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El falso refugio de quienes "viven" en Corea del Centro

Cada vez que se acerca una elección decisiva aparece un grupo que se declara ajeno a la disputa. No quiere regresar a las recetas que fracasaron, pero tampoco se siente cómodo con el rumbo actual. Esa ambigüedad, que imagina prudente, tiene un efecto concreto ya que termina allanando el camino para que el pasado retorne.

Sabado, 07 de noviembre de 2026 a las 23:00

En la Argentina se los conoce, con cierta ironía, cómo los habitantes de "Corea del Centro". La expresión alude a una nación ficticia, entre dos regímenes antagónicos, donde se podría vivir sin definirse. El problema es que ese territorio no figura en ningún mapa, y la política, como la geografía, no admite lugares inexistentes.

Conviene aclarar algo desde el inicio. Nadie está obligado a aplaudir a un gobierno ni a silenciar sus errores. La crítica es imprescindible en cualquier democracia que se precie. Lo inconveniente no es objetar decisiones puntuales, sino convertir esa insatisfacción en una excusa para desentenderse justo cuando llega la hora de optar, cuando cada voluntad individual adquiere su verdadero valor.

Estos ciudadanos aseguran que no quieren volver atrás, porque recuerdan la inflación descontrolada, el cepo, la arbitrariedad y el deterioro institucional. Pero enseguida agregan que el presente tampoco los convence. El ajuste les molesta, la recuperación se demora y ciertos modos resultan incómodos. Y concluyen que ninguna alternativa merece su respaldo. Parece sensato, pero esconde una trampa. Cuando las opciones reales son dos, abstenerse, votar en blanco o dispersar el apoyo en propuestas sin chances no equivale a quedarse afuera. Significa delegar en otros la decisión.

"El presente, con todas sus imperfecciones, puede ser objeto de planteos. Se podrían proponer cambios, reclamar mejores formas y presionar para que se enmienden errores. Eso es lo que corresponde en democracia. Lo que no tiene arreglo sencillo es el regreso a un esquema que ya demostró sus secuelas y cuyo costo todavía se está pagando. Suponer que ambos caminos son equivalentes constituye un grave error de diagnóstico. No es lo mismo un rumbo que genera dudas sobre su velocidad o sus métodos que otro cuyo destino ya se conoce de memoria. Comparar una incomodidad con un fracaso comprobado es una forma de autoengaño, por más elegante que sea el argumento esgrimido."

Y esos otros no dudan. Quienes añoran aquel modelo están organizados, movilizados y convencidos. No sufren dilemas existenciales frente al cuarto oscuro. Saben lo que buscan y van por ello. Ante semejante determinación, cada sufragio que se retira del lado opuesto por desencanto o por pureza moral se transforma, en los hechos, en una ventaja gratuita para los nostálgicos. Es como un partido de fútbol donde un equipo sale a la cancha completo mientras el otro discute en el vestuario si vale la pena jugar.

Aquí aparece la paradoja central. Los moradores de esa Corea imaginaria creen que su neutralidad los protege. Si las cosas salen mal, podrán decir que no eligieron a nadie. Sin embargo, la aritmética electoral no distingue intenciones. Solo suma boletas, y la ausencia también pesa en el desenlace. Hay, además, algo de confort en la postura ambigua. Ubicarse en el medio permite reprochar los excesos de unos y los tropiezos de otros, conservar una imagen de equilibrio y esquivar las discusiones incómodas en la mesa familiar o en el trabajo. Es confortable, pero estéril.

"Quizás haya llegado el momento de abandonar esa geografía ficticia. No para enamorarse de nadie ni para renunciar al espíritu crítico, sino para asumir que la neutralidad es apenas una manera sofisticada de decidir sin dar la cara. La historia no la escriben los que miran desde la tribuna, sino los que bajan a la cancha con sus dudas a cuestas y aun así se animan a jugar."

La experiencia reciente deja una lección que no debería olvidarse. En más de una ocasión, la apatía de sectores moderados facilitó retornos que luego esos mismos ciudadanos lamentaron. Pocos apoyaron abiertamente lo que vino, pero muchos permitieron que sucediera por omisión. El arrepentimiento posterior, por genuino que fuera, jamás alcanzó para revertir los daños ni para recuperar el tiempo perdido en otra vuelta al punto de partida.

El presente, con todas sus imperfecciones, puede ser objeto de planteos. Se podrían proponer cambios, reclamar mejores formas y presionar para que se enmienden errores. Eso es lo que corresponde en democracia. Lo que no tiene arreglo sencillo es el regreso a un esquema que ya demostró sus secuelas y cuyo costo todavía se está pagando. Suponer que ambos caminos son equivalentes constituye un grave error de diagnóstico. No es lo mismo un rumbo que genera dudas sobre su velocidad o sus métodos que otro cuyo destino ya se conoce de memoria. Comparar una incomodidad con un fracaso comprobado es una forma de autoengaño, por más elegante que sea el argumento esgrimido.

Tampoco sirve repetir que todos los dirigentes son iguales. Esa frase funciona como un sedante cívico. Evita analizar y contrastar y, sobre todo, libera de la obligación de escoger. Siempre se elige entre alternativas imperfectas, ponderando cuál se acerca más a lo que uno desea para el país. Esperar la propuesta impecable para recién entonces comprometerse es condenarse a la eterna indefinición, mientras otros resuelven por uno.

"Cada ciudadano tiene en sus manos algo más valioso que cualquier queja. Dispone de la posibilidad concreta de inclinar la balanza. Es hora de mudarse al único espacio que realmente existe, el de los que eligen, participan y se hacen cargo del país que quieren construir, y de los que también entienden que mirar para otro  y ejercer esa suerte de cobardía intelectual, no los eximirá de las nefastas consecuencias que puedan provenir de esa decisión timorata."

La responsabilidad no recae solo sobre quienes gobiernan o aquellos que pretenden volver. Ese equipaje enorme está sobre esa franja que dice no querer el pasado, pero actúa como si le diera igual. Su peso puede resultar decisivo, porque en escenarios parejos un puñado de votos cambia el final de la película.

Quizás haya llegado el momento de abandonar esa geografía ficticia. No para enamorarse de nadie ni para renunciar al espíritu crítico, sino para asumir que la neutralidad es apenas una manera sofisticada de decidir sin dar la cara. La historia no la escriben los que miran desde la tribuna, sino los que bajan a la cancha con sus dudas a cuestas y aun así se animan a jugar.

Cada ciudadano tiene en sus manos algo más valioso que cualquier queja. Dispone de la posibilidad concreta de inclinar la balanza. Es hora de mudarse al único espacio que realmente existe, el de los que eligen, participan y se hacen cargo del país que quieren construir, y de los que también entienden que mirar para otro  y ejercer esa suerte de cobardía intelectual, no los eximirá de las nefastas consecuencias que puedan provenir de esa decisión timorata.

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