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La corrupción no paga las cuentas

Por El Litoral

Viernes, 03 de julio de 2026 a las 15:26

La corrupción ha sido, durante décadas, uno de los grandes males de la política argentina. Cambian los gobiernos, los discursos y las promesas de transparencia, pero las imágenes que indignan a la sociedad parecen repetirse con distintos protagonistas. Sin embargo, mientras la dirigencia sigue atrapada en escándalos que exhiben privilegios y ostentación, millones de familias continúan concentradas en preocupaciones mucho más urgentes: llegar a fin de mes, conservar el empleo, sostener el salario y hacer frente a una economía doméstica cada vez más exigente.

Durante los años del kirchnerismo, uno de los episodios que mejor simbolizó el divorcio entre una parte de la dirigencia y la realidad cotidiana fue el del entonces jefe de Gabinete bonaerense, Martín Insaurralde. Las fotografías de sus vacaciones en un yate de lujo en Marbella junto a la modelo Sofía Clérici recorrieron el país y provocaron una fuerte reacción pública. Más allá de las investigaciones judiciales y de las responsabilidades que correspondan determinar a la Justicia, aquellas imágenes se transformaron en un símbolo de una forma de ejercer el poder asociada a los privilegios y al desapego frente a las dificultades económicas que atravesaban millones de argentinos.

La llegada de Javier Milei al Gobierno estuvo acompañada por la promesa de terminar con "la casta" y de administrar los recursos públicos con austeridad. Ese compromiso generó expectativas en una parte importante de la sociedad, cansada de los escándalos de corrupción y del uso discrecional del dinero del Estado. Sin embargo, la administración libertaria tampoco ha quedado al margen de cuestionamientos públicos. En las últimas semanas, Manuel Adorni quedó en el centro del debate por los gastos vinculados a su función oficial, considerados por distintos sectores como incompatibles con el discurso de ajuste y austeridad que el propio Gobierno impulsa para el resto de la sociedad. Aunque se trata de situaciones de naturaleza diferente y que no pueden equipararse desde el punto de vista judicial, ambas reflejan una misma tensión entre el mensaje político y las conductas que la ciudadanía observa.

Mientras la política discute estos episodios, la vida cotidiana sigue otro ritmo. Ayer, la inflación pulverizaba salarios, jubilaciones y ahorros casi de manera inmediata. Hoy, con una inflación mucho más baja que la registrada en años anteriores, muchas familias siguen sintiendo que el dinero no alcanza. La pérdida del poder adquisitivo de numerosos salarios, el incremento de las tarifas de los servicios públicos, el costo de los alquileres, los medicamentos y los alimentos, junto con la incertidumbre laboral que afecta a distintos sectores, continúan condicionando la economía de los hogares argentinos.

Para quienes deben decidir entre pagar una factura, llenar el changuito del supermercado o afrontar una cuota escolar, los escándalos políticos tienen un efecto adicional: profundizan el desencanto. Porque la corrupción no solo implica un eventual perjuicio para las arcas del Estado; también erosiona la confianza social y alimenta la percepción de que existen dirigentes que viven en una realidad completamente distinta a la de quienes representan.

La Argentina necesita que la corrupción deje de ser una constante, sin importar el signo político del gobierno de turno. No alcanza con denunciar la corrupción ajena mientras se relativizan los cuestionamientos propios. La vara ética debe ser la misma para todos. De lo contrario, la alternancia política solo cambia los nombres de los protagonistas, pero no modifica las prácticas que tanto daño le han hecho al país.

Las familias argentinas no esperan yates, hoteles de lujo ni gastos que contradigan los discursos oficiales. Esperan estabilidad, trabajo, salarios que recuperen poder de compra y un horizonte económico que les permita proyectar el futuro con mayor tranquilidad. Mientras esas demandas permanezcan sin respuesta, cada nuevo escándalo de corrupción, venga de donde venga, seguirá siendo una confirmación de que buena parte de la dirigencia continúa discutiendo prioridades muy distintas de las que ocupan la mesa de millones de argentinos.

 

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