El Gobierno nacional encontró en los últimos días un dato para exhibir como prueba de gestión: la actividad económica creció 3,5% mensual en marzo y 5,5% interanual. En un país acostumbrado a convivir con la inestabilidad, el rebote ofrece una fotografía que Javier Milei y su equipo necesitan mostrar con insistencia. La desaceleración de la inflación, cierta recuperación del consumo y la expectativa de un orden macroeconómico más previsible alimentan la narrativa oficial de que el sacrificio inicial empieza a rendir frutos.
Sin embargo, la política argentina rara vez concede treguas largas. Mientras el Gobierno celebra indicadores económicos favorables, La Libertad Avanza atraviesa una disputa interna que amenaza con convertirse en un problema estructural. La tensión entre dirigentes, armadores territoriales y sectores del oficialismo deja al descubierto una dificultad que suele aparecer cuando los liderazgos personalistas pasan de la etapa de campaña a la del ejercicio real del poder: la construcción de una organización política estable.
El contraste no es menor. Milei llegó a la Casa Rosada con un capital político basado en la confrontación contra “la casta”, la promesa de ajuste y la reivindicación de un liderazgo disruptivo. Esa lógica funcionó con eficacia electoral. Pero gobernar exige algo más complejo que interpelar el enojo social. Exige coordinación, disciplina y, sobre todo, capacidad para administrar intereses internos. Allí aparecen las fisuras.
Las disputas en La Libertad Avanza no son apenas un episodio anecdótico ni una pelea de nombres propios. Son la expresión de una fuerza política que todavía no resolvió cómo institucionalizarse. El oficialismo se mueve entre el verticalismo que rodea a Karina Milei, la centralidad del Presidente y las tensiones con dirigentes que reclaman mayor protagonismo. A medida que el Gobierno avanza y la economía ofrece algunos signos de recuperación, la pelea por el control político adquiere más intensidad.
Paradójicamente, el éxito parcial del programa económico puede profundizar esas tensiones. Cuando una administración parece estabilizarse, el debate interno deja de girar exclusivamente en torno a la supervivencia y empieza a concentrarse en la distribución del poder futuro. Y el horizonte ya no es solamente la gestión cotidiana: es la elección presidencial de 2027.
En la Argentina, toda mejora económica es leída en clave electoral. El oficialismo apuesta a consolidar un ciclo de crecimiento que le permita llegar competitivo a las legislativas de 2025 y construir desde allí una plataforma de continuidad. Milei necesita demostrar que el ajuste no fue simplemente una política de emergencia, sino el inicio de una transformación duradera. Pero también necesita algo que todavía no consiguió del todo: un oficialismo cohesionado.
La experiencia reciente demuestra que los gobiernos pueden tropezar aun cuando la economía mejora. Mauricio Macri tuvo momentos de recuperación y no logró consolidar una estructura política homogénea. Alberto Fernández sufrió el fenómeno inverso: la fragilidad política terminó agravando los problemas económicos. En ambos casos quedó claro que, en la Argentina, economía y poder son variables inseparables.
Por eso, el desafío del mileísmo no se reduce a sostener indicadores positivos. El verdadero examen consiste en transformar una coalición improvisada en una fuerza política capaz de trascender la figura presidencial. Hasta ahora, La Libertad Avanza se ordenó alrededor del liderazgo de Milei y del círculo más cercano a su hermana. Pero el calendario electoral empieza a imponer otras preguntas: quiénes serán los candidatos, cómo se administrará el territorio y qué lugar ocuparán los aliados.
La oposición observa esa tensión con atención. Sabe que una economía en recuperación puede fortalecer al oficialismo, pero también entiende que las internas suelen erosionar incluso a los gobiernos con resultados favorables. El peronismo, todavía en proceso de reorganización, apuesta a que el desgaste político aparezca antes de que la mejora económica se consolide socialmente. Mientras tanto, el radicalismo y el PRO buscan redefinir su vínculo con un Gobierno que alterna acuerdos pragmáticos con gestos de confrontación permanente.