La economía argentina vuelve a mostrar una característica que, con el paso de los años, dejó de ser una excepción para convertirse en una constante: el movimiento pendular. Cuando una política busca corregir un desequilibrio, la siguiente etapa suele intentar reparar los efectos de esa corrección. Entre un extremo y otro quedan las personas, las empresas y las familias, que necesitan algo bastante menos sofisticado que una explicación macroeconómica: previsibilidad.
El anuncio del ministro de Economía, Luis Caputo, sobre la flexibilización de los créditos en dólares representa una decisión relevante dentro del esquema oficial. Los bancos podrán prestar parte de los depósitos en moneda extranjera a empresas, incluso a aquellas cuyos ingresos están denominados en pesos. La intención es ampliar el financiamiento, favorecer la inversión y estimular la actividad privada.
La medida tiene una lógica evidente. Si existen dólares depositados en el sistema financiero, permitir que una parte de esos recursos llegue al sector productivo puede contribuir a generar crédito en un país donde financiar proyectos continúa siendo difícil y costoso. Pero el anuncio también vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que excede a la medida puntual: ¿cuánto tiempo puede sostenerse una estrategia económica sin que las reglas vuelvan a modificarse?
La pregunta adquiere mayor importancia cuando se observa el comportamiento de los precios. En julio, la inflación fue del 2,1%, según el Indec, y de ese modo interrumpió una racha de tres meses consecutivos de desaceleración. El aumento acumulado en los primeros siete meses del año llegó al 19,3%, mientras que la variación interanual alcanzó el 33,8%. La inflación núcleo, que excluye los precios estacionales y regulados, fue del 1,8%, dos décimas más que en junio.
No se trata de negar los avances ni de desconocer los problemas que las medidas procuran resolver. Una inflación mensual del 2,1% está muy lejos de los registros de etapas anteriores, pero también muestra que la estabilización no avanza necesariamente en línea recta. La economía puede ofrecer señales positivas en un frente y, casi al mismo tiempo, introducir dudas en otro.
Y esa planificación requiere que las señales no se contradigan. Si el crédito se abre mientras los precios vuelven a acelerar, el mensaje puede resultar confuso. La economía necesita resultados, pero tiempo para que esos resultados sean entendidos, incorporados y convertidos en decisiones de todos los días.
Ese es el verdadero problema del péndulo argentino. No solamente cambia el rumbo de las políticas; también cambia el horizonte con el que las personas toman decisiones. Una familia que debe organizar sus gastos, un comerciante que define precios, un trabajador que evalúa una compra importante o una empresa que analiza una inversión necesitan saber qué escenario encontrarán dentro de algunos meses.
La incertidumbre no siempre aparece como una crisis visible. Muchas veces se expresa en decisiones postergadas, presupuestos que se revisan varias veces, contrataciones que no se concretan o proyectos que esperan mejores condiciones. La falta de certezas tiene un costo económico propio, aun cuando los principales indicadores exhiban mejoras.
Por eso, el desafío argentino no consiste únicamente en elegir entre expansión y ajuste, crédito y restricción, inflación y estabilización. Consiste en construir una trayectoria que pueda sostenerse en el tiempo. El crédito en dólares puede ampliar las herramientas para producir; la desaceleración inflacionaria puede mejorar el poder de compra. Pero ambos avances necesitan continuidad.
Después de tantos años de giros bruscos, la sociedad ya conoce el costo de los extremos. Lo que reclama, en definitiva, no es que la economía permanezca inmóvil, sino que deje de moverse sin dirección previsible. Porque para quienes viven de un salario, administran un comercio o intentan invertir, la estabilidad no es una palabra técnica: es la posibilidad concreta de planificar el día siguiente.