¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

Desde que este comentarista empezó a leer sobre temas de Relaciones Internacionales, allá en los tempranos ochenta, no pudo dejar de notar que toda descripción de la coyuntura empieza con advertencias sobre la incertidumbre reinante y lo dinámico y fluido de la situación, a la que se califica, siempre, como de transición. Esto es así porque el presente es confuso y difícil de aprehender. Además, nunca se cuenta con toda la información y es norma que irrumpan fenómenos fuera del radar que resultan decisivos. Por eso las predicciones fallan y los cambios relevantes no se llegan a anticipar, ni aún los más dramáticos y estructurales, como sucedió con la implosión de la Unión Soviética a fines de los ochenta.

En el actual escenario no tenemos como evitar ese lugar común: la situación es, efectivamente, de transición, confusa y cargada de incertidumbre. Pero esta vez sí, más que nunca. Es evidente que algo se está rompiendo ante nuestros ojos y que no está claro lo que viene.

Otro reflejo de académicos y analistas es tratar de encajar la situación novedosa en moldes conocidos, apelando a categorías ya trajinadas. En esa línea, frente al escenario actual, se ensayan hipótesis de sistematización basados en la distribución de poder emergente (bipolarismo, multipolarismo, régimen no hegemónico) y, ante la desinstitucionalización del sistema internacional, se avanzan tesis sobre regreso a esquemas de esferas de poder.

Sin embargo, más allá de lo que se percibe como alteraciones en la configuración del reparto global de capacidades y la destrucción de las instituciones internacionales, no habría que soslayar otros procesos que se están verificando y que pueden afectar de manera disruptiva la relación entre naciones, sociedades y gobiernos tal cual la conocemos. 

En particular, corresponde poner atención al desarrollo de tecnologías como la IA generativa y al comportamiento de las empresas tecnológicas que las desarrollan y explotan, así como a la reacción de los gobiernos y a cómo, según algunas opiniones - y alguna militancia -, estos desarrollos estarían amenazando las bases mismas del sistema del Estado Nación westfaliano y valores como la democracia y el Estado de Derecho. A ese respecto, se empieza a articular un debate que  habría que hacer confluir e integrar con el relativo a la distribución del poder y la desinstitucionalización del orden internacional. 

Como toda nueva tecnología que altera el paradigma de producción vigente, la IA genera tanto temores como esperanzas. En este caso, la radicalidad de los cambios que se insinúan o prometen hace que el consecuente debate sea especialmente relevante.

Simplificando a los efectos analíticos los extremos de esa disputa podemos, como ya hacen algunos comentaristas, recurrir a la extrapolación de la distinción entre apocalípticos e integrados desarrollada por Umberto Eco para describir las respuestas dadas a los desafíos de la cultura de masa en los años 60.

Los apocalípticos en el debate sobre la IA serían quienes enfatizan los riesgos que estas tecnologías conllevan en términos de desigualdad y manipulación del libre albedrío así como de la intensificación de capacidades bélicas. Este bando milita la necesidad de una regulación, que tiene que ser a escala global, para neutralizar en la medida de lo posible tales amenazas. Su expresión más relevante sería el Papa León XIV quien se ha manifestado al respecto a través de la encíclica Magnfica Humanitas de mayo pasado, en la que propone evitar el “eclipse de lo humano” mediante garantías del control y una regulación legal estricta a nivel nacional e internacional. En este campo se ubican además intelectuales como Yuval Noah Harari y empresarios del sector como Mustafa Suleyman y Chris Olah.

Por otro lado, los nuevos integrados postulan la eliminación de toda traba regulatoria, confiando en que la realización del potencial tecnológico traerá un orden superador, en ocasiones adornando su discurso con elementos místicos. El ejemplo más extremo de quienes promueven esta tendencia, también llamada aceleracionismo, es Peter Thiel, co fundador de Pay Pal y de Palantir.  En un documento vastamente difundido, Thiel argumenta que existe una tensión entre democracia y progreso que debería resolverse sacrificando aquella. Intelectuales y tecno magnates como Nick Land, Curtis Yarvin y Elon Musk defienden, con matices, este tipo de posturas.

La paradoja es que la tensión entre apocalípticos e integrados del siglo XXI se da sobre el telón de fondo de guerras típicas del siglo XIX como Ucrania (rapiña territorial) y Ormuz (control de cuellos de botella geográficos) y de la destrucción del atisbo de institucionalización del sistema internacional que se alcanzó en la segunda posguerra. 

Desde el campo integrador se sostiene que la disuasión basada en la IA está destinada a reemplazar al poder nuclear clásico como el eje central del equilibrio de poder global. Mientras tanto,  el principal objetivo expresado por Washington para justificar su ataque a Teherán del 28 de febrero pasado, fue destruir, precisamente, la capacidad nuclear de Irán (el conflicto bélico sobreviniente evolucionó, como sabemos, en la actual guerra por el control del Estrecho de Ormuz).

Se puede plantear como hipótesis teórica la existencia de dos planos de conflictos que tienden a superponerse: el del esferas de poder reminscente del siglo XIX (pero con bombas atómicas) por un lado,  y el de la disputa por la supremacía en el desarrollo y gestión de la IA, por el otro. Al ponerse en contacto estos dos procesos entran en juego sus respectivas morfologías con lo que algunas de sus partes encastrarían sin esfuerzo y, consecuentemente, potenciarían los respectivos efectos.  En otros espacios, la superposición puede encontrar obstáculos y resistencias, generando tensiones nuevas. Es decir, no necesariamente el mapa del poder sobreviniente va a replicar el modelo sobre el que se basan las visiones tradicionales, ni los actores (Estados, sector privado, sociedad civil) se reconocerán en esa novedosa matriz.

En este escenario complejo, el Gobierno argentino ha definido con claridad su postura en ambos planos: alineamiento sin matices con Estados Unidos en el de las esferas de poder y, a partir de su sintonía con el tecno magnate Peter Thiel y la propuesta de ley sobre “sociedades no humanas”, una adscripción abierta al campo de los integrados de la IA. 

Aunque estas opciones son expresión de la coherencia ideológica del oficialismo, la vertiginosa evolución de la IA introduce un sesgo dinámico e impredecible ante el cual sería deseable el impulso para un debate abierto sobre sus ventajas y peligros. Quizás la discusión parlamentaria del proyecto de Ley de “sociedades no humanas” sea la ocasión para ese necesario ejercicio. 

PUBLICIDAD

MÁS LEÍDAS

PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD