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“Hemos perdido la capacidad de asombro, de reacción ante lo incomprensible e injustificable. En el camino de una Argentina casi marginal, extraviamos la noción de la normalidad, de la legalidad, de la civilidad. Y es por ello que, me parece, estamos en el tránsito de perder la “batalla cultural”
Jorge Eduardo Simonetti, “Justicia y Poder en tiempos de cólera”, 2015, editorial ConTexto
El texto que transcribo en el epígrafe, integra una obra que escribí hace once años. Pareciera que el tiempo no ha pasado, o que once años no son nada a la luz del cambio de paradigmas sociales.
En aquella oportunidad, 2015, nos encontrábamos en el final de los gobiernos del matrimonio Kirchner y comenzando la etapa de la presidencia de Mauricio Macri.
Me lamentaba yo, en ese entonces, no sólo de los gobiernos que nos condujeron a la pérdida de la noción de la moralidad en la gestión pública, sino también a una sociedad mimetizada, que había extraviado el sentido de la normalidad.
Que la corrupción pública deje de interesar a la gente, era algo grave. Que los parámetros de análisis de los gobernantes pasen fundamentalmente por otros ítems, dejaban al país en la intemperie moral. No sólo a los gobernantes, fundamentalmente a la gente de a pie.
Me acuerdo que, en ese entonces, ya las organizaciones liberales (luego convertidas en libertarias) hablaban de la batalla cultural, que tenía que ver no sólo con la libertad del hombre, con la superioridad del mercado por sobre el estado, sino también con la renovación de la política y la eliminación de la corrupción.
Pasaron once años y estamos en el punto justo, en el cruce de rutas, en la disyuntiva vital, de ver hacia dónde vamos en esta Argentina gobernada por Javier Milei.
Ya no hablo de economía, que es también fundamental en la vida de la gente. Me estoy refiriendo a esa épica que atrajo a gran parte de la ciudadanía para votar un cambio drástico en 2023. Dejar atrás a la vieja dirigencia, la “casta” en idioma libertario, y encarar un camino distinto, no sólo en lo conceptual o en lo económico, sino en lo moral.
Pero los dichos, el discurso, el relato, que inauguró “la moral como política de estado”, quedó plasmada sólo en los papeles que, hoy, por la fuerza de los hechos, yacen arrollados en el cesto de la oficina presidencial.
¿Quién hubiera imaginado que, a la estafa Libra# seguiría el escándalo Andis con el dinero de los discapacitados, la corruptela de los créditos para amigos, entre otras lindezas, para culminar con esta comedia de enredos e inverosimilitudes que constituye el caso Adorni?
No es rara la preocupación gubernamental por desanclar a la hermandad presidencial de la causa penal de Libra#. Estoy convencido de que, si estuvieran en el llano, ya estarían citados por la justicia.
Es más, el periodista Alconada Mon, en sus investigaciones, cuenta de la intervención del mediático abogado Burlando, recorriendo despachos judiciales y haciendo “scouting” (tanteo, en la vieja jerga) para ver la posibilidad de sacar de la causa a Milei y su hermana, mediante el depósito de cien millones de dólares para indemnizar a los perjudicados en la estafa Libra#.
A la simple observación, puede apreciarse a un Javier Milei sin la fortaleza y las disrupciones de otrora. De un presidente que no hesitaba en echar de un plumazo a un amigo que fue su primer Jefe de Gabinete, o a tomar medidas inmediatas ante el cuestionamiento de su poder, hoy lo tenemos apagado.
No puede entenderse que no tenga la fortaleza necesaria para poner fin a las disputas internas que mellan su gobierno. Más aún que no sea capaz de echar a un Adorni que es el iceberg que chocó la credibilidad de su gestión, más que cualquier otro acontecimiento.
Absolutamente mellado en la confiabilidad sobre la moralidad de su gobierno, hoy apunta a una recuperación económica como instrumento que borre la memoria de la sociedad sobre otras cuestiones “non sanctas”. Para ello, cuenta con la inestimable colaboración de Cristina y del kirchnerismo duro, que siguen generando pánico en gran parte de la gente.
Si el mileísmo es un organismo parasitario del kirchnerismo, que tiene vida en la medida que siga vigente el miedo al organismo principal del cual se alimenta, también es dable decir que el peronismo hoy sobrevive con ciertas posibilidades por su contraparte, el libertarismo.
Mientras tanto, sentados en el frío y duro banco de la realidad cotidiana, sin liderazgos creíbles para construir alternativas válidas, tenemos la mirada perdida y una duda casi existencial: ¿hacia dónde vamos?