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La incómoda encrucijada de los “siperistas”

Una categoría singular configura la de esos votantes del ‘sí, pero’. Ellos acompañan la orientación general del Gobierno, valoran el intento de ordenar la economía, rechazando cualquier acción que implique volver al esquema anterior. Mantienen reparos sobre las formas, los tiempos o ciertas decisiones puntuales que objetan. No son opositores, pero tampoco incondicionales. En esa zona crítica puede definirse buena parte del resultado de la próxima elección.

Sabado, 23 de mayo de 2026 a las 23:00

Se le atribuye a Pablo Knopoff, director de Isonomía, una descripción cuasi sociológica que ya existía, pero no tenía nombre. El los denomina “siperistas”. Son los que dicen “sí, pero”. Están convencidos del rumbo de la gestión de Javier Milei, aunque formulan objeciones sobre el estilo, la celeridad y ciertos excesos. No son militantes fervorosos ni opositores convencidos. Avalan la dirección seleccionada, pero no renuncian a exigir correcciones.
El planteo dialoga con otra definición de otro consultor, Lucas Romero, titular de Synopsis quien afirma que este Gobierno parece tener más votantes que simpatizantes. El simpatizante defiende desde la pertenencia. El votante puede respaldar por cálculo, comparación, hartazgo o convicción de fondo, sin justificar cada gesto del liderazgo que eligió. Allí aparece el siperismo caracterizado como aquel que tal vez no se enamoró del Presidente, pero sí entendió que la Argentina necesitaba una ruptura profunda.

"Por eso la pregunta no debería ser si el oficialismo merece un cheque en blanco. En realidad, nadie lo merece. La cuestión verdadera es si sus objeciones justifican entregar el control a quienes representan la restauración de aquello que se intentó dejar atrás. Una cosa es exigir correcciones y otra muy distinta es usar el fastidio para rehabilitar a quienes convirtieron la frustración nacional en sistema."


Ese matiz cambia completamente la lectura electoral. Cuando una fuerza depende más del apoyo que de la adhesión, debe cuidar a quienes la sostienen desde la evaluación antes que desde la fe. Tal vez no alcanza con hablarle al núcleo duro ni responder cada crítica como si fuera una tragedia ya que el votante crítico acompaña mientras percibe que el camino elegido sigue siendo preferible a la alternativa. Pero también demanda resultados, sensatez y una conducción capaz de no desperdiciar capital político, sobre todo cuando está avanzando.
El siperista comparte la premisa central de que había que cambiar. No quería seguir en una economía intoxicada por déficit, inflación, controles, subsidios, gasto inaceptable, empleo público usado como refugio partidario y una cultura de la excusa permanente. Comprendió que el país no podía continuar administrando decadencia con lenguaje compasivo. Vio en Milei una incomodidad útil, una sacudida necesaria, una posibilidad de cortar inercias intocables.
Pero ese mismo ciudadano no acepta que la necesidad del giro valide otras cuestiones menos conversadas. Puede valorar el orden fiscal y pedir más sensibilidad. Puede entender la dureza de la estabilización y reclamar precisión comunicacional. Puede respaldar la desregulación y marcar errores de la gestión cotidiana. Puede celebrar el final de cierta hipocresía política, pero rechazar la dinámica verbal oficial. Puede asumir sacrificios, sin resignarse a que la explicación oficial sea siempre suficiente.

"Si la oposición pretende conquistar a ese elector condicionado, necesita algo más que indignación administrada. Debe mostrar un programa creíble, dirigentes renovados, responsabilidad fiscal, respeto por la inversión y una autocrítica profunda, que hasta ahora brilla por su ausencia y no parece asomarse. Sin eso, su oferta no será cambio de método, sino un regreso con otro envoltorio y la gente ya se dio cuenta de esa vieja treta."


Allí nace su incomodidad. No quiere volver atrás, pero tampoco desea convertirse en escribano de cada medida. Sabe que la herencia fue un desastre, aunque advierte que esa mochila no puede funcionar como herramienta eterna. Reconoce los avances, pero necesita visualizar cómo se plasmará cada logro en la vida diaria. Celebra que se discuta otra vez equilibrio, productividad, mérito y responsabilidad, aunque espera alivio para todos.
La próxima elección pondrá a esos frente a una disyuntiva muy especial. De un lado estarán sus reparos acerca del tono, algunas prioridades, funcionarios que no siempre parecen a la altura, demoras en la recuperación del ingreso o episodios que erosionan la confianza. Del otro, una oposición que denuncia, amplifica malestares hasta la exageración y promete moderación, pero todavía no explicó con seriedad qué aprendió de sus reiterados fracasos que ya no se pueden ocultar con retórica superficial.
Esa comparación será decisiva. La política real no ofrece una opción ideal contra otra defectuosa. Presenta caminos posibles, con antecedentes verificables. Y el siperista, aunque molesto, conserva memoria. Recuerda que la Argentina no llegó al borde por accidente, a la inflación como método, al cepo como encierro injustificable, a la pobreza administrada como estrategia, al Estado sobredimensionado como cueva corporativa y al relato como anestesia.
Por eso la pregunta no debería ser si el oficialismo merece un cheque en blanco. En realidad, nadie lo merece. La cuestión verdadera es si sus objeciones justifican entregar el control a quienes representan la restauración de aquello que se intentó dejar atrás. Una cosa es exigir correcciones y otra muy distinta es usar el fastidio para rehabilitar a quienes convirtieron la frustración nacional en sistema.

"La decisión que viene no será entre agrado y rechazo, sino entre dirección y retroceso. Entre corregir lo que está en marcha o devolverle centralidad a quienes nunca demostraron voluntad de abandonar las viejas prácticas. Llegado el momento, los siperistas deberán ordenar prioridades. No se les pedirá silencio ni obediencia, pero sí algo mucho más difícil, que es tener la lucidez para distinguir una cosa de la otra. Porque las transformaciones verdaderas no se abandonan porque incomodan, sino que se corrigen para que prosperen."


Si la oposición pretende conquistar a ese elector condicionado, necesita algo más que indignación administrada. Debe mostrar un programa creíble, dirigentes renovados, responsabilidad fiscal, respeto por la inversión y una autocrítica profunda, que hasta ahora brilla por su ausencia y no parece asomarse. Sin eso, su oferta no será cambio de método, sino regreso con otro envoltorio y la gente ya se dio cuenta de esa vieja treta.
El Gobierno también tiene tareas pendientes. Si su fortaleza descansa en votantes más que en simpatizantes, no puede suponer que la comparación con el pasado alcanzará para siempre. Debe transformar la estabilidad en alivio, la austeridad en eficiencia, la desregulación en oportunidades y la épica en gestión. El apoyo crítico no es una amenaza, es quizás una alarma amigable que conviene escuchar.
La decisión que viene no será entre agrado y rechazo, sino entre dirección y retroceso. Entre corregir lo que está en marcha o devolverle centralidad a quienes nunca demostraron voluntad de abandonar las viejas prácticas. Llegado el momento, los siperistas deberán ordenar prioridades. No se les pedirá silencio ni obediencia, pero sí algo mucho más difícil, que es tener la lucidez para distinguir una cosa de la otra. Porque las transformaciones verdaderas no se abandonan porque incomodan, sino que se corrigen para que prosperen.

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