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“El ignorante ataca con la boca, el sabio responde con el silencio”
Mahatma Gandhi
Javier Milei viajó a San Pablo para acompañar el lanzamiento de la candidatura de Flavio Bolsonaro y volvió con una crisis diplomática bajo el brazo.
Sin nombrarlos -como si el silencio de los apellidos fuera algo distinto del insulto mismo- llamó "ladrón" y "presidiario" a Lula da Silva y "basura calva" al juez de la Corte Suprema Alexandre de Moraes.
Ante la consulta sobre los insultos recibidos por parte de su par argentino, el presidente brasileño contestó como si hubiera leído la sentencia de Mahatma Gandhi: “¿Quién es ese tipo?”
Brasilia llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires. Después, en una segunda vuelta de tuerca, convocó también al embajador argentino en Brasilia para que explicara las ofensas.
El presidente, de regreso en el país, no bajó el tono: redobló la apuesta y acusó al gobierno brasileño de haber financiado una "campaña antiargentina" de la que no aportó ninguna prueba.
“Las ofensas verbales son una marca en el orillo del comportamiento del presidente Javier Milei”
Nada de esto sorprende a quien sigue la política doméstica argentina de estos años. Milei nos tiene mal acostumbrados al insulto como forma de argumentación, o más precisamente, como sustituto de ella.
"Zurdo de mierda", "rata inmunda", "ensobrado", el diccionario de la motosierra verbal es amplio y conocido. Que un presidente insulte puertas adentro ya es, de por sí, un signo de pobreza institucional; que lo haga puertas afuera es harina de otro costal.
Porque acá no se trata de un exabrupto de café ni de un cruce en redes sociales. Se trata de la palabra de un jefe de Estado, pronunciada en suelo extranjero, contra las autoridades del país anfitrión -el principal socio comercial de la Argentina, además-.
No es la primera vez: ya ocurrió en España, cuando Milei calificó de "corrupta" a la esposa del presidente Pedro Sánchez y, más recientemente, cuando llamó a "cascotear al puestero" aludiendo al propio Sánchez.
Aquella vez Madrid retiró a su embajadora durante meses. La reincidencia empieza a dibujar un patrón, y los patrones, en diplomacia, tienen nombre: se llaman doctrina.
El insulto como arma política es, ante todo, una admisión de derrota argumental. Quien insulta no está discutiendo ideas: está evitando discutirlas.
“Una sociedad acostumbrada al insulto, termina creyendo que la violencia verbal es una forma legítima de hacer política”
Pero cuando ese insulto lo pronuncia un presidente en el extranjero, el costo ya no lo paga solo él ni su electorado cautivo: lo pagamos los cuarenta y siete millones de argentinos que necesitamos que Brasil nos compre autos, nos venda energía y no nos cierre fronteras por orgullo herido.
La política exterior no es un escenario de recitales libertarios: es el terreno donde se juegan encadenamientos productivos, líneas de crédito y acuerdos arancelarios.
Brasil no es un país cualquiera para la Argentina. Es nuestro principal socio comercial. Es el destino de buena parte de las exportaciones industriales argentinas. Compartimos el Mercosur, una extensa frontera, proyectos energéticos, infraestructura común, inversiones cruzadas y una relación estratégica construida durante más de cuatro décadas de democracia.
Los presidentes pasan. Los intereses nacionales permanecen.
Cabe preguntarse, además, si estamos ante una estrategia calculada o ante otra cosa.
Hay quienes sostienen que el insulto es una táctica deliberada, una forma de polarización que le sirve al líder para consolidar identidad de tribu.
“Un individuo que no advierta que su condición de presidente de un país no refuerza su autoridad para insultar sino su responsabilidad para no hacerlo, no está en sus cabales”
Otros aseguran que hay algo menos estratégico y más compulsivo en la reiteración del agravio, algo que ya no responde del todo al cálculo político sino a una necesidad casi automática de ofender. Algo así como una patología psiquiátrica.
No me corresponde a mí dirimir esa cuestión; sí señalar que, sea cual fuere el origen, el resultado es idéntico: un país que pierde previsibilidad ante sus socios y un presidente que confunde la firmeza con la procacidad.
La diplomacia existe precisamente para eso: para que los desacuerdos, que siempre los habrá, no degeneren en rupturas. Es el arte de decir las cosas más duras con las palabras más cuidadas.
Milei ha decidido invertir la fórmula: dice las cosas más livianas con las palabras más burdas. Y así, entre bravuconada y bravuconada, va dilapidando algo que no le pertenece del todo --el crédito internacional de la Argentina- para pagar una cuenta que es, en última instancia, enteramente suya.