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Estados Unidos, Medio Oriente y la sombra del dragón

Por Eduardo A. Varela.

Por El Litoral

Martes, 31 de marzo de 2026 a las 19:00

Como era previsible (y razonable) la atención del mundo se focaliza en estos días en el conflicto Estados Unidos (EUA)/Israel-Irán. Ello se explica por el impacto global que tiene esa guerra - en especial en el mercado energético -; la sinuosa trayectoria que viene atravesando el conflicto,  y por la peculiar manera de comunicar del Presidente Trump.
Esa inevitable centralidad no debería hacer perder de vista lo que sucede fuera y más allá de las conmociones inmediatas ocasionadas por Washington. Sobre todo, lo que sucede con el extremo oriente, donde sienta sus reales la otra gran potencia global y rival estratégico de EUA: la República Popular China
 EUA es el actor dominante, celoso de su status, que empieza a ver en el surgimiento chino una amenaza a su preeminencia. China, por su parte, mira con aprensión los movimientos de Washington en los que vislumbra intentos por demorar o detener su crecimiento y proyección. La tensión EUA-China es el telón de fondo de todo lo que está aconteciendo en el escenario internacional de estos tiempos y lo que provee las referencias necesarias para su cabal comprensión.
Por eso, sin descuidar las agitaciones de la coyuntura con epicentro en el Medio Oriente, resulta pertinente ampliar el foco e intentar ver cómo todo esto está impactando en la rivalidad EUA-China.
La ofensiva de Trump contra China se inició en su primer mandato y se concentró en el capítulo comercial. Esa embestida fue continuada por su sucesor Joe Biden y adquirió nueva intensidad desde el inicio de la actual gestión. 
Además del arma arancelaria, parcialmente descargada por decisión de su propia Corte Suprema, Trump estaría intentando capitalizar un flanco débil de la economía china que es su dependencia energética. Las acciones de Washington en Venezuela y en Irán pueden ser leídas en esa clave.
Pero por otro lado, el trato descomedido de Trump a aliados tradicionales de su país, como Europa Reino Unido y Canadá, genera situaciones de las que China busca sacar partido. Las potencias occidentales se han mostrado dispuestas a poner entre paréntesis viejos agravios contra Beijing, embarcándose en la construcción de una nueva agenda orientada a la cooperación, sobre todo en el ámbito económico y comercial.  
Del mismo modo los ataque a la legalidad internacional, la hiperbólica política arancelaria y  la reducción de la ayuda al desarrollo, tienden a enajenar la buena voluntad del Sur Global hacia EUA, permitiendo a China, por contraste, presentarse ante ese interlocutor como el hegemón racional y solidario.
Un eje relevante de la política de actual administración en Washington hacia China es la llamada “reverse Nixon”, esto es atraer a Rusia para aislar a China como hizo Nixon con China respecto a la Unión Soviética. La guerra de Ucrania y la dificultad en encontrarle una salida - a lo que Trump se había comprometido ya desde la campaña -, conspira por el momento contra la concreción de esa movida táctica.
La presente coyuntura está fuertemente condicionada por el nuevo capítulo del conflicto de Medio Oriente y sus efectos, en particular la crisis energética que afecta a todos, incluidos EUA y China. El aumento del precio de la nafta toca un nervio muy sensible en el país del norte y condiciona las posibilidades del partido de gobierno en las eleciones intermedias de noviembre. Para China, implica mayores precios y dificultades en el abastecimiento de petróleo y gas.
China ha sido siempre muy cuidadosa en sus relaciones con Medio Oriente, evitando desafiar abiertamente la tradicional hegemonía norteamericana en la región. Se ocupó sí de mantener relaciones amigables con todos los países, en particular los más importantes como Irán, Arabia Saudita, Emiratos Arabes Unidos y Egipto. Ante el vacío provocado por el retiro coyuntural de  Washington en la región, China se animó a encarar incursiones diplomáticas de cierta audacia logrando, por ejemplo, mediar en el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán, dos encarnizados rivales regionales, en marzo de 2023. Además, el mismo año promovió la incorporación de esos dos países y de Emiratos Arabes Unidos, al grupo BRICS, que el gigante oriental lidera.
Ante el conflicto desatado el 28 de febrero, China ha retomado una actitud cautelosa que se manifiesta en condenas al ataque así como llamados a evitar la escalada y a retomar el camino de la negociación. En esa línea, recientemente se ha sumado a Pakistán en una iniciativa de cinco puntos para “restaurar la paz y la estabilidad” en la región. En cualquier caso, no se ha registrado el involucramiento activo a favor de Irán que algunos auguraban. Eso sí, Beijing no puede dejar de tomar nota del desparpajo con el que Estados Unidos se condujo tanto en este caso como en Venezuela, y el precedente que esto sienta para eventuales escenarios similares en otras regiones y con otros actores. Taiwán, por ejemplo.
Fabián Calle subraya que el actual conflicto ofrece algunos beneficios adicionales a China: a) mantiene a EUA concentrado en una región ajena al Pacífico Occidental, zona de influencia e interés inmediato de China; b) representa para EUA un enorme gasto de recursos bélicos de costosa reposición, y c) ofrece a Beijing la posibilidad de aprender el “arte de la guerra” norteamericano: conocer cómo gestiona el conflicto armado su enemigo en ciernes.
En América Latina, China también hizo gala de prudencia tratando de esquivar recelos norteamericanos y había arañado algunos progresos que están siendo revertidos por la actual gestión Trump. En efecto, es en esta región donde la política de “contención de China”  ha sido más exitosa. Panamá primero y Venezuela luego son testimonio de ello. La actual presión sobre Cuba es enorme y, si bien el drama tiene un final abierto, podría tornarse insoportable en el corto plazo. Además, Trump cuenta con un buen número de países de la región con gobiernos que tienden a alinearse con sus políticas por razones de afinidad ideológica. Quedarían algunos “focos de resistencia” que no parecerían constituir una amenaza en términos de la “doctrina Donroe” consagrada en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025.
En el caso de Argentina, el alineamiento con EUA es el Credo de su polítia exterior. Sin embargo el país mantiene intensas relaciones con China en materia comercial y financiera. Esas interacciones  podrían ser revisadas en caso de que Washington percibiera en ellas riesgos para su intereses. Algunos analistas entreven en disposiciones del Acuerdo de Comercio e Inversión Recíproco de 2026 manifestaciones de esa preocupación norteamericana. 
La fotografía mostraría en la coyuntura a un EUA perdiendo puntos frente a China a raíz de lo que se insinúa como el empantanamiento de la guerra en Irán. Pero el score final de este round será determinado por cómo salga Washington de ese atolladero.
Trump y el Presidente chino Xi Jinping debían haberse encontrado en Beijing a fines de marzo pero por el conflicto la reunión se postergó para fines de mayo. Es una ocasión para pasar revista a una agenda compleja e intentar limar las aristas más conflictivas de una relación que interesa no solo a EUA y China sino también, en buena medida, a toda la comunidad internacional. 
Si aplicamos las enseñanzas de Tucídides, la guerra (fria o caliente) entre EUA y China es inevitable. Sin embargo, si nos atenemos a modelos teóricos más modernos como, por ejemplo, el constructivismo de  Alexander Wendt, no habría que descartar una evolución de la anarquía “hobbesiana” en la que nos estaríamos sumergiendo y en la que las potencias serían enemigos, hacia una más amable anarquía “lockiana”, en la que pasarían a ser rivales o, porqué no, una anarquía “kantiana”, en la que  Washington y Beijing podrían ser socios, que es lo que primordialmente fueron hasta hace no tanto tiempo atrás. “La anarquía es lo que los Estados hacen de ella”, sostiene Wendt.


 

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