La historia enseña que las guerras rara vez terminan como fueron imaginadas por quienes las inician, las grandes potencias suelen dominar el momento de entrada a los conflictos, pero con frecuencia descubren que la verdadera dificultad aparece cuando llega la hora de salir. El memorándum de entendimiento firmado entre Estados Unidos e Irán, que establece un período de sesenta días de negociación bajo compromisos verificables y sujeto a múltiples condicionantes regionales, no parece representar una paz definitiva ni una victoria concluyente para ninguna de las partes, más bien puede interpretarse como una pausa estratégica que deja al descubierto una realidad incómoda: incluso el poder hegemónico encuentra límites cuando los costos de una escalada comienzan a superar los beneficios esperados.
El cálculo inicial de Washington parecía relativamente sencillo, combinar presión económica, aislamiento financiero y capacidad de disuasión militar para contener las aspiraciones estratégicas iraníes. Sin embargo, Medio Oriente ha demostrado una y otra vez que la ecuación de salida suele ser mucho más compleja que la de entrada, Afganistán terminó con una retirada que no consolidó los objetivos perseguidos durante dos décadas, Irak eliminó un régimen adversario pero alteró el equilibrio regional fortaleciendo indirectamente la influencia de Teherán, mientras que Libia derivó en una prolongada fragmentación política e institucional. Son escenarios diferentes que reflejan una misma enseñanza: la superioridad militar puede ganar batallas, pero no garantiza por sí sola estabilidad política duradera.
La decisión de congelar el conflicto tampoco puede analizarse únicamente desde la geopolítica, porque la política exterior norteamericana convive con condicionantes internos que influyen sobre cada movimiento estratégico. El precio internacional del petróleo, las presiones inflacionarias y la proximidad de las elecciones legislativas de noviembre de 2026 forman parte de la ecuación. Una escalada militar con Irán podría provocar un impacto energético global con consecuencias directas sobre el bolsillo de los ciudadanos estadounidenses, por lo que evitar una crisis regional también significa preservar condiciones de estabilidad económica dentro de Estados Unidos.
Sin embargo, más allá de la coyuntura electoral, el desafío trasciende ampliamente el calendario político, porque los aliados tradicionales de Washington en Medio Oriente observan con atención cada señal y se preguntan si este entendimiento refleja prudencia estratégica o una reducción del compromiso estadounidense en la región. En política internacional la percepción suele tener tanto peso como la realidad. Por eso algunos sectores, tanto demócratas como republicanos, han cuestionado el acuerdo argumentando que quienes creen haber ganado terminan asumiendo costos crecientes de estabilización y contención, mientras el memorándum no resuelve el conflicto sino que simplemente lo congela para ganar tiempo, evitar una confrontación abierta y reducir riesgos económicos y políticos que podrían resultar mucho más difíciles de administrar.
Detrás de esta discusión aparece además una cuestión más profunda vinculada al lugar que ocupa Estados Unidos en el sistema internacional. La hegemonía norteamericana no parece estar siendo cuestionada por falta de capacidad militar, que continúa siendo extraordinaria, sino por una creciente dificultad para transformar ese poder en soluciones políticas definitivas.
En un escenario donde China avanza como actor central y plantea la necesidad de evitar la denominada "trampa de Tucídides", la competencia ya no gira únicamente alrededor de quién posee más fuerza sino de quién administra mejor el tiempo, los costos y los riesgos. Por eso el memorándum con Irán puede interpretarse como algo más que una pausa táctica, una señal de una época en la que incluso las potencias hegemónicas deben aprender no sólo cómo entrar en una guerra, sino también cómo salir de ella sin que el costo de la retirada termine acelerando su propio desgaste histórico. Hasta el poder hegemónico necesita aprender cómo salir de la guerra.
Por Noel Breard
Especial para El Litoral