordinarias ganancias de productividad, también dejó ganadores y perdedores. Las cadenas globales de valor trasladaron capacidades industriales y tecnológicas que terminaron fortaleciendo a quienes luego serían competidores de Occidente, y así el momento unipolar tampoco resultó eterno.
El tercer momento es el que estamos viviendo, con la competencia entre Estados Unidos y China, la guerra de Ucrania, la disputa tecnológica, los minerales críticos, la energía, las sanciones económicas y el debilitamiento del multilateralismo como señales del regreso de las áreas estratégicas y las esferas de influencia. Cuando Donald Trump reivindica la Doctrina Monroe reaparece una concepción conocida, según la cual las grandes potencias consideran determinadas regiones prioritarias para su seguridad y sus intereses. La diferencia es que el poder del siglo XXI es multidimensional y no siempre necesita ejércitos ocupando territorios, porque también se ejerce a través de las finanzas, la tecnología, las plataformas digitales, los datos, la infraestructura, la energía, las monedas, las cadenas de suministro y los recursos estratégicos.
Este escenario deja abiertas dos preguntas que pueden considerarse esenciales , la primera es si el crecimiento de las nuevas derechas radicales y nacionalistas constituye una moda electoral o expresa transformaciones culturales, económicas y tecnológicas destinadas a permanecer. Sería un error interpretar a Trump solamente como la causa del fenómeno, porque también es un emergente de cambios profundos que lo precedieron, como desplazamientos industriales provocados por la globalización, migraciones, fragmentación del espacio público, revolución digital, pérdida de legitimidad de las élites tradicionales, cambios en el trabajo y ahora la irrupción de la inteligencia artificial. Si las causas son estructurales, probablemente sus consecuencias políticas tampoco serán pasajeras. Esto no significa aceptar su consolidación como inevitable, porque la respuesta frente a una crisis de la democracia no puede ser menos democracia sino más y mejor democracia, con instituciones eficaces, transparencia, participación, partidos capaces de representar intereses reales y un espacio público donde el adversario no sea automáticamente convertido en enemigo.
La segunda pregunta que podríamos plantear directamente a los argentinos es, si el mundo es multipolar, ¿por qué deberíamos comportarnos como si continuara siendo unipolar? Estados Unidos es y seguirá siendo una potencia fundamental para la Argentina y para nuestro continente, sería absurdo construir nuestra política exterior contra Washington, aunque sería igualmente equivocado pensar nuestra inserción internacional exclusivamente desde allí. China es uno de nuestros principales socios comerciales, Brasil es nuestro vecino estratégico, Europa continúa siendo un gigantesco espacio económico, tecnológico y regulatorio, India emerge como potencia, Asia aumenta su participación en la economía mundial y África tendrá durante este siglo una creciente importancia demográfica y económica. No puede proponerse equidistancias artificiales ni cambiar una dependencia por otra, porque eso no sería autonomía, sino algo más difícil, que es desarrollar capacidad propia para relacionarnos simultáneamente con distintos centros de poder de acuerdo con nuestros intereses nacionales.
También podemos señalar otro error que América Latina cometió demasiadas veces y consiste en construir la integración entre países vecinos a partir de afinidades ideológicas circunstanciales entre sus gobiernos. Las integraciones duraderas no pueden depender de que gobiernen al mismo tiempo presidentes de izquierda, de derecha o de centro, porque los gobiernos cambian y la geografía permanece. Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Chile seguirán siendo nuestros vecinos cualquiera sea el resultado de sus elecciones y de las nuestras, y tampoco cambian cada cuatro años los ríos, las fronteras, los sistemas energéticos, los corredores productivos, los puertos, los mercados ni las necesidades de infraestructura. Podemos tener diferencias ideológicas profundas y al mismo tiempo construir puentes, interconexiones eléctricas, corredores bioceánicos, hidrovías, ferrocarriles, infraestructura digital y cadenas productivas compartidas. Una política exterior madura no busca gobiernos amigos sino que construye intereses permanentes entre Estados.
La Argentina necesita además comprender su política exterior en tres dimensiones que se complementan, la provincial, la nacional y la internacional. Las provincias producen alimentos, energía, minerales, conocimiento y manufacturas que se insertan en mercados globales, la Nación conduce constitucionalmente las relaciones exteriores y ambas deben comprender que el tablero mundial ya no tiene un solo centro. Para el Norte Grande esta discusión deja inmediatamente de ser teórica, porque multipolaridad significa corredores bioceánicos, puertos, ferrocarriles, hidrovías, energía, integración fronteriza y conexión con Brasil, Paraguay, Bolivia y Chile. Significa poder mirar simultáneamente hacia el Atlántico y hacia el Pacífico, y por eso la multipolaridad puede convertirse también en una extraordinaria oportunidad para construir federalismo.
Podemos afirmar que sigue vigente aquella fórmula asociada a Antonio Gramsci que propone pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad. La inteligencia obliga a reconocer las relaciones de fuerza y la voluntad impide convertirlas en una condena. No se puede afirmar que cada país simplemente tiene lo que se merece, porque existen condicionamientos históricos y relaciones de poder, pero tampoco se puede negar nuestra responsabilidad colectiva sobre las decisiones que tomamos. Esto puede constituir una de las ideas centrales de “Salir de la grieta”, escapar tanto del fatalismo que sostiene que nada puede cambiar como del voluntarismo que supone que basta con desearlo. La realidad exige inteligencia para comprender los límites, voluntad para empujarlos y democracia para corregir los errores.
A lo largo de los años pasaron gobiernos, dirigentes, mayorías, victorias y derrotas, el aprendizaje que lo que alguna vez parecía definitivo termina siendo una fotografía o algunas páginas de historia. Ninguna hegemonía es eterna y ninguna derrota tiene necesariamente la última palabra. El mundo ya es multipolar y Argentina debe dejar de pensarlo como si todavía fuera unipolar, sin subordinarse a una potencia ni reemplazar una dependencia por otra, sino construyendo autonomía, defendiendo sus intereses, integrándose con sus vecinos más allá de quién gobierne y convirtiendo su geografía en una oportunidad. Cuanto más multipolar sea el mundo, más democracia, más federalismo, más integración y más autonomía necesitaremos para decidir nuestro propio lugar en él. La pregunta más importante sería no cuánto dura el poder sino para qué lo ejercemos mientras lo tenemos, y la respuesta se parece bastante a plantar un árbol aun sabiendo que quizás no lleguemos a verlo crecer, porque alguien, algún día, descansará bajo su sombra.
Noel Eugenio Breard - Senador Provincial UCR.