¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

Fuego amigo

Por El Litoral

Viernes, 22 de mayo de 2026 a las 15:50

La escena ya no puede disimularse. Lo que durante meses fue apenas un rumor de pasillos en la Casa Rosada hoy se convirtió en una interna expuesta, áspera y con consecuencias políticas imprevisibles. El enfrentamiento entre Santiago Caputo, principal estratega comunicacional y arquitecto del relato libertario, y Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados y hombre de máxima confianza de Karina Milei, dejó de ser una tensión subterránea para convertirse en un síntoma de desgaste del poder.
La disputa tuvo en las últimas semanas un nuevo capítulo cuando el entorno de Caputo vinculó a Menem con cuentas anónimas de redes sociales que cuestionaban decisiones del Gobierno y golpeaban incluso al propio Presidente. La respuesta del riojano fue inmediata: negó cualquier responsabilidad y buscó bajar el tono, aunque sin ocultar el malestar. “Estas cosas se resuelven en el vestuario”, lanzó, en una frase que reveló mucho más de lo que intentó ocultar.
Detrás de esa pelea hay algo más profundo que un cruce de egos. Lo que está en discusión es el control político del mileísmo. Santiago Caputo representa el ala que construyó la épica libertaria desde la comunicación digital, la confrontación permanente y la centralización de las decisiones estratégicas. Del otro lado, Karina Milei consolidó una estructura territorial propia apoyada en los Menem, particularmente en Martín y en Eduardo “Lule” Menem, con influencia creciente sobre el armado partidario y la administración de poder real.
El problema para Javier Milei es que ambos sectores forman parte de su núcleo más íntimo. El llamado “Triángulo de Hierro”, que integraban el Presidente, su hermana y Caputo, aparece hoy resquebrajado por desconfianzas mutuas y operaciones cruzadas. Y cuando las disputas internas se vuelven públicas en un gobierno tan verticalista, la señal hacia afuera es inequívoca: alguien perdió capacidad de ordenar.
Hasta ahora, Milei intentó equilibrar. Defendió a Menem, pero también reivindicó a Caputo como “un hermano”. El Presidente parece convencido de que puede contener a las dos tribus al mismo tiempo. Sin embargo, la experiencia argentina demuestra que las internas de poder rara vez quedan encapsuladas en el círculo político. Tarde o temprano terminan impactando sobre la gestión.
Y allí aparece el verdadero riesgo.
Porque mientras la Casa Rosada consume energía en una guerra de facciones, la economía real sigue mostrando señales alarmantes. La desaceleración inflacionaria, principal bandera oficial, no alcanza para ocultar una sociedad exhausta. El consumo continúa deprimido, miles de pequeñas empresas trabajan al límite de la supervivencia y el empleo informal crece como refugio obligado de una clase media en retroceso.
La macroeconomía puede exhibir números más prolijos, pero la vida cotidiana todavía está marcada por salarios deteriorados, tarifas impagables y un clima social cada vez más frágil. El Gobierno logró estabilizar variables financieras, pero no consiguió aún reconstruir expectativas de bienestar. Y en ese contexto, las peleas internas adquieren otra dimensión: ya no son apenas una disputa palaciega, sino un factor potencial de inestabilidad política.
La historia reciente argentina ofrece suficientes antecedentes sobre gobiernos que comenzaron a erosionarse desde adentro antes que por la oposición. La diferencia es que Milei construyó su legitimidad sobre una promesa de eficacia extrema y conducción sin fisuras. El oficialismo se presentó como la contracara del desorden de la “casta”, pero hoy empieza a reproducir algunos de sus peores vicios: operaciones internas, luchas de poder y personalismos descontrolados.
Karina Milei emerge en este escenario como una figura decisiva. Ya no es solamente “El Jefe” dentro del dispositivo libertario; es también la dirigente que sostiene a los Menem y disputa espacios con Caputo. Su influencia sobre el Presidente es total, y eso vuelve más delicado cualquier conflicto. Porque cuando las diferencias políticas se mezclan con vínculos familiares, el margen para arbitrar disminuye.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD