Hay una vieja idea, habitualmente asociada a Edmund Burke, que advierte que “el mal no necesita demasiado para avanzar, sólo le alcanza con la inacción de quienes podrían frenarlo”. Más allá de la precisión textual de esa frase, el concepto conserva una vigencia indiscutible. Los desmadres no se explican por sí mismos, ni por la acción de los perversos, sino también por la ausencia de actitud de los que deberían hacer algo al respecto.
Los mismos que se dicen preocupados por un indeseado regreso de “los chicos malos” hoy se dejan avasallar, compran relatos ajenos y se enganchan en un peligroso juego de manipulación tendiente a debilitar el rumbo. Inclusive los más convencidos están cayendo en una trampa infantil improcedente, especialmente en gente inteligente que no debería ser presa fácil de semejantes operaciones de baja calaña.
"Recuperar la sensatez requiere algo más que reflexión liviana. Implica una disposición distinta. Supone aceptar que cada omisión tiene derivaciones, que cada silencio construye contexto, que cada ademán cuenta. No se trata de promover confrontación permanente, sino de establecer límites claros. De marcar diferencias cuando corresponde, de no resignar estándares en nombre de la tranquilidad."
Es fácil identificar estas maniobras. Sin embargo, ese ejercicio, aunque necesario, suele ser abrumadoramente incompleto. Porque detrás de cada avance indebido hay algo más profundo y menos evidente. Bajo esa dinámica emerge una comunidad que, en mayor o menor medida, optó por no intervenir para pasarla bien.
La modalidad es conocida, aunque pocas veces se la aborda con honestidad. Frente a situaciones que fastidian, aparece una justificación tan prudente como timorata. No es el momento, quizás no vale la pena discutir o tal vez no corresponde polemizar. Cada argumento parece razonable en lo individual, pero devastador en lo colectivo. Así, la suma de decisiones menores termina consiguiendo un impacto progresivo que erosiona cualquier intento de orden.
En ese devenir, se configura una forma de validación implícita. No hace falta una aprobación explícita para que ciertas posturas prosperen. Basta con abandonar los cuestionamientos. Cuando lo inconsistente no encuentra resistencia, gana espacio, casi como una ley física y no lo hace por mérito propio, sino por falta de barreras externas. Es allí donde se consolida una lógica que invierte responsabilidades, el problema allí deja de ser quien actúa con malicia y pasa a ser la incapacidad del entorno para rebelarse ante lo acontecido.
"El desafío es, en esencia, cultural. No depende de grandes liderazgos ni de resoluciones extraordinarias. Se define en el día a día, en la sumatoria de conductas individuales. Allí donde se dirime si lo incorrecto encuentra resistencia o si, por el contrario, avanza sin obstáculos. Cuidado con dejarse enroscar por quienes solo pretenden recuperar el poder. Ellos saben lo que están haciendo. Es su especialidad y están desplegando sus talentos."
Lo más inquietante es que este fenómeno no requiere de grandes determinaciones. Se construye en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo aparentemente irrelevante. Un comentario que se deja pasar, un incidente que no se objeta, un proceder que se tolera por comodidad. Cada uno de esos gestos contribuye a normalizar lo que, en otro contexto, sería inadmisible.
Con el tiempo, esa secuencia produce un cambio cultural irreparable. Lo excepcional se vuelve habitual y lo inviable se transforma en parte del paisaje. Cuando eso finalmente ocurre, revertir la tendencia resulta mucho más complejo. Porque ya no se trata de corregir hechos aislados, sino de modificar patrones arraigados.
Existe además un componente emocional que potencia este comportamiento. Esquivar el conflicto resulta más sencillo que enfrentarlo. Señalar, por el contrario, genera molestia obligando a asumir costos que se harían notorios a la brevedad. En cambio, callar ofrece una tranquilidad inmediata, una falsa sensación de equilibrio. Pero lo que no se registra es que ese alivio es totalmente transitorio. Lo que se elude circunstancialmente hoy, reaparece mañana con mayor intensidad.
También hay una dimensión estratégica que no debería subestimarse. En muchos casos, quienes avanzan perciben con claridad el contexto. Detectan la falta de reacción, miden el margen disponible y actúan en consecuencia. No necesitan imponer ya que les alcanza con semblantear. Si no hay respuesta, continúan y si se asoma cierta repulsa, velozmente recalculan. Es un sofisticado engranaje de señales donde la pasividad juega a favor de quien busca expandirse para instalar un clima espeso, propicio para el retorno al poder.
"Porque lo que está en juego no es solo la corrección de un desvío puntual, sino la calidad del entramado que sostiene a toda una comunidad, que ya supo decir basta y que ahora tropieza ante el primer escollo mordiendo la manzana prohibida."
Frente a este escenario, la discusión relevante no debería centrarse exclusivamente en los excesos visibles, sino en las condiciones que lo hacen posible. Porque allí reside el verdadero punto de inflexión. No alcanza con corregir efectos si no se modifican las causas. Y una de esas, quizás la más incómoda, es la actitud social frente a lo incorrecto.
Recuperar la sensatez requiere algo más que reflexión liviana. Implica una disposición distinta. Supone aceptar que cada omisión tiene derivaciones, que cada silencio construye contexto, que cada ademán cuenta. No se trata de promover confrontación permanente, sino de establecer límites claros. De marcar diferencias cuando corresponde, de no resignar estándares en nombre de la tranquilidad.
El desafío es, en esencia, cultural. No depende de grandes liderazgos ni de resoluciones extraordinarias. Se define en el día a día, en la sumatoria de conductas individuales. Allí donde se dirime si lo incorrecto encuentra resistencia o si, por el contrario, avanza sin obstáculos. Cuidado con dejarse enroscar por quienes solo pretenden recuperar el poder. Ellos saben lo que están haciendo. Es su especialidad y están desplegando sus talentos.
En definitiva, el deterioro no siempre comienza con grandes rupturas. A veces, empieza con pequeñas concesiones. Con decisiones mínimas que, acumuladas, terminan redefiniendo lo aceptable. Comprender ese mecanismo es el primer paso para evitar que se repita. Porque lo que está en juego no es solo la corrección de un desvío puntual, sino la calidad del entramado que sostiene a toda una comunidad, que ya supo decir basta y que ahora tropieza ante el primer escollo mordiendo la manzana prohibida.