“Los Martín Fierro representan la construcción de una identidad cultural compartida y suponen un aporte a la economía del conocimiento.”
Virginia Gallardo, diputada libertaria, proyecto declarar de interés oficial los Martín Fierro.
La inclaudicable vocación de los sectores del poder vernáculo por derrapar una y otra vez, en medio de una Argentina enlodada y exhausta, exhibe la distancia creciente que quienes detentan el mando se empeñan en trazar respecto de sus propios votantes.
Los chicos maravilla de las redes, los periodistas travestidos en indisimulados aplaudidores oficiales, los nuevos habitantes de barrios caros, los “tresporcentistas” encumbrados, los comisionistas variopinto que privatizan el afano con dinero del estado, hoy parecen transitar las calles del país en vehículos blindados, inmunes al calor, al frío, al hambre, a la moral, a la lógica y, sobre todo, a la vergüenza.
No es Virginia Gallardo quien deba cargar en soledad con la responsabilidad de convertir la gestión pública en una hoguera de vanidades. Tanto hemos declinado como país serio, que ya no sorprende que una legisladora novel considere normal -incluso patriótico- equiparar una estatuilla que supo representar lo mejor del arte nacional con un conglomerado de manipulaciones, banalidades, transacciones, moralinas de ocasión y chismes que degradan la vida pública.
Quizá su iniciativa responda a una doble intención: elevar artificialmente el valor de un premio que alguna vez fue de metal y hoy parece hecho de un barro cada vez más blando y pegajoso; y, al mismo tiempo, consagrar al Congreso —de impronta libertaria— como escenario de circo, sin pan y con espectáculo.
A nosotros, modestos escribas con pretensiones de imparcialidad, nos queda la tarea de separar el polvo de la paja, e intentar disolver esta gran tolvanera nacional, para ver el verdadero brillo en los ojos de nuestros conciudadanos, sin confundirnos con el resplandor carnavalero de lo efímero.
Y basta de rodeos. Voy al punto. Siempre resulta difícil escribir sobre lo obvio, sobre aquello que se presenta con una contundencia casi obscena.
“La pregunta es si el personaje de nuestra literatura gauchesca, el Martín Fierro, tiene alguna similitud de valores con la estatuilla de barro cuya entrega Virgina Gallardo quiere declarar de interés público”.
En tiempos donde la administración pública parece teñida de un mismo color grisáceo, se expande la enfermedad más persistente de nuestra vida nacional: la infección moral. “Please, no aprietes que sale pus”.
¿Y entonces? Entonces que, en rigor, este artículo dominical podría agotarse en una sola línea: “asquerosa corrupción”. O, si se prefiere, “un poder en cuyas venas no circula sangre sino pus”.
Pero como eso no alcanza para justificar el espacio, hay que intentar —aunque no siempre se logre— un tratado de la obviedad: llamar ladrón al ladrón, hipócrita al hipócrita, y enumerar, aunque sea someramente, las múltiples trapisondas con que se saquea el erario, con insistencia torrencial pero sin la destreza de los grandes maestros del robo.
Allí aparece la comparación inevitable entre un gobierno libertario que se presentó como antítesis del descaro kirchnerista y los mecanismos más pulidos -no tanto- de los chicos de la compu, que le dan sonido chirle a los adornados escritorios de LLA.
Interesante concepción: nuevos métodos, tecnologías actualizadas, sistemas modernos para erradicar la vieja corrupción de la obra pública. ¿La solución? Eliminar la obra pública.
“La Argentina libertaria ha sabido construir un sistema financiero que, por lo menos, resulta curioso: baja tasa en bancos oficiales para funcionarios del palo, y financiación de viviendas no sociales con capital pertenecientes a jubilados de la mínima”.
Eureka. Si no hay obra pública, no hay robo. Aquella fuente inagotable que engrosó bolsillos en tiempos no tan lejanos ha desaparecido del Estado.
La pregunta queda flotando: ¿para qué sirve un Estado que no hace obra pública? Pregunten en Corrientes, donde los capitalinos descubren que el acceso a su ciudad es una incógnita. Ahora lo entienden: el Estado sirve, ante todo, para construir la planilla Excel del superávit fiscal, no para hacer obra pública.
Mientras tanto, el Martín Fierro deja de ser aquel símbolo gauchesco de nuestras mejores tradiciones. Hoy es otra cosa: un personaje errante, deslucido, que recorre escenarios diluyendo su prestigio para inflar plateas ordinarias y figuras sin brillo.
Y entonces recuerdo lo visto en televisión: el reclamo persistente y envejecido de los veteranos del TOAS (Teatro de Operaciones del Atlántico Sur), que piden apenas un gesto mínimo de justicia. Un reclamo que, en el clima actual, parece provenir de otro planeta.
“Se me ocurre más un Martín Fierro compartiendo un mate con los malvineros, que siendo figurón de la Argentina de Milei”.
¿Qué atención pueden prestar nuestros representantes a ese grupo de “sesentones” que, con mayor o menor razón, exigen el reconocimiento debido? Estamos en otra cosa. Ya no en la obra pública para meter la mano en la lata, sino en formas más sofisticadas: financiamiento político oscuro, criptomonedas diseñadas para absorber recursos ajenos bajo la sombra de la influencia presidencial, o maniobras en organismos como la ANDIS, donde el dinero destinado a los discapacitados también se vuelve tentación, siempre reservando ese 3% para el poder.
Seguimos apretando, y sigue saliendo pus. Si no alcanza con los discapacitados, también están los jubilados: ahora convertidos en proveedores de dólares para viviendas o prestamistas involuntarios de funcionarios que se “desloman” por nosotros.
“Dejá de apretar, que nos vamos a ahogar en pus”, podría advertir algún libertario ya curado de espanto, mientras en el Banco Nación aparecen préstamos millonarios a funcionarios que superan los 400 millones por cabeza.
Este sí que es un modelo libertario que impulsa al sector privado: jubilados que financian viviendas, bancos públicos que prestan a los propios. Y todos, aparentemente, satisfechos.
Definitivamente, el nuevo Martín Fierro no luchó en Malvinas. Está demasiado ocupado en los negocios.