*Por José Luis Zampa
Leo Gaudens, el nombre artístico de Leopuldo Gaudencio, un gran amigo que había sido sargento del Ejército y derivó en informativista de LT7 cuando el capitán Félix Gómez se hizo cargo de la frecuencia de Radio Corrientes, después del golpe del 55, me enseñó a abrazar la causa Malvinas como un imperativo nacional de militancia permanente.
Con Leo coincidimos en la redacción de El Litoral. Yo 24, él rondando los 70. Estaba al frente de la sección “Internacionales” y hacía lo que más le gustaba: mirar constantemente la teletipo en busca del cable -así se denominaban las noticias que llegaban por télex, emitidas por ANSA, United Press y Telam- más adecuado a lo que había elucubrado para cerrar las cuatro páginas a su cargo, destinadas a las noticias del mundo.
Cuando leía algo proveniente del Reino Unido, Leo despotricaba. “Estos piratas invasores”. Teníamos coincidencias ideológicas cero, pero un cariño mutuo que superaba cualquier diferencia. Él era pro milicos, afecto al orden de los borceguíes. Había sido un soldado de cruzadas políticas con las que no llegó a identificarse en profundidad, pero seguía el uniforme y la bandera como lo que eran: su norte inamovible.
Cada 2 de Abril, mi amigo Gaudens se transfiguraba. Por razones generacionales, ese corpulento hombre de armas que le puso su cuerpo a las milicias tantas veces, no fue parte del ataque encabezado por el capitán Giachino en aquella efímera recuperación de las islas, pero se las ingenió para pelear en el estudio de la radio, donde montaba un campo de batallas imaginario, para -de pie- relatar las alternativas de una guerra pretérita.
Era “Malvinas a Sangre y Fuego”, el especial de tres horas que los segundos días de cada abril Leo conducía en soledad, con audios que él mismo había coleccionado en un riquísimo archivo de testimonios y sonidos bélicos. Sobre la mesa principal, desplegaba revistas de la época, fotos, diarios y hasta medallas facilitadas por los ex combatientes.
Y comenzaba: “Estamos en Malvinas, es 2 de abril y avanzamos hacia las formaciones rocosas para instalar la defensa contra los ingleses. Bombas caen en los alrededores, pero resistimos. La consigna es Patria o muerteeee”. Estiraba la “e”. Era un profesional de la locución informativa. Un capo.
Una noche lo fui a ver desde afuera de la pecera. El operador lo miraba sonriente, como si estuviera viendo un show privado. Creo que no comprendía que ese sargento retirado de vozarrón inigualable estaba en un trance de teletransportación al pasado. Gaudencio se ponía en guardia, tiraba trompadas al aire y gritaba contra los ingleses toda clase de frases patrióticas.
Leo Gaudens había sido boxeador amateur y hubiera pagado por ir a al archipiélago para calzarle sus potentísimos cross de derecha a los rubios de la Royal Navy. Mi entrañable compañero de redacción estaba grande y tenía ideas que no coincidían con la mías. Digamos que, en el sentido filosófico, asumía una actitud justificadora de las interrupciones democráticas.
No soportaba a los peronistas. Mejor dicho, a algunos perucas, porque yo lo era y sin embargo fui su amigo cercano, de esos que generan un lazo cósmico ni bien chocan las manos y se miran a los ojos. Fui su jefe, pero en las formalidades. En la práctica, me dediqué a aprender de él. No solamente en el diario, sino cuando iba a tomar mate a su casa, para ver su adorado Falcon blanco, en el barrio Doctor Montaña.
Leo partió al cielo de los valientes hace muchos años. Yo estaba lejos y no pude despedirlo, pero soy amigo de su hijo, que se le parece mucho. Está en mi corazón y cada 2 de abril, viene a mí para poner su mano en mi hombro y susurrarme: “Billy, las Malvinas son argentinas”.