Existe una diferencia sustancial entre el pensamiento crítico y la negación permanente. El primero resulta imprescindible para el progreso de cualquier comunidad. El segundo, en cambio, opera como un obstáculo silencioso, persistente y profundamente corrosivo. En algún trayecto del recorrido, muchos abandonaron la reprobación como instrumento para comprender acabadamente la realidad y comenzaron a emplearla como una reacción automática, casi instintiva, frente a cualquier estímulo.
La enfermiza conducta que explora hasta descubrir el contrapunto no responde a una ideología específica. Es, ante todo, una postura, una forma tóxica de vincularse con el entorno. Es este un modo de vivenciar lo que ocurre en el que el puntapié inicial no es la evidencia ni el argumento, sino la necesidad de oponerse. Poco importa el contenido, el emisor o los fundamentos. Lo relevante es marcar distancia, señalar fallas, detectar el costado negativo. Siempre.
"Recuperar el valor del disenso implica, paradójicamente, tener la enorme capacidad de administrarlo con inteligencia. Volver a ubicarlo en el lugar adecuado, entendiendo que esa modalidad no es un fin en sí mismo, sino un medio para arribar a un objetivo superior. Que sirve cuando ilumina y no cuando oscurece. Que aporta cuando se apoya en explicaciones de fondo, no cuando se sostiene en impulsos meramente emocionales."
Este fenómeno admite varias explicaciones. Una de ellas es la pérdida de confianza en las instituciones, en los liderazgos y en los relatos sin sopesar su esencia. Cuando todo parece sospechoso, cuestionar se convierte en una forma de autoprotección. Otra, más profunda, está vinculada al diseño deliberado de una identidad singular. En una instancia en las cuales las pertenencias son endebles, estar en contra de algo ofrece una filiación rápida, clara y reconocible. No define lo que se es, pero sí lo que se rechaza. Y eso, para muchos, a veces alcanza.
Sin embargo, el dilema no radica en discordar, sino que aparece cuando ese comportamiento se vuelve forzoso. Es decir, cuando se expresa sin filtro, sin criterio, sin jerarquía. No todo merece el mismo nivel de cuestionamiento ni cualquier decisión es igualmente objetable. No todo razonamiento carece de validez. Pero cuando la reacción negativa se transforma en hábito, esa distinción desaparece. Todo se nivela hacia abajo y se vuelve completamente cuestionable y, por lo tanto, nada logra sostenerse.
"Una sociedad que naturaliza la oposición permanente y lo transforma en una costumbre de dudosa ética, al borde de lo morboso pierde algo mucho más trascendente que el nivel de sus discusiones. Termina resignándose a no tener el talento para construir consensos mínimos que les permitan avanzar en acuerdos básicos, dándole sustentabilidad a las políticas de largo aliento. Sinceramente, y aunque no se registre, sin esos elementos, cualquier proyecto colectivo se vuelve frágil, inestable y, en última instancia, totalmente inviable."
En ese contexto, la conversación pública se transforma en una sucesión de monólogos cruzados. Ya no hay un ida y vuelta sino superposición. Ya no hay escucha, hay espera para responder. Cada intervención emerge como una oportunidad para reafirmar la propia posición y no como una ocasión magnífica para revisar la ajena. El resultado de ese proceso es absolutamente previsible. De ahí sólo se puede esperar más ruido y menos claridad.
Esta perversa dinámica genera, además, un efecto colateral muy significativo desalentando a quienes intentan construir denominadores comunes. Es que no es lo mismo enfrentar observaciones puntuales, fundamentadas y orientadas a optimizar el aspecto en cuestión, que acostumbrarse a lidiar con una censura permanente, difusa y muchas veces injustificada. La primera fortalece mientras que la segunda desgasta. Y cuando ese deterioro se vuelve constante, los incentivos para hacer, proponer o innovar se reducen drásticamente.
Hay, en este punto, una responsabilidad individual que no puede ser eludida. Cada persona debería preguntarse desde qué posición participa en los diálogos abiertos. Si aporta luz o confusión. Si suma o resta. Si cuestiona para comprender o simplemente para invalidar. Porque la calidad del intercambio no depende solo de los grandes actores, sino también de las prácticas cotidianas de miles de personas que opinan, comentan y se integran a ese gran debate general.
Recuperar el valor del disenso implica, paradójicamente, tener la enorme capacidad de administrarlo con inteligencia. Volver a ubicarlo en el lugar adecuado, entendiendo que esa modalidad no es un fin en sí mismo, sino un medio para arribar a un objetivo superior. Que sirve cuando ilumina y no cuando oscurece. Que aporta cuando se apoya en explicaciones de fondo, no cuando se sostiene en impulsos meramente emocionales.
"Quizás el desafío no deba ser tan ambicioso pretendiendo colocar de lado al disenso, sino que todo deba conducir a aprender a hacerlo mucho mejor. Con más criterio, con mayor responsabilidad, con vocación de comprender antes que de refutar, tal vez haya una chance de encontrar el rumbo. En un mundo complejo, donde los problemas no tienen soluciones simples, la crítica debería ser una herramienta para aproximarse a la verdad y no un mecanismo para alejarse sistemáticamente de ella."
Una sociedad que naturaliza la oposición permanente y lo transforma en una costumbre de dudosa ética, al borde de lo morboso pierde algo mucho más trascendente que el nivel de sus discusiones. Termina resignándose a no tener el talento para construir consensos mínimos que les permitan avanzar en acuerdos básicos, dándole sustentabilidad a las políticas de largo aliento. Sinceramente, y aunque no se registre, sin esos elementos, cualquier proyecto colectivo se vuelve frágil, inestable y, en última instancia, totalmente inviable.
Quizás el desafío no deba ser tan ambicioso pretendiendo colocar de lado al disenso, sino que todo deba conducir a aprender a hacerlo mucho mejor. Con más criterio, con mayor responsabilidad, con vocación de comprender antes que de refutar, tal vez haya una chance de encontrar el rumbo. En un mundo complejo, donde los problemas no tienen soluciones simples, la crítica debería ser una herramienta para aproximarse a la verdad y no un mecanismo para alejarse sistemáticamente de ella.