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ESE MUCHACHO DE PUJATO

Lunes, 13 de julio de 2026 a las 01:40

 

“Nosotros no tenemos mesas redondas, es un solo tablón”

Lionel Scaloni, D.T. de la Selección Argentina de Fútbol

Entre los triunfos y los trofeos, los argentinos descubrimos algo más valioso que un gran entrenador: a un hombre que supo llegar a la cima sin olvidar sus raíces. La historia de Lionel Scaloni demuestra que la verdadera grandeza no está en ganar, sino en seguir siendo uno mismo.

                          Conocimos a la persona a través del personaje.

                   Muchas veces, con la rapidez que tenemos los seres humanos para juzgar a nuestros semejantes, prejuzgamos, encasillamos, endiosamos o condenamos casi sin términos medios.

                   El éxito suele elevar a las personas hasta el reino de los cielos. El fracaso, en cambio, rara vez encuentra perdón. Y si se trata de fútbol, mucho menos.

                   Los argentinos tenemos con ese deporte una relación difícil de explicar. Cuando rueda la pelota sobre el césped dejamos en suspenso muchas de las cosas que nos definen.

                   Dejamos de ser padres, hijos, profesionales, comerciantes o trabajadores. Por noventa minutos nos convertimos en una categoría singular y apasionada: la del hincha.

                   Ese ser capaz de sufrir por desconocidos, de emocionarse con un himno, de abrazarse con alguien a quien jamás vio en su vida o de recorrer miles de kilómetros para seguir una camiseta.

                   ¿Hay algo de irracional en todo eso? Probablemente. Pero pocas veces la razón encuentra espacio cuando una pasión semejante ocupa el corazón.

                   Por eso el fútbol suele agrandar personajes hasta dimensiones extraordinarias. Los convierte en héroes o villanos con una velocidad vertiginosa. Pocas veces ocurre algo diferente. Este es el caso.

                   Detrás del personaje, logramos descubrir a la persona. Eso sucedió con Lionel Scaloni.

                   Cuando asumió la conducción de la Selección Argentina, lo hizo rodeado de dudas. Parecía una apuesta transitoria, una solución de emergencia. Pocos imaginaban que aquel joven entrenador, llegado casi por la ventana, terminaría convirtiéndose en el estratega que sepultaría las incredulidades a fuerza de triunfos y trofeos.

                   Ganó todo. Lo que parecía imposible terminó sucediendo bajo su conducción. Sin embargo, no son los títulos los que mejor explican el fenómeno Scaloni. Lo que conmueve es otra cosa.

                   A fuerza de gestos, conceptos y comportamientos, el personaje fue dejando ver a la persona. Y detrás del entrenador exitoso aparecieron valores que no siempre abundan en un ámbito donde se compite a cara de perro.

                   Todavía se emociona. Todavía agradece. Todavía se detiene a valorar gestos pequeños, que para otros pasarían inadvertidos.

                   En sus palabras rara vez hay resentimiento, vanidad o revancha. Hay respeto. Hay prudencia. Hay una mirada profundamente humana sobre la vida y sobre las personas.

                   Hay que hacer un lugar entre la maraña de éxitos y títulos para observar esas cosas. Porque las enseñanzas más valiosas que deja esta generación no siempre están en una gambeta, un planteo táctico o una copa levantada. Están en los ejemplos.

                   Lionel Messi nos ha mostrado durante años cómo la grandeza deportiva puede convivir con la humildad personal. Y Scaloni, desde otro lugar, parece transitar el mismo camino.

                   No es casual que compartan el nombre de pila.

                   Tampoco parece casual que ambos hayan terminado convirtiéndose en referencias que trascienden el fútbol. Hay hombres que llegan a la cima y desde allí observan al resto. Scaloni llegó a la cima y siguió mirando a los ojos.

                   Porque nunca dejó de ser quien era.

                   Detrás del entrenador campeón del mundo sigue habitando aquel chico nacido en Pujato, un pueblo donde las distancias humanas son cortas y donde todavía se aprende que el valor de una persona no depende de sus triunfos, sino de su comportamiento.

                   Allí están las raíces que ni la fama, ni los aplausos, ni el reconocimiento internacional pudieron arrancar. Y acaso esa sea la lección más hermosa que deja su historia.

                   En tiempos donde tantas decepciones alimentan el desencanto colectivo, donde abundan los ejemplos de egoísmo, agresividad y soberbia, aparece alguien que recuerda que es posible triunfar sin perder la sencillez. Que se puede ser exitoso sin dejar de ser buena persona. Que la grandeza verdadera no consiste en sentirse más importante que los demás, sino en seguir reconociéndose igual a ellos.

                   Por eso Scaloni representa algo más que un entrenador exitoso. Representa una esperanza silenciosa. La prueba de que los valores no están pasados de moda. La evidencia de que la decencia sigue teniendo lugar en el mundo.

                   Y cuando la pelota deje de rodar, cuando las copas encuentren su lugar definitivo en las vitrinas y los festejos se conviertan en recuerdos, probablemente eso sea lo que más permanezca.

                   No el campeón.

                   No el estratega.

                   No el técnico que ganó todo.

                   Sino ese muchacho de Pujato que llegó a la cima sin dejar que la cima se lo llevara.

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