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La fragilidad ética de quienes juzgan sin ejemplaridad

En el debate contemporáneo se ha naturalizado una práctica completamente inquietante. La crítica severa hacia conductas ajenas ejercida por quienes no exhiben trayectorias individuales ni antecedentes transparentes que respalden esa exigencia se ha convertido en rutina. Esta disociación entre palabra y acción no solo debilita la legitimidad de quien opina, sino que también erosiona la calidad del intercambio cívico, convirtiendo la discusión en un terreno de reproches cruzados sin sustento moral.

Sabado, 04 de abril de 2026 a las 23:00

Hay algo profundamente incómodo en la escena pública actual, aunque muchas veces se lo acepte con resignación o indiferencia. Es una dinámica que se repite con demasiada frecuencia que se configura cuando voces que se alzan con firmeza para objetar posturas de otros, contrasta con el currículo de un interlocutor que emerge como opaco, incompleto o directamente contradictorio con aquello que pretenden reclamar.

No es un fenómeno para nada nuevo, pero sí es cierto que se ha intensificado sin pudor alguno. En parte, porque el ecosistema de la comunicación amplifica discursos que no demandan respaldo y también porque la sociedad parece haber relajado sus estándares al punto de tolerar que cualquiera se erija en juez, aun sin haber demostrado densidad en su recorrido singular.

"Hay, además, un efecto más subyacente y menos visible. Cuando la ejemplaridad deja de ser un requisito, se produce una degradación silenciosa de los criterios con los que se evalúa a quienes participan de los ámbitos en los que la polémica es la regla. Ya no se espera integridad, sino habilidad, no se valora el camino transitado, sino la capacidad de instalar un mensaje. Es un desplazamiento sutil, pero determinante."

El problema no radica en el regaño en sí mismo. Cuestionar es sano, señalar errores es completamente necesario. La deliberación requiere de una interpelación que incomode y ponga en discusión aquello que no funciona. El inconveniente aparece cuando esa costumbre se ejerce sin un mínimo de coherencia personal que la pueda sostener con seriedad.

Porque la palabra dicha a viva voz no es neutra. Tiene peso y consecuencias. Y, sobre todo, debe exhibir una condición implícita vinculada a la legitimidad, esa que no se construye con volumen ni con intensidad sino con una conducta irreprochable.

Cuando alguien pretende marcar el rumbo de lo correcto o lo incorrecto, inevitablemente queda expuesto a una vara que no puede eludir. No se trata de la búsqueda de la perfección ya que eso sería algo inalcanzable. Tiene que ver más bien con una alta dosis de consistencia, de una mínima alineación entre lo que se dice y lo que se hace. Sin ese vínculo, el discurso pierde sensatez y se convierte en una forma de impostura.

"En ese escenario, la autoridad moral deja de ser una condición y se convierte en una opción, algo prescindible, reemplazable por exposición, por volumen o por pertenencia a determinados espacios. Pero esa sustitución tiene un costo que se materializa en la pérdida de referencia. Es que una comunidad las precisa, necesita saber a quién escuchar, poder distinguir entre quienes opinan desde la congruencia y quienes lo hacen desde la conveniencia. Cuando esa distinción se diluye, todo se empobrece y la conversación cívica se vuelve más superficial."

En los últimos años, se ha vuelto habitual observar una especie de moral selectiva. Una que se activa con dureza frente a determinados comportamientos, pero se vuelve indulgente cuando los hechos propios entran en juego. Esta asimetría no sólo debilita a quien la implementa, sino que contamina la controversia, transformándola en un reducto en el que todo parece relativo.

En ese contexto, la reprobación deja de ser una herramienta para mejorar la realidad y pasa a ser un recurso táctico. Se utiliza para posicionarse, para diferenciarse o incluso para atacar, pero simultáneamente pierde su dimensión más valiosa, la de contribuir a elevar la trascendencia de la disputa argumental.

La sociedad percibe esa inconsistencia, aunque tal vez no siempre la expresa con claridad, pero siempre la registra, y cuando lo hace, la consecuencia es inevitable ya que se erosiona la credibilidad. Y eso no sólo afecta la de una persona en particular, sino la del sistema de intercambios en su conjunto. Si cualquiera puede cuestionar sin respaldo, entonces todo vale y cuando todo vale, nada importa demasiado.

"Recuperar ese patrón, esa guía, no implica excluir a nadie ni esperar procederes impecables. Es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, riguroso que se asocia con asumir que la palabra tiene un límite, que no todo el mundo está en condiciones de plantear lo mismo, y que la legitimidad no se otorga automáticamente por el solo hecho de hablar."

Hay, además, un efecto más subyacente y menos visible. Cuando la ejemplaridad deja de ser un requisito, se produce una degradación silenciosa de los criterios con los que se evalúa a quienes participan de los ámbitos en los que la polémica es la regla. Ya no se espera integridad, sino habilidad, no se valora el camino transitado, sino la capacidad de instalar un mensaje. Es un desplazamiento sutil, pero determinante.

En ese escenario, la autoridad moral deja de ser una condición y se convierte en una opción, algo prescindible, reemplazable por exposición, por volumen o por pertenencia a determinados espacios. Pero esa sustitución tiene un costo que se materializa en la pérdida de referencia. Es que una comunidad las precisa, necesita saber a quién escuchar, poder distinguir entre quienes opinan desde la congruencia y quienes lo hacen desde la conveniencia. Cuando esa distinción se diluye, todo se empobrece y la conversación cívica se vuelve más superficial.

"Tal vez el punto de partida sea reconocer que la crítica no es un derecho absoluto, sino una actitud que requiere respaldo, uno que no se construye con declaraciones, sino con comportamiento sostenido en el tiempo. En definitiva, el dilema no es que haya demasiados cuestionamientos, sino que quienes lo hacen no logren atravesar el filtro más elemental, el de sus propias conductas, y cuando ese tamiz desaparece, lo que se pierde no es solo la calidad de quien opina sino la credibilidad del debate mismo."

Recuperar ese patrón, esa guía, no implica excluir a nadie ni esperar procederes impecables. Es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, riguroso que se asocia con asumir que la palabra tiene un límite, que no todo el mundo está en condiciones de plantear lo mismo, y que la legitimidad no se otorga automáticamente por el solo hecho de hablar.

Tal vez el punto de partida sea reconocer que la crítica no es un derecho absoluto, sino una actitud que requiere respaldo, uno que no se construye con declaraciones, sino con comportamiento sostenido en el tiempo. En definitiva, el dilema no es que haya demasiados cuestionamientos, sino que quienes lo hacen no logren atravesar el filtro más elemental, el de sus propias conductas, y cuando ese tamiz desaparece, lo que se pierde no es solo la calidad de quien opina sino la credibilidad del debate mismo.

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