Hay una escena que empieza a repetirse en la Argentina: el Gobierno encuentra un dato para celebrar mientras otros indicadores cuentan una historia bastante menos alentadora. Esta vez, el motivo de festejo fue la inflación mayorista. El INDEC informó que el Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) aumentó 0,8% en julio, la menor variación mensual desde mayo de 2025. En doce meses, sin embargo, acumuló 31,1% y en los primeros siete meses del año, 16,6%.
Javier Milei celebró el resultado con entusiasmo. Es razonable valorar una desaceleración de los precios. Después de años de inflación descontrolada, cualquier reducción de la velocidad de aumento merece atención. Pero gobernar una economía no consiste en celebrar un indicador aislado. Consiste en observar qué ocurre cuando ese dato llega a la vida cotidiana.
Y allí aparece la otra Argentina.
Los datos oficiales difundidos sobre junio muestran que las ventas de los principales canales de consumo continuaron debilitadas. En supermercados, las ventas a precios constantes retrocedieron 1% frente al mes anterior. En los autoservicios mayoristas, la baja mensual fue de 1,4%, mientras que los centros de compras presentaron una caída todavía más pronunciada, del 6,2%. Los tres canales también registraron retrocesos en la comparación interanual y en el acumulado del primer semestre.
La diferencia entre ambos fenómenos es fundamental. La inflación puede bajar y, al mismo tiempo, el consumo puede seguir cayendo. No existe contradicción estadística. Una economía puede dejar atrás una inflación extremadamente elevada sin haber recuperado todavía el poder de compra de las familias.
Ese es precisamente el punto que el triunfalismo oficial corre el riesgo de ocultar.
Una inflación del 0,8% mensual no significa que los precios hayan bajado. Significa que aumentaron menos que antes. Y un aumento interanual del 31,1% tampoco es una fotografía de estabilidad: es la comprobación de que, en promedio, los precios mayoristas cuestan considerablemente más que un año atrás.
El problema aparece cuando la desaceleración de los precios no se transforma en capacidad de consumo. Porque una economía no vive de índices: vive de personas que compran alimentos, pagan servicios, cambian un electrodoméstico, renuevan ropa, salen a comer o deciden postergar una compra.
Y esa postergación tiene consecuencias que exceden el presupuesto de cada hogar. Cuando millones de consumidores restringen sus gastos, también se resienten los comercios, las industrias, los pequeños productores y las empresas que dependen del mercado interno. El círculo puede volverse incómodo: menos consumo significa menos ventas; menos ventas pueden traducirse en menor actividad y, eventualmente, en menor contratación o inversión. La estabilidad macroeconómica necesita, por eso, encontrar un punto de contacto con la economía real. De lo contrario, puede consolidarse una recuperación que luce saludable en determinados indicadores pero que todavía no se siente en los mostradores.
Los datos de consumo sugieren que muchas familias todavía están eligiendo la segunda opción.
Hay, entonces, dos velocidades en la economía argentina. Una es la velocidad de los indicadores que permiten afirmar que la inflación está bajo control. La otra es la velocidad con la que los ingresos de los hogares consiguen recuperar el terreno perdido.
La primera puede mejorar antes que la segunda. Pero si la recuperación del consumo no llega, la estabilidad de precios corre el riesgo de convertirse en una victoria estadística con una factura social considerable.
El Gobierno tiene derecho a celebrar una inflación mayorista del 0,8%. Lo que no debería hacer es confundir una buena noticia con la resolución del problema económico.
Porque el desafío de la Argentina ya no consiste solamente en conseguir que los precios suban menos. Consiste en lograr que los argentinos puedan volver a comprar más.
Y entre ambas cosas existe una diferencia enorme.
Una economía estable no es aquella en la que el Gobierno puede festejar un índice. Es aquella en la que una familia puede entrar a un supermercado sin tener que salir con menos productos de los que necesitaba.