El Día de la Bandera debería ser una de esas pocas fechas capaces de suspender las disputas cotidianas para convocar a los argentinos alrededor de una figura que trasciende las grietas. Sin embargo, el acto oficial celebrado en Rosario terminó convirtiéndose en el escenario de una nueva exhibición de las tensiones que atraviesan al poder. El contrapunto entre el presidente Javier Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel quedó sintetizado en dos frases que, más que opiniones circunstanciales, expresan visiones antagónicas sobre la historia, la política y el presente del gobierno.
“No hay nadie más peleado con los valores de Belgrano que Adorni”, disparó Villarruel. Del otro lado, Milei insistió en una definición que ya forma parte de su repertorio ideológico: “Belgrano fue el primer intelectual liberal”.
Las dos afirmaciones giran alrededor de la figura de Manuel Belgrano, pero hablan de cosas muy distintas. La vicepresidenta eligió personalizar su crítica en Manuel Adorni, actual jefe de Gabinete y una de las figuras más cercanas al Presidente. Al señalarlo como alguien enfrentado a los valores belgranianos, Villarruel no solo cuestionó a un funcionario; cuestionó una forma de ejercer el poder que identifica con el círculo más estrecho de Milei. La referencia adquiere una gravedad adicional porque Adorni enfrenta denuncias e investigaciones vinculadas a presunto enriquecimiento ilícito, una circunstancia que inevitablemente proyecta sombras sobre cualquier apelación oficial a la ética pública.
La frase presidencial, en cambio, busca apropiarse de Belgrano desde una lectura doctrinaria. Para Milei, el creador de la bandera representa un antecedente temprano del liberalismo económico y político que hoy reivindica La Libertad Avanza. No es una interpretación nueva dentro del universo libertario, pero sí una que privilegia determinados aspectos del pensamiento belgraniano por encima de otros.
El problema aparece cuando ambas definiciones se cruzan. Porque si Belgrano fue, como sostiene Milei, un intelectual comprometido con la libertad, también fue un funcionario obsesionado con la austeridad, la honestidad y el servicio público. Resulta difícil separar sus ideas económicas de su conducta personal. Belgrano murió prácticamente en la pobreza, después de haber dedicado su patrimonio y su vida a la causa de la independencia. Su legado no puede reducirse a una escuela económica ni a una etiqueta ideológica.
Por eso la observación de Villarruel, aun formulada como una crítica política, introduce una cuestión incómoda para el oficialismo. Si el Presidente invoca a Belgrano como símbolo moral e intelectual, la conducta de quienes integran su entorno debería estar a la altura de ese estándar. De lo contrario, la apelación histórica corre el riesgo de transformarse en un recurso retórico vacío.
Rosario mostró algo más profundo que una diferencia de criterio entre Presidente y Vicepresidenta. Expuso la consolidación de una interna que ya no se oculta. Durante meses, Milei y Villarruel intentaron mantener una convivencia institucional marcada por las diferencias. Hoy esas diferencias son públicas, explícitas y cada vez más difíciles de disimular.
Paradójicamente, el enfrentamiento se produjo alrededor de una figura que dedicó buena parte de su vida a construir consensos para una nación que todavía no existía. Belgrano entendía que los símbolos patrios debían servir para unir voluntades y no para profundizar divisiones. Dos siglos después, su nombre vuelve a ser utilizado como bandera en una disputa de poder.
Entre la definición ideológica de Milei y el reproche moral de Villarruel emerge una pregunta que trasciende a ambos dirigentes: ¿qué significa realmente reivindicar a Belgrano en la Argentina contemporánea? Si la respuesta se limita a citarlo para justificar posiciones partidarias, probablemente se esté traicionando su legado. Si, en cambio, implica asumir los valores de integridad, sacrificio y responsabilidad pública que marcaron su trayectoria, entonces el desafío alcanza a todos los protagonistas de la política actual.
Y es precisamente allí donde la discusión deja de ser histórica para convertirse en una cuestión de presente.