Se esperaba una derrota republicana en las elecciones de medio término, pero su magnitud cambió el escenario, con los demócratas imponiéndose en la Cámara de Representantes y en el Senado. En Texas, James Talarico derrotó a Ken Paxton y Gina Hinojosa ganó una gobernación que llevaba más de treinta años en manos republicanas, mientras Kansas eligió a su primer senador demócrata en 94 años, y aunque Florida retuvo la gobernación por un margen estrecho, la derrota llegó hasta donde el oficialismo creía tener el voto asegurado.
La elección dejó además otra imagen del país, porque por primera vez cinco gobernadores afroamericanos (uno de ellos, el republicano Byron Donalds) ejercerán al mismo tiempo y Keisha Lance Bottoms será en Georgia la primera mujer afroamericana elegida gobernadora, un avance que cruza las fronteras partidarias frente a quienes definen la identidad estadounidense por el color de piel.
Trump contribuyó a su propia derrota, porque el costo de vida, la vivienda y la guerra con Irán pesaron más que la dureza migratoria, y una familia que paga más por el combustible, los alimentos y el crédito juzga al gobierno por lo que vive todos los días. Texas mostró además el límite del dinero privado, porque Elon Musk y otros grandes donantes apostaron por Paxton y ganó Talarico.
A Trump le quedan unos dos años de mandato, pero la nueva mayoría podrá fiscalizar al Ejecutivo, negociar el presupuesto y condicionar su agenda. Vance y Rubio, que ataron sus aspiraciones a la suerte del presidente, tendrán que mostrar algo propio, el Partido Republicano deberá decidir si recupera una tradición que respete los límites de la ley y los contrapesos, y los demócratas tendrán que convertir la convivencia entre progresistas y moderados en acuerdos sobre vivienda, salarios y costo de vida.
Los dos años que quedan también se juegan en el mundo, donde la pérdida de autoridad de Trump abre la oportunidad de recomponer las instituciones internacionales que Estados Unidos ayudó a construir. En enero, la Casa Blanca se retiró de 66 entidades internacionales y sancionó a jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional, y es difícil pedirles a otras potencias que respeten reglas comunes cuando Washington abandona los ámbitos donde se acuerdan y castiga a quienes las aplican.
En América Latina, Washington tiene que dejar atrás la lógica del patio trasero, porque el narcotráfico y el crimen organizado requieren cooperación, pero una relación reducida a esos temas deja a la región custodiando prioridades ajenas. Una agenda compartida debería sumar inversión, infraestructura, tecnología y mercados abiertos que generen empleo y desarrollo en nuestros países.
Con China, Estados Unidos necesita combinar competencia y cooperación, defendiendo su industria y su tecnología mientras negocia reglas comerciales y reduce el riesgo de incidentes militares. Con Rusia, la prioridad es aclarar para qué se negocia, porque cualquier acuerdo sobre Ucrania necesita la conformidad ucraniana y garantías de seguridad creíbles, que Europa debe sostener con capacidad propia.
La guerra de Ucrania también mostró el poder que puede acumular una empresa privada, porque las comunicaciones y los drones del frente dependen de Starlink, la red satelital de Elon Musk, y según Reuters, en 2022 Musk ordenó cortar el servicio en algunas zonas durante la contraofensiva de Jersón. Cuando una decisión empresarial puede pesar así en una guerra, el tema se vuelve una cuestión de soberanía, y los Estados necesitan contratos que garanticen el servicio, control público y redes de respaldo.
En Medio Oriente, los socios de Washington en el Golfo descubren que las bases estadounidenses que debían defenderlos los convierten en blancos de represalias iraníes por decisiones que no toman, mientras Arabia Saudita sufre los ataques de los hutíes, alineados con Teherán. Reducir esta escalada a una disputa entre chiitas y sunitas oculta las decisiones que la alimentan, y una garantía de seguridad vale también por la consulta previa a las decisiones que pueden arrastrar a un aliado a la guerra.
La Argentina también tiene que sacar sus conclusiones, porque el alineamiento del gobierno nacional con Trump y Netanyahu redujo nuestro margen para actuar según intereses propios. Recuperar autonomía significa reconstruir la coordinación regional, sostener vínculos con gobiernos de distinto signo y volver al multilateralismo, cuyo valor conocemos por Malvinas, donde el respaldo internacional se construye durante décadas y debe sobrevivir a cada gobierno.
Los estadounidenses votaron para ponerle un límite al presidente a mitad de su mandato, y en el plano internacional la tarea de estos dos años es recuperar la confianza que se pierde cuando una potencia compromete a sus socios sin consultarlos y trata las reglas comunes como optativas.
Noel Breard, Senador Provincial UCR