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Con pesos en el bolsillo

Por El Litoral

Jueves, 19 de marzo de 2026 a las 18:23

La reciente frase del ministro de Economía, Luis Caputo —“No puedo forzar a la gente a tener pesos en el bolsillo”— abre una ventana interesante para reflexionar sobre uno de los desafíos más profundos de la economía argentina: la confianza en su moneda. Más allá de la coyuntura, la declaración funciona como un reconocimiento implícito de que el proceso de desinflación, si bien ha mostrado avances, atraviesa una etapa de mayor complejidad, en la que las variables monetarias y las expectativas sociales juegan un papel decisivo.

El gobierno de Javier Milei asumió con un diagnóstico claro: la inflación es, en esencia, un fenómeno monetario. Bajo esa premisa, se implementaron políticas orientadas a restringir la emisión y ordenar las cuentas fiscales. En sus primeros meses, esa estrategia pareció dar resultados alentadores, con una desaceleración visible en el ritmo de aumento de precios. Sin embargo, como suele ocurrir en procesos económicos complejos, los efectos iniciales tienden a encontrar límites cuando se enfrentan a la conducta real de los agentes económicos.

La afirmación de Caputo apunta precisamente a ese límite: la demanda de dinero. En términos simples, no alcanza con reducir la oferta de pesos si la sociedad no quiere mantenerlos. La preferencia por otras formas de resguardo de valor —dólares, bienes durables o incluso consumo anticipado— refleja una historia larga de desconfianza. En este contexto, la inflación no depende únicamente de la cantidad de dinero en circulación, sino también de la velocidad con la que ese dinero cambia de manos.

Lejos de ser una contradicción, el planteo del ministro puede interpretarse como una señal de realismo. La política económica no opera en el vacío; necesita credibilidad y tiempo para consolidarse. La experiencia argentina muestra que la confianza en la moneda no se construye de un día para el otro, incluso cuando las variables macroeconómicas empiezan a ordenarse. Por eso, reconocer que la demanda de dinero es un factor relevante no implica abandonar el rumbo, sino comprender mejor las condiciones necesarias para que ese rumbo sea sostenible.

En este punto, resulta útil ampliar la mirada. La estabilización de una economía con altos niveles de inflación requiere una combinación de disciplina fiscal, consistencia monetaria y, sobre todo, previsibilidad. La frase de Caputo sugiere que el gobierno está entrando en una fase donde la macroeconomía debe complementarse con señales que fortalezcan la confianza del público. Esto incluye no solo políticas económicas, sino también marcos institucionales claros y reglas de juego estables.

Asimismo, es importante considerar el contexto social. La caída de la inflación, aunque fundamental, no es el único indicador que influye en la percepción ciudadana. El poder adquisitivo, el nivel de actividad y el empleo también condicionan la forma en que las personas deciden qué hacer con su dinero. Si los ingresos no acompañan o la incertidumbre persiste, la tendencia a desprenderse de los pesos puede mantenerse, incluso en un escenario de menor inflación.

Desde esta perspectiva, la desaceleración del proceso desinflacionario no debería interpretarse necesariamente como un fracaso, sino como una etapa dentro de un proceso más largo y gradual. Las economías que lograron estabilizarse de manera duradera atravesaron momentos similares, donde los avances iniciales dieron paso a fases más complejas, en las que las expectativas y la confianza se volvieron centrales.

El desafío, entonces, parece ser doble. Por un lado, sostener la coherencia del programa económico, evitando desvíos que puedan erosionar la credibilidad construida. Por otro, generar condiciones que incentiven a la población a volver a confiar en el peso como reserva de valor. Esto último no se logra mediante imposición —como bien señala Caputo— sino a través de resultados consistentes en el tiempo.

En definitiva, la frase del ministro pone en palabras una realidad incómoda pero necesaria de reconocer: la estabilidad monetaria no puede imponerse, debe construirse. En ese sentido, el gobierno enfrenta una etapa donde la técnica económica debe dialogar con la percepción social, y donde la paciencia se vuelve un recurso tan importante como las herramientas de política.

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