Eduardo A. Varela
Especialista en Relaciones Internacionales
Especial para EL Litoral
El sabado 28 de febrero pasado Estados Unidos e Israel bormbardearon la ciudad de Teherán, capital de Irán, dando inicio a una nueva guerra en esa castigada región.
Los principales motivos alegados por los atacantes fueron: a) la inminencia de un ataque nuclear iraní, y b) la necesidad de un cambio de régimen, que se proyecta en lo inmediato sobre el telón de fondo de la criminal represión sufrida por ciudadanos iraníes en diciembre y enero pasados.
La referencia a un ataque nuclear inminente fue cuestionada debido a que estaba en curso una negociación de Estados Unidos e Irán sobre el programa nuclear con mediación del Gobierno de Omán y la participación del Director General de la OIEA, el argentino Rafael Grossi. Luego de la reunión del 26 de febrero (dos días antes del ataque), el Canciller de Omán señaló que había habido “progresos significativos” en las conversaciones. Sin embargo, en una entrevista a un diario de Buenos Aires del 3 de marzo, Grossi insinuó que la opinión del omaní quizás había sido apresurada y que existían desarrollos en Irán que podrían explicar los temores alegados por los atacantes.
Respecto al cambio de régimen, declaraciones posteriores de voceros de Washington generaron alguna confusión. Si bien según el Profesor John Mearsheirmer ese sería ya no solo la justificación si no también el único objetivo plausible, existe consenso entre los analistas sobre la dificultad de la empresa. Según la fórmula que ha circulado en estos días para graficar la exigencia del proyecto, “no se cambia un régimen solo desde el cielo”.
Los argumentos de Washington y Jerusalén no conmovieron a actores como el Secretario General de UN Antonio Guterres, Brasil, Italia y España, entre otros, quienes consideraron que la ofensiva había violado el derecho internacional. También lo hizo Rusia, pero en este caso - visto la invasión rusa a Ucrania de febrero del 2022 -, asoma en la actitud una apenas disimulada cuota de sarcasmo.
El Gobierno de Lula expresó su preocupación por la escalada, instó “a todas las partes a respetar el Derecho Internacional” y condenó “cualquier medida que viole la soberanía de terceros”, palabras que, en estos tiempos de erosión sistemática de la legalidad internacional, suenan anacrónicas y demodé, pero que no pueden leerse sin un sentimiento de esperanzada nostalgia.
Los ataques de Estados Unidos e Israel fueron respondidos por Irán con misiles y drones dirigidos a territorio israelí y a blancos norteamericanos y estratégicos en países deL Golfo Pérsico, en particular Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Arabes Unidos (EAU). También fueron atacados por Irán una base británica en Chipre, instalaciones francesas en EAU y otros países fuera de la región, en particular todos aquellos a tiro de misil que integran el Consejo de la Paz creado y presidido por el Presidente Trump. Irán ha extendido a otras geografías un conflicto que sigue escalando. A la fecha, no está claro su ulterior desarrollo ni los tiempos de su eventual desenlace.
Más allá de la narrativa ensayada por voceros isrealíes y norteamericanos para justificar el ataque, los analistas encuentran motivaciones y objetivos más o menos solapados que se resuelven en diversos planos.
Así por ejemplo, hay quienes reparan en el factor China, el principal rival estratégico de Estados Unidos. Irán es un proveedor clave de crudo para Beijing. Un régimen pro-occidental en Teherán —similar al del Sha previo a 1979— ofrecería a Washington la posibilidad de obstruir el abastecimiento energético del gigante asiático.
Otros llaman la atención sobre el calendario electoral. Tanto Trump como Netanyahu enfrentan escenarios políticos complejos. Un éxito militar contra Irán podría revertir tendencias negativas para el Partido Republicano en las intermedias de noviembre y para el Likud en las elecciones de la Knesset en octubre.
Finalmente, hay quienes enfatizan la oportunidad elegida para el ataque y lo relacionan con la modalidad bélica desarrollada con éxito por Israel en su enfrentamiento con Hamas y Hezbollah. Esto es, la decapitación del liderazgo enemigo valiéndose de armamento de alta tecnlogía, por un lado, y de una muy precisa información de inteligencia, por el otro. La incursión del 28 de febrero aprovechó una reunión de la cúpula iraní para eliminar no solo al Líder Supremo Ali Khamenei (86), sino también a muchos de sus colaboradores más influyentes.
En todo caso, Medio Oriente en general, el conflicto de Irán con Israel y Estados Unidos y aún el que enfrenta a la República Islámica con los regímenes sunitas del Golfo (Arabia Saudita, Qatar, EAU) presentan aristas de enorme complejidad en la que se entrecruzan y superponen intereses que tienen que ver con el petróleo, la religión, la política tribal y el juego estratégico de las grandes potencias. Como afirma el prestigioso columnista Thomas Friedman, “para pensar con claridad sobre las guerras en Medio Oriente, es necesario tener en mente varias ideas a la vez”.
Este modesto comentarista no tiene en mente muchas ideas pero sí se anima a proponer la consideración de dos elementos críticos que podrían proyectar alguna luz para la mejor compresión del conflicto y su probable evolución: a) la relación de Estados Unidos con Israel, y b) la cuestión palestina.
Israel es el país que recibe históricamente la mayor ayuda militar por parte de Estados Unidos, por lejos. Ese fabuloso respaldo se completa con un consistente apoyo político. La atención que Washington presta a las necesidades y urgencias de Israel es permanente, con diferencias solo de matices entre republicanos y demócratas. Las razones de esa relación casi simbiótica son variadas y operan a diversos niveles. Van de la identificación ideológica con la “única democracia de Medio Oriente” hasta la penetración y capilaridad del lobby israelí pasando por consideraciones religiosas. No es difícil estimar hasta qué punto el status de Israel en la región depende de ese abrumador apoyo.
El conflicto palestino es lo que está en la raíz del drama moderno del Medio Oriente y permanece sin ser abordado de manera integral y con activo compromiso de las partes desde los acuerdos alcanzados en los años noventa en Madrid y en Oslo. El abyecto ataque de Hamas a territorio israelí de octubre de 2023 y la consecuente respuesta de Israel proveyeron renovados relieve y dramatismo a la situación. La actual guerra es, en alguna medida, producto de esa violencia y del empantanamiento en el proceso de paz. Si queremos ser optimistas, podríamos alentar esperanzas de que la resolución de esta guerra y la adecuada ejecución del Plan de Paz para Gaza de octubre de 2025, abran el camino a la solución definitiva, que no debería ser otra que una basada en dos estados viviendo lado a lado en paz y seguridad dentro de fronteras seguras e internacionalmente reconocidas. Sí, lenguaje anacrónico, nostalgia esperanzada.