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La responsabilidad de los deudores que nadie quiere discutir

El incremento de la morosidad vuelve a ocupar titulares y activa temerariamente una interpretación casi automática que lleva a pensar que la gente involucrada no puede pagar porque la situación económica la asfixia. Salarios insuficientes, pérdida de poder adquisitivo y dificultades para llegar a fin de mes integran rápidamente el diagnóstico como si eso fuera una verdad indiscutible. Todo eso puede ser parte de la explicación y merece ser considerado como una arista del asunto. El inconveniente aparece cuando el contexto se convierte en una absolución colectiva que elimina del análisis las conductas individuales inadecuadas.

Sabado, 15 de agosto de 2026 a las 23:00

Hay algo curioso en la manera en que se suele abordar estos fenómenos. Cuando alguien utiliza una tarjeta de crédito, solicita financiación o compra en cuotas, se reconoce y valora implícitamente su autonomía. Es un adulto evaluando alternativas y disponiendo de sus recursos. Sin embargo, cuando llega el momento de cumplir y no lo hace, cierta narrativa modifica repentinamente el criterio y aquella persona capaz de elegir se transforma en víctima de fuerzas externas sobre las que aparentemente nunca tuvo control.

Cualquier operación de este tipo supone un acuerdo elemental. Alguien entrega dinero, un bien o un servicio porque otro promete cancelarlo bajo determinadas condiciones. Sobre esa confianza funciona la economía moderna. Si quien recibe queda eximido de toda obligación moral frente al resultado, termina debilitándose precisamente el mecanismo que permite acceder hoy a aquello que recién podrá abonarse mañana.

"La inflación agregó durante décadas otra distorsión. Comprar hoy y cancelar mucho después podía resultar incluso conveniente porque la depreciación de la moneda reducía el peso real de las cuotas. Los incrementos nominales de los sueldos ayudaban a licuar obligaciones anteriores y esa gimnasia terminó consolidando pésimos hábitos difíciles de abandonar. Cuando los precios empiezan a crecer más lentamente, aquellas prácticas dejan de contar con el mismo amortiguador."

Por supuesto que existen imprevistos. Perder el empleo, sufrir una reducción abrupta de ingresos, atravesar una emergencia familiar o enfrentar cualquier acontecimiento imposible de anticipar puede destruir la planificación más prudente. Sería absurdo desconocer esas circunstancias. Lo discutible es asumir que millones de casos responden exclusivamente a eventos extraordinarios y que ninguna conducta previa debería siquiera ser examinada.

También existen tarjetas llevadas sistemáticamente al límite, refinanciaciones sucesivas, compras prescindibles, consumos incompatibles con el presupuesto disponible y créditos solicitados para cancelar otros anteriores. Hay personas que conocen perfectamente cuánto ganan y, aun así, comprometen una proporción desmesurada de sus recursos futuros. Esa realidad puede resultar menos confortable que atribuirlo todo al presente, pero debería formar parte de cualquier explicación intelectualmente honesta.

La palabra crisis tiene, adicionalmente, una formidable potencia para justificar casi cualquier cosa en la Argentina y por eso ciertos sectores apelan a ella y la instalan como una cuestión indiscutible. Si se acepta sin discusión que el deterioro general determinará inevitablemente el comportamiento financiero de las familias, se deberían encontrar resultados relativamente similares entre hogares sometidos a escenarios equivalentes pero eso no ocurre. Con remuneraciones parecidas algunos consiguen ahorrar, otros mantienen cierto equilibrio y muchos acumulan saldos imposibles de afrontar. Evidentemente, el entorno importa, pero no alcanza para comprender semejantes diferencias.

"Durante demasiado tiempo también se naturalizó eso de vivir anticipando recursos futuros. El teléfono se financia, las vacaciones se siguen pagando después de haber regresado, la ropa entra en varias cuotas y el plástico completa la diferencia cuando el efectivo se termina. Ninguna de esas conductas es necesariamente cuestionable. El problema comienza cuando ese instrumento deja de resolver necesidades puntuales y se transforma silenciosamente en una extensión ficticia del salario. Conviene recuperar entonces una distinción sencilla a veces omitida, tener la chance de comprar algo no significa poder pagarlo."

La inflación agregó durante décadas otra distorsión. Comprar hoy y cancelar mucho después podía resultar incluso conveniente porque la depreciación de la moneda reducía el peso real de las cuotas. Los incrementos nominales de los sueldos ayudaban a licuar obligaciones anteriores y esa gimnasia terminó consolidando pésimos hábitos difíciles de abandonar. Cuando los precios empiezan a crecer más lentamente, aquellas prácticas dejan de contar con el mismo amortiguador.

Una economía más estable obliga entonces a recuperar cuentas bastante elementales. El dinero vuelve a pesar, los compromisos permanecen visibles durante más tiempo y los errores ya no desaparecen detrás de actualizaciones permanentes. Aquello que antes podía corregirse parcialmente mediante la erosión monetaria ahora exige previsión, prudencia y una administración mucho más consciente.

Durante demasiado tiempo también se naturalizó eso de vivir anticipando recursos futuros. El teléfono se financia, las vacaciones se siguen pagando después de haber regresado, la ropa entra en varias cuotas y el plástico completa la diferencia cuando el efectivo se termina. Ninguna de esas conductas es necesariamente cuestionable. El problema comienza cuando ese instrumento deja de resolver necesidades puntuales y se transforma silenciosamente en una extensión ficticia del salario. Conviene recuperar entonces una distinción sencilla a veces omitida, tener la chance de comprar algo no significa poder pagarlo.

El límite disponible no integra el patrimonio de su titular ni un préstamo preaprobado tampoco constituye un aumento de sueldo. Son fondos ajenos cuya utilización supone una devolución posterior. La tecnología hizo extraordinariamente fácil acceder a ellos y hasta consiguió eliminar buena parte de la percepción psicológica de estar gastando pero ninguna aplicación puede aportar sentido común, ese que obliga a cuestionarse si lo que se está disfrutando desde ahora se podrá pagar mañana.

"El límite disponible no integra el patrimonio de su titular ni un préstamo preaprobado tampoco constituye un aumento de sueldo. Son fondos ajenos cuya utilización supone una devolución posterior. La tecnología hizo extraordinariamente fácil acceder a ellos y hasta consiguió eliminar buena parte de la percepción psicológica de estar gastando pero ninguna aplicación puede aportar sentido común, ese que obliga a cuestionarse si lo que se está disfrutando desde ahora se podrá pagar mañana."

Las entidades financieras tampoco quedan fuera de esta discusión. Deben evaluar correctamente el riesgo, comunicar las condiciones con transparencia y evitar prácticas disparatadas. Quien presta profesionalmente conoce su actividad y debe soportar las consecuencias de hacerlo mal. Exigirle rigurosidad, sin embargo, no obliga a infantilizar a quien está del otro lado del mostrador.

"Tal vez allí esté la conversación que se continúa evitando. Una sociedad no puede considerar a sus ciudadanos suficientemente adultos para consumir, contratar y elegir, pero tratarlos como menores de edad cuando llega el momento de responder por aquello que decidieron. Las circunstancias explican mucho y en ocasiones explican casi todo, pero convertirlas siempre en culpables termina negando una dimensión esencial de la libertad. Hay que entender que administrar los propios límites también forma parte de ser libre y ninguna estadística económica debería funcionar como un anestésico para olvidar algo tan sencillo y elemental."

Tal vez allí esté la conversación que se continúa evitando. Una sociedad no puede considerar a sus ciudadanos suficientemente adultos para consumir, contratar y elegir, pero tratarlos como menores de edad cuando llega el momento de responder por aquello que decidieron. Las circunstancias explican mucho y en ocasiones explican casi todo, pero convertirlas siempre en culpables termina negando una dimensión esencial de la libertad. Hay que entender que administrar los propios límites también forma parte de ser libre y ninguna estadística económica debería funcionar como un anestésico para olvidar algo tan sencillo y elemental.

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