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“La utopía es la forma más cómoda del despotismo: nadie puede refutarla porque nadie puede vivirla”
Jorge Luis Borges
Qué criatura fascinante es el teórico libertario. Nadie posee tanta fe en un folleto de tres páginas ni tanta ceguera frente a una vereda embarrada. Al igual que los viejos jerarcas de la Unión Soviética, los feligreses del libre mercado absoluto comparten un defecto genético indomable: diseñan civilizaciones perfectas sobre el papel, pero se olvidan por completo de invitar a los seres humanos.
Para el "ancap" (anarcocapitalismo) de café, la historia es una molestia, la geografía una convención y la naturaleza humana un algoritmo predecible que siempre opta por el beneficio mutuo. Qué pena que la realidad insista en tener otros planes.
Cuando los dogmas bajan a la Tierra, el aterrizaje suele ser forzoso y, en ocasiones, cómico.
El gran laboratorio de esta utopía fue el Free Town Project a principios de los 2000, en Grafton, New Hampshire. Un grupo de entusiastas decidió copar el pueblo con un plan infalible: abolir las regulaciones, pulverizar los impuestos municipales y dejar que la "mano invisible" pavimentara las calles. Murray Rothbard lo prometía en sus libros: eliminen al Estado y la cooperación voluntaria florecerá de forma espontánea.
“La utopía libertaria en Grafton, no cayó por el marxismo ni por la burocracia estatal. La derrotaron los osos. Y con ellos, la idea de que la libertad sin obligación colectiva produce algo distinto a basura en la calle”
La espontaneidad llegó, pero en forma de garras. Al quedarse el pueblo sin presupuesto para recolectar la basura, cada vecino aplicó su derecho de propiedad individual para acumular desperdicios como mejor le pareció.
La "mano invisible" resultó ser la pata peluda de decenas de osos salvajes que, atraídos por el olor a mugre desregulada, invadieron el pueblo y empezaron a atacar a los vecinos.
Los libertarios descubrieron, a fuerza de mordiscos, una lección que Robert Nozick ya insinuaba en su teoría del Estado mínimo: el mercado es fantástico para fijar el precio de las hamburguesas, pero es una tragedia absoluta para coordinar la defensa ante los depredadores de la selva. La utopía de la libertad absoluta terminó devorada por la falta de un recolector de basura municipal.
El presidente Javier Milei se autopercibe como un "minarquista en transición" hacia el anarcocapitalismo, una suerte de Moisés del libre mercado atrapado en el desierto de la burocracia. En su narrativa teórica, él está destruyendo el Estado desde adentro. En la práctica ordinaria, lo que está haciendo es usar el control remoto del aparato estatal con un entusiasmo que envidiaría cualquier socialdemócrata.
El relato oficial celebra un crecimiento de la actividad del 3,6%% interanual (EMAE de marzo) y un índice de pobreza que se ubicó en el 28,2% hacia finales del año pasado, presentándolo como el triunfo del no-intervencionismo.
Sin embargo, raspar la superficie de este milagro libertario revela una trampa gigantesca. El Estado argentino no ha desaparecido; solo se ha mudado de oficina.
“Curioso destino el del libertario que achica el Estado por abajo -jubilaciones, salud, educación- ylo engorda por arriba: espías, policías, servicios de inteligencia. No es exactamente lo que tenía Rothbard en mente. Es, en todo caso, el Estado que te vigila en lugar del que te cuida”
Para sostener su celebrado esquema, el Poder Ejecutivo no recurre a la desregulación espontánea, sino a la intervención pura y dura:
- El Ministerio de Economía opera mediante la fijación y postergación discrecional de tarifas públicas para dibujar el índice de inflación.
- El Banco Central no fue dinamitado; se usa activamente para la licuación sistemática de pasivos y la esterilización de pesos.
- El libre acuerdo entre las partes colapsa cuando el gobierno interviene de forma directa en las paritarias salariales para evitar que los sueldos se disparen.
- El gasto público se redujo, pero el costo de la canasta de servicios públicos subió un 17% recientemente, asfixiando el bolsillo mediante decisiones centralizadas.
¿Dónde quedó la ética de la libertad? Rothbard argumentaba que el Estado es un "violento agresor ilegal". Sin embargo, para sostener este modelo de libre mercado forzado, la administración de Milei necesita acumular una cantidad fenomenal de poder político.
El minarquismo de transición requiere de un despliegue masivo del aparato de seguridad estatal para contener el descontento en las calles, demostrando que para liberar la economía primero hay que monopolizar el garrote.
No estamos ante la abolición del Estado, sino ante su reconfiguración más cruda. El Estado ya no te vacuna ni te arregla la calle; ahora te congela el salario, te regula la tarifa por decreto y te vigila con la policía si protestás por el precio de la luz.
La utopía libertaria en la práctica no es la ausencia de gobierno; es el uso del monopolio de la fuerza pública para imponer un diseño ideológico dogmático.
Resulta que el anarcocapitalismo real no se parecía a los libros de la escuela austríaca. Se parece a un estatismo clásico, pero con mejor aparato de prensa y muchos más osos sueltos en la plaza de Mayo.