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Terminó un Mundial: empieza un legado

Perder una final duele. Pero el verdadero triunfo de esta Selección fue construir una forma de competir, de liderar y de vivir que puede inspirar a toda una generación.
 

Viernes, 24 de julio de 2026 a las 00:38

Hay derrotas que duelen. Y perder una final del mundo es una de ellas. Duele, porque durante años aprendimos a sentir esta Selección como propia. Porque vimos el esfuerzo, el sacrificio, las renuncias, la preparación y la ilusión de un grupo que volvió a demostrar que estaba entre los mejores del mundo. Es imposible que una derrota en el último partido no genere tristeza. 

Pero sería un error enorme quedarnos solamente con el resultado.

Vimos todos estos años, algo más que un gran equipo de fútbol. Vimos una cultura de trabajo, una manera de entender el liderazgo, la humildad, el compromiso, el mérito y el sentido de pertenencia y de amor por lo que se hace. Vimos a Lionel Messi transformarse en un líder que dejó de conducir únicamente desde su talento para hacerlo, sobre todo, desde el ejemplo. Vimos a Lionel Scaloni construir un grupo donde cada decisión estuvo orientada a fortalecer al equipo, donde jugó quien mejor podía aportar en cada momento y donde todos entendieron que el objetivo propuesto siempre estuvo por encima de cualquier interés personal.

Vimos respeto por el rival, humildad en la victoria, dignidad en la derrota y una convicción inquebrantable de que nunca hay que dejar de intentarlo.

Sería imposible nombrar a cada uno de los jugadores que integraron este proceso, todos dejaron algo. Los que fueron protagonistas en la cancha y los que sostuvieron al grupo desde el banco o desde los entrenamientos. Cada uno entendió cuál era su rol y lo asumió con profesionalismo, generosidad y compromiso. Lo mismo puede decirse de todo el cuerpo técnico, que durante años trabajó con discreción, inteligencia y una enorme capacidad para formar no solamente un equipo competitivo, sino un grupo humano excepcional.

Aprendimos que el talento individual alcanza su verdadero valor cuando está al servicio de un propósito. Que los nombres pueden ganar partidos, pero son los procesos los que construyen las grandes historias. Que el liderazgo consiste en sacar lo mejor de cada persona para que todos empujen hacia un mismo objetivo.

Y hubo una imagen de esta final que, personalmente, me conmovió. 

La de Nicolás Tagliafico. 

Con el cuerpo acalambrado, casi sin poder caminar, se levantaba una y otra vez para volver a ocupar su lugar. No buscaba el reconocimiento de nadie. No hacía gestos para la tribuna. Simplemente cumplía con su responsabilidad. Una vez más. Y otra. Y otra.

Esa imagen explica mejor que cualquier discurso por qué esta Selección volvió a estar entre las mejores del mundo. Porque la grandeza muchas veces no está en una jugada extraordinaria, está en cumplir con el deber cuando nadie podría reprocharte si bajaras los brazos. En seguir adelante cuando el cuerpo pide detenerse. En entender que el compromiso no depende de cómo uno se siente, sino de la responsabilidad que decidió asumir.

Vivimos en una época que muchas veces vende la ilusión del éxito inmediato. Pareciera que todo tiene que salir bien a la primera, que equivocarse es fracasar y que perder es motivo de vergüenza.

La vida enseña exactamente lo contrario. Perder es una posibilidad, pero solamente para quien se anima a intentarlo. El que nunca arriesga, el que nunca sale de su zona de confort, el que nunca persigue un sueño, jamás pierde. Pero tampoco gana. Tampoco aprende. Tampoco crece. Tampoco descubre hasta dónde podía llegar.

Quizás hoy cueste verlo, pero dentro de algunos años, recordaremos a este grupo no solamente por las finales que jugó, lo recordaremos por la forma en que eligió recorrer el camino, por los valores que transmitió, por la manera de competir, por haber demostrado que el liderazgo inspira, que el compromiso se construye todos los días y que las grandes conquistas siempre son el resultado de una construcción paciente.

Y si nos animamos a mirar más allá, veremos que esos valores no nacieron en una cancha de fútbol. Ya estaban en nuestra sociedad. De allí vienen estos muchachos.

Son hijos de un país formado por hombres y mujeres que no abandonan cuando las cosas salen mal. Personas que se levantan una y otra vez, que hacen su parte aun cuando están cansadas, que entienden que el deber no desaparece cuando aparecen las dificultades y que comprenden que las transformaciones verdaderamente importantes nunca son inmediatas. La Selección hizo visibles esos valores. Nos recordó que siempre estuvieron ahí. Que podemos dar más. Que podemos ser mejores. Y nos demostró que, cuando una sociedad los pone al servicio de un gran proyecto común, es capaz de lograr cosas extraordinarias.

Si esta generación de futbolistas consiguió transmitir ese mensaje, especialmente a nuestros jóvenes, habrá logrado mucho más que cualquier Copa del Mundo.

El Mundial terminó.

El legado acaba de nacer.

Y esa es la verdadera copa que levanta esta generación de campeones.

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