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El agro, motor del país

Por El Litoral

Viernes, 20 de marzo de 2026 a las 18:16

El dato de que la economía argentina creció un 4,4% en 2025, impulsada fundamentalmente por el agro y la minería, ofrece mucho más que un motivo de celebración coyuntural: plantea una señal clara sobre dónde residen hoy las verdaderas capacidades productivas del país y cuáles deberían ser, en consecuencia, las prioridades estratégicas de la política económica.
En un contexto global marcado por la volatilidad financiera y la reconfiguración de las cadenas de valor, Argentina encontró en sus sectores primarios —históricamente competitivos— un motor de recuperación. Lejos de tratarse de una casualidad, este desempeño responde a ventajas comparativas concretas: recursos naturales abundantes, conocimiento técnico acumulado y una red empresarial que, pese a años de inestabilidad, ha logrado sostener niveles de productividad relevantes.
Sin embargo, sería un error interpretar este crecimiento como un fenómeno autosuficiente. Tanto el agro como la minería han demostrado su capacidad de traccionar la actividad económica incluso en entornos adversos, pero esa resiliencia no es infinita. Requiere, para consolidarse, de un marco de políticas públicas que no solo evite obstaculizar su desarrollo, sino que activamente lo promueva.
El campo argentino, en particular, ha sido durante décadas uno de los pilares del ingreso de divisas y del equilibrio macroeconómico. Su desempeño impacta de manera directa en las exportaciones, en la recaudación fiscal y en el dinamismo de numerosas economías regionales. Preservar este entramado productivo no implica simplemente reconocer su importancia, sino asumir un compromiso concreto con su estabilidad.
Esto supone, en primer lugar, evitar cambios bruscos en las reglas de juego. La historia reciente muestra que la volatilidad normativa —retenciones variables, restricciones a las exportaciones, modificaciones impositivas inesperadas— ha sido uno de los principales factores de desaliento para la inversión. La previsibilidad, en este sentido, no es un concepto abstracto: es una condición necesaria para la toma de decisiones de largo plazo.
Pero la cuestión no se agota en el agro. El crecimiento impulsado por la minería también pone en evidencia la necesidad de una mirada integral sobre las empresas que producen en la Argentina. Desde la industria manufacturera hasta los servicios vinculados a la producción, existe un entramado empresarial que agrega valor, genera empleo y contribuye a la diversificación de la economía.
Cuidar a estas empresas implica mucho más que otorgar incentivos puntuales. Requiere construir un entorno en el que producir sea viable y competitivo. Esto incluye una estructura tributaria razonable, acceso al financiamiento, infraestructura adecuada y un marco regulatorio que no penalice la actividad formal. En otras palabras, se trata de alinear los incentivos de modo tal que invertir y producir resulte más atractivo que especular o retraerse.
La consistencia de las políticas públicas aparece, en este punto, como un factor central. No alcanza con medidas aisladas o programas de corto plazo; lo que se necesita es una estrategia sostenida que articule objetivos macroeconómicos con el desarrollo productivo. La estabilidad fiscal y monetaria, si bien indispensable, debe complementarse con una agenda que fortalezca a los sectores que efectivamente generan riqueza.
Además, es importante considerar el efecto multiplicador de estas actividades. El agro y la minería no operan en compartimentos estancos: su crecimiento impulsa cadenas de valor que abarcan desde proveedores de insumos hasta servicios logísticos, tecnológicos y financieros. Cada punto de expansión en estos sectores tiene el potencial de irradiarse al resto de la economía, amplificando su impacto.
No obstante, ese potencial solo puede materializarse plenamente si existe confianza. Y la confianza, tanto de los productores como de los inversores, depende en gran medida de la coherencia y la continuidad de las políticas. Las señales contradictorias o los cambios de rumbo erosionan esa confianza y limitan las posibilidades de crecimiento sostenido.
El dato del 4,4% debería, entonces, ser leído como una oportunidad. Una oportunidad para consolidar un modelo de desarrollo que, sin renunciar a la diversificación, reconozca y potencie las fortalezas existentes. Esto no implica resignarse a una economía primarizada, sino aprovechar esos sectores como plataforma para un crecimiento más amplio e integrado.
La experiencia reciente deja una lección clara: cuando se les permite desplegar su potencial, el campo, la minería y las empresas productivas en general responden con crecimiento. La tarea del Estado no es reemplazar esa capacidad, sino acompañarla.

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