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“La corrupción no es un abuso del sistema; es el sistema”
Slavoj Zizek, filósofo esloveno
Finalmente se terminaron, o por lo menos eso creemos, los dimes y diretes de la novela oficialista que tuvo como protagonista a Manuel Adorni, hasta hace unos días Jefe de Gabinete del gobierno de Javier Milei. Comienza su camino hacia los tribunales penales de Comodoro Py.
Su inexplicable continuidad en el cargo por 112 días luego de estallado el escándalo, sólo puede explicarse en clave libertaria, enancado en un gobierno que a veces practica el masoquismo y otras una discordancia marcada entre los deseos y la realidad.
Como era obvio, la “renuncia” de Adorni fue en clave “victima”. Si fue capaz de mantenerse casi cuatro meses bajo el fuego graneado de sus propias inconsistencias patrimoniales, no podría esperarse otras cosa que redactara su renuncia vestido de ángel.
Hay una cuestión que todavía no se develó, aquella que trae la mugre principal en la catarata de corrupción: ¿De dónde sacó Adorni casi un millón de dólares? Quizás allí tengan algo que aportar el Presidente, su hermana y los creadores de Libra#. El Juez y el Fiscal deberán investigar.
“Cuando la austeridad proclamada convive con imágenes de abundancia inexplicable, el daño político es irreversible”
El que no se pone colorado es Insaurralde, el prototipo del lujo pornográfico de los ladrones del kirchnerismo, por ahora beneficiado con el tortuguismo judicial.
Martín Insaurralde fue jefe de Gabinete del gobernador Axel Kicillof. Manuel Adorni fue jefe de Gabinete del presidente Javier Milei. El primero era la expresión del poder territorial kirchnerista en el conurbano bonaerense; el segundo, el vocero más fiel del credo libertario. Épocas distintas, banderas opuestas, retóricas irreconciliables.
Y sin embargo, el denominador común que los iguala no requiere de sofisticados análisis politológicos: basta con mirar un vestidor lleno de fajos de dólares y un lujoso dormitorio, con blanquería suntuosa, proyección del sediento que llega al oasis.
La Argentina tiene esa particular habilidad para producir, en diferentes administraciones e ideologías, funcionarios que se enriquecen con una velocidad incompatible con sus sueldos públicos. No es una patología de partido; es una cultura del cargo entendido como oportunidad.
Insaurralde salía del poder tras el "yategate" de Marbella -champagne, carteras de lujo, Sofía Clerici, yate "Bandido"- y la Justicia descubría después los videos donde Cirio, su entonces esposa, recorría el vestidor de la mansión de San Vicente mostrando bolsas y valijas con fajos de billetes que los investigadores estiman en unos diez millones de dólares.
Adorni salía de la Jefatura de Gabinete tras un viaje en avión presidencial, una casa en un country de Exaltación de la Cruz pagada en efectivo y sin factura por doscientos cuarenta y cinco mil dólares, un departamento en Caballito, inversiones en Bitcoin no declaradas y ahorros "heredados" que emergieron oportunamente como explicación universal.
“Cambian las banderas ideológicas, pero el fetichismo del lujo con fondos públicos sigue intacto”
Ambos negaron. Ambos invocaron persecución mediática. Ninguno ha sido condenado. La diferencia entre los dos casos no es moral sino estética. Insaurralde eligió el lujo desembozado, casi didáctico: el yate mediterráneo, la modelo, el escándalo que él mismo no supo calcular. Era la exhibición de quien cree que el poder lo vuelve invisible.
Adorni, en cambio, eligió el camino de la blanquería doméstica: la declaración jurada rectificada, el Bitcoin como coartada digital, las mujeres que le "prestaron dinero" para adquirir propiedades. Era el enriquecimiento con pretensión de explicación técnica, el latrocinio vestido de fintech.
Uno escandalizó por exceso de ostentación; el otro, por exceso de ingenio. Lo que los iguala es más profundo: la convicción de que el Estado es una fuente de recursos personales y no una responsabilidad pública.
Insaurralde construyó durante años un feudo municipal que le permitía negociar con contratistas y moverse con impunidad territorial. El manejo del juego fue una caja inagotable y sustanciosa. Adorni aprovechó la velocidad del ascenso —de vocero a jefe de Gabinete en dos años— para acumular con idéntica velocidad con fuente hasta ahora no identificada.
El kirchnerismo practicó la corrupción como sistema de dominación clientelar; el libertarismo la practica como anomalía individual que "no tiene nada que ver" con el modelo. En ambos casos, la frase es la misma: yo no hice nada.
“La justicia tiene sus tiempos, pero la confianza pública emite su veredicto mucho antes”
Hay una escena que resume todo. Cuando un periodista le preguntó a Adorni por sus bienes, respondió con arrogancia: "Vos sos apenas un periodista, no un juez. Hago lo que quiero con mi dinero." Era la voz del poder convencido de su propia intangibilidad.
Insaurralde, años antes, tampoco concibió que las fotos en Marbella pudieran convertirse en un expediente judicial. Los dos confundieron el cargo con la impunidad, la gestión con el privilegio, la función pública con la oportunidad privada.
La diferencia es que Insaurralde cayó como caen los popes del peronismo bonaerense: ruidosamente, con escándalo operístico y fajos de dólares termosellados como telón de fondo. Adorni cayó como caen los tecnócratas del nuevo liberalismo: con una carta en X, invocando a la familia y al sacrificio, acusando a los medios de "operaciones".
Uno al menos tuvo el pudor involuntario de no fingir sorpresa. El otro se fue proclamando inocencia con la misma convicción con la que antes daba conferencias de prensa sobre la regeneración moral de la Argentina.
En el placard de Cirio y en el dormitorio de Adorni hay algo más que dos causas judiciales abiertas: hay el retrato de una clase política que, más allá de las etiquetas ideológicas, continúa encontrando en el Estado la mejor forma de hacer negocios. El escenario cambia. Los actores se renuevan. La obra es siempre la misma.