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La lluvia de dólares y el país que no se construye solo

Miércoles, 17 de junio de 2026 a las 20:52

La advertencia del economista Juan Carlos de Pablo sobre una posible “enfermedad holandesa” en la Argentina merece una reflexión que va más allá del tipo de cambio o del ingreso de divisas. El concepto surgió en los Países Bajos cuando el descubrimiento de grandes reservas de gas generó una fuerte entrada de dólares, fortaleció la moneda local y terminó afectando la competitividad de otros sectores productivos.



Trasladado a la Argentina, el planteo parece evidente. Vaca Muerta, el litio, el cobre, la minería, el petróleo, el gas y las exportaciones agroindustriales podrían generar un ingreso extraordinario de divisas durante las próximas décadas. El riesgo sería que esa abundancia provoque atraso cambiario, incentive importaciones baratas y debilite a la industria, las economías regionales y otros sectores exportadores. Sin embargo, la realidad argentina incorpora una complejidad adicional: no todos los dólares que genera la economía quedan disponibles para la política económica nacional.



Una exportación puede registrar miles de millones de dólares y, aun así, una parte importante de esas divisas permanecer en el exterior, destinarse al pago de deudas corporativas, financiar inversiones internacionales o distribuirse entre accionistas fuera del país. Por eso, exportaciones récord no significan necesariamente reservas récord. La paradoja podría ser evidente: inversiones multimillonarias, crecimiento de la minería y la energía, y ganancias extraordinarias para determinados sectores, coexistiendo con reservas insuficientes, déficits de infraestructura y tensiones cambiarias persistentes. En otras palabras, un país rico en dólares y un Estado pobre en dólares.



Pero el debate de fondo es aún más importante. La historia económica demuestra que las naciones no se desarrollan simplemente porque descubren recursos naturales o reciben una renta extraordinaria. La riqueza no depende solo de cuánto se exporta, sino de la capacidad para transformar esos recursos en desarrollo, infraestructura, educación, innovación y oportunidades para toda la sociedad. Los recursos naturales pueden ser una bendición o una oportunidad desperdiciada, todo depende de la calidad institucional y de la existencia de una estrategia nacional.



La experiencia internacional es clara y ofrece enseñanzas valiosas, porque Noruega aprovechó la renta petrolera para construir ahorro público, educación e inversión de largo plazo, mientras Australia complementó la minería con innovación, servicios especializados y cadenas de valor que potenciaron el impacto de sus recursos naturales. La diferencia no estuvo en el recurso en sí mismo, sino en la estrategia adoptada para convertir esa riqueza en desarrollo sostenible.



Por eso la discusión argentina no debería agotarse en la magnitud de las inversiones o en el volumen de las exportaciones, porque la verdadera pregunta es quién captura la renta, dónde permanecen las divisas, qué porcentaje se reinvierte en el país y cuánto contribuye a financiar infraestructura, ciencia, tecnología, educación y desarrollo regional. La cuestión adquiere mayor relevancia frente a regímenes promocionales que contemplan beneficios fiscales, estabilidad tributaria y mecanismos de libre disponibilidad de divisas, ya que podrían consolidar enclaves económicos altamente rentables e integrados al mercado global, pero con escasa vinculación con el entramado productivo nacional.



Desde una perspectiva federal, el desafío es todavía mayor, porque la Argentina corre el riesgo de que determinadas regiones concentren los beneficios extraordinarios de los recursos naturales mientras amplias zonas del país permanezcan al margen. Para el Norte Grande la pregunta es decisiva: si esa riqueza no contribuye a financiar corredores bioceánicos, rutas estratégicas, energía, puertos, conectividad, innovación y educación de calidad, la promesa de crecimiento puede transformarse en una nueva experiencia de concentración económica.



Por eso el verdadero debate no es mercado versus Estado ni inversión versus regulación, sino determinar si la renta extraordinaria de nuestros recursos naturales servirá para fortalecer el desarrollo federal, generar empleo, ampliar oportunidades y consolidar una Argentina integrada, o si terminará profundizando un esquema donde la riqueza se concentra en pocos sectores, pocos territorios y pocos actores económicos.



En definitiva, el dilema argentino del siglo XXI no es solamente económico, porque la cuestión central consiste en decidir qué país queremos construir y de esa respuesta dependerá si la anunciada lluvia de dólares se convierte en una oportunidad histórica o en un nuevo espejismo de desarrollo. La riqueza de una Nación no se mide únicamente por los dólares que genera, sino por su capacidad para transformarlos en desarrollo, integración y futuro para todos los argentinos.



Noel Eugenio Breard - Senador Provincial UCR. 

 

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