Desde tiempos inmemoriales se asumió, casi sin discusión, que los grandes medios cumplían un rol central que consistía no solo en informar, sino también en traducir el clima social. Esa función implicaba una suerte de autoridad implícita. Quien ocupaba ese lugar no solo narraba lo que ocurría, sino que además decodificaba qué pensaban, sentían o demandaban los ciudadanos. Esa legitimidad, construida a lo largo de décadas, hoy parece atravesar una crisis que puede ser terminal.
El problema no reside únicamente en sus repetitivos e inocultables errores diagnósticos. Toda lectura de la realidad es, por definición, imperfecta y sería muy presuntuoso esperar lo opuesto. Lo que comienza a resquebrajarse es algo mucho más estructural y es la pretensión de representar a un conjunto social que ya no reconoce en esos relatos su propia vivencia cotidiana. La grieta entre lo que se dice desde ciertos estudios y lo que ocurre en la vida concreta de las personas se volvió abrumadoramente evidente como para seguir siendo ignorada.
En ese punto aparece la impostura. No como una maniobra necesariamente deliberada, sino como una forma de ejercicio del poder simbólico que actúa bajo un paradigma cerrado. Se habla en nombre de una supuesta mayoría, pero se lo hace desde un contorno reducido, con códigos propios y validaciones internas. Se edifica así una descripción que circula con intensidad dentro de ese ecosistema, pero que encuentra escasa resonancia fuera de él.
"Nada de esto implica negar el valor del periodismo ni su rol en una democracia contemporánea. Lo que está en juego es su capacidad de adaptación. Persistir en la idea de que se puede representar a un colectivo amplio desde una lógica cerrada no sólo resulta ineficaz, sino que profundiza la brecha con aquellos a quienes se pretende comprender."
El fenómeno se potencia por la dinámica del llamado círculo rojo. Allí, dirigentes, empresarios, consultores, analistas, periodistas y comunicadores comparten un mismo ámbito de referencias. Consumen las mismas fuentes, discuten los mismos tópicos y terminan otorgando relevancia a cuestiones que, en muchos casos, tienen poco impacto en la vida diaria del resto de la población. Se genera de este modo una cámara de eco, donde la agenda se retroalimenta sin necesidad de contrastarse con la verdad.
En ese esquema, la instalación de asuntos adquiere un protagonismo central. Se supone que aquello que ocupa titulares o domina el debate público refleja las preocupaciones cívicas. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia ocurre lo contrario: lo que desvela a la ciudadanía no logra ingresar en ese circuito, mientras que otros, impulsados con insistencia, no consiguen traspasar ese umbral.
"La impostura mediática no se sostiene por una conspiración, sino por inercia. Hasta hace poco funcionó y, en cierta medida, todavía lo hace dentro de determinados entornos. Sin embargo, fuera de ese ámbito, su influencia es cada vez más limitada. La realidad, con su complejidad y sus matices, avanza por carriles que no siempre coinciden con los trazados en los estudios de televisión, de radio o en las redacciones tradicionales."
La consecuencia es una doble desconexión. Por un lado, quienes producen contenidos creen estar descifrando lo que sucede, cuando sólo están proyectando sus propias categorías. Por otro, quienes observan desde afuera perciben esa distancia y, en infinidad de circunstancias, simplemente dejan de prestar atención. No hay confrontación abierta, pero sí un silencioso retiro de legitimidad.
Este desplazamiento se explica, en parte, por la transformación del mundo informativo. La proliferación de plataformas, la diversidad de fuentes y la posibilidad de acceder a múltiples miradas erosionaron el monopolio que antes tenían ciertos actores. Ya no existe una única narrativa dominante, ni una voz autorizada capaz de ordenar por sí sola el sentido común. En ese nuevo escenario, la autoridad no se presume y debe moldearse de manera permanente.
Pero también hay un cambio más notorio, vinculado a la cultura política. La sociedad actual muestra una creciente desconfianza hacia quienes dicen hablar en su nombre. Prefiere experiencias concretas, soluciones visibles y liderazgos que se legitimen en la acción antes que en la visión general. En ese contexto, la figura del mediador omnisciente pierde terreno frente a la del gestor cercano.
Nada de esto implica negar el valor del periodismo ni su rol en una democracia contemporánea. Lo que está en juego es su capacidad de adaptación. Persistir en la idea de que se puede representar a un colectivo amplio desde una lógica cerrada no sólo resulta ineficaz, sino que profundiza la brecha con aquellos a quienes se pretende comprender.
"En este nuevo tiempo, deducir exige algo más que observar desde un lugar de privilegio. Requiere escuchar, contrastar, dudar y, sobre todo, reconocer los propios límites. Cuando esa conciencia no está presente, la interpretación deja de ser una herramienta y se convierte en una ficción. Y en política, como en la vida misma, las ficciones sostenidas por plazos prolongados terminan chocando con los hechos."
La impostura mediática no se sostiene por una conspiración, sino por inercia. Hasta hace poco funcionó y, en cierta medida, todavía lo hace dentro de determinados entornos. Sin embargo, fuera de ese ámbito, su influencia es cada vez más limitada. La realidad, con su complejidad y sus matices, avanza por carriles que no siempre coinciden con los trazados en los estudios de televisión, de radio o en las redacciones tradicionales.
En este nuevo tiempo, deducir exige algo más que observar desde un lugar de privilegio. Requiere escuchar, contrastar, dudar y, sobre todo, reconocer los propios límites. Cuando esa conciencia no está presente, la interpretación deja de ser una herramienta y se convierte en una ficción. Y en política, como en la vida misma, las ficciones sostenidas por plazos prolongados terminan chocando con los hechos.