Existe una cómoda costumbre de atribuir la responsabilidad de las falsedades exclusivamente a quienes las inventan. Políticos, periodistas, dirigentes sindicales, empresarios y comunicadores tienen indudablemente capacidad y hasta cierto talento para instalar versiones interesadas. Sin embargo, ninguna narración adquiere relevancia solamente porque alguien la pronuncie. Para alcanzar semejante dimensión necesita una audiencia predispuesta a aceptarla, repetirla y eventualmente defenderla.
En ese entramado conviven motivaciones bastante diferentes. Están quienes necesitan que determinadas interpretaciones sobrevivan porque obtuvieron durante años beneficios concretos de un sistema que comenzó a desmontarse. Regulaciones, subsidios, intermediaciones, protecciones, empleos artificiales, negocios amparados por el poder y excepciones discrecionales construyeron ganadores que difícilmente contemplen con entusiasmo ante la desaparición de esas ventajas. No siempre es una ingenua discrepancia ideológica, a veces consiste simplemente en un interés perjudicado.
Para ellos, cualquier modificación será presentada como destrucción. La competencia puede denominarse abandono, eliminar una prebenda será ajuste, terminar con una transferencia injustificada se describirá como insensibilidad y abrir un mercado protegido se convertirá rápidamente en amenaza. Es comprensible que quien pierde una prerrogativa intente conservarla, lo que no es razonable es aceptar su diagnóstico como si proviniera de un observador desinteresado.
"La discusión argentina agrega otro inconveniente porque lleva décadas atravesada por identidades políticas. Muchos ya no consultan un indicador para descubrir qué ocurrió sino para encontrar argumentos que ratifiquen la posición que tenían. Si la cifra coincide con sus preferencias adquiere categoría de evidencia irrefutable. Cuando las contradice aparecen sospechas, relativizaciones o simplemente indiferencia."
Pero existe otro protagonista menos deliberado y probablemente más numeroso. Es el que no quiere estudiar qué es lo que está cambiando. Entender una transformación económica demanda cierto esfuerzo ya que obliga a comparar períodos equivalentes, distinguir valores nominales de reales, revisar series completas, observar tendencias y admitir que pueden coexistir fenómenos aparentemente contradictorios. Puede aumentar la venta de un producto mientras atraviesa dificultades otra actividad, caer el movimiento en determinados comercios mientras crece el electrónico o desaparecer empresas al mismo tiempo que nacen nuevas. La realidad rara vez tiene la prolijidad que necesitan las consignas.
Resulta mucho más sencillo escuchar que “cerraron miles de compañías”, “nadie llega a fin de mes”, “se destruyó el consumo” o “la gente está peor” y reproducirlo inmediatamente. Cada afirmación puede contener episodios ciertos y, sin embargo, conducir hacia una conclusión equivocada. La maniobra consiste precisamente en seleccionar un hecho aparentemente verosímil, quitarle contexto y otorgarle una representatividad que nunca tuvo.
"Nada de esto supone que las estadísticas sean infalibles, que toda mejora resulte suficiente ni que los problemas actuales deban minimizarse. Una sociedad adulta debería poder cuestionar al poder sin inventar catástrofes y reconocer avances sin transformarse por eso en propagandista de nadie. La honestidad intelectual empieza cuando se utiliza idéntica vara frente a aquello que se desea escuchar y también ante lo que incomoda."
La ignorancia no debería utilizarse aquí como un insulto. Todos los individuos, sin excepción, desconocen infinitamente más cosas de las que saben. El problema comienza cuando alguien convierte su desconocimiento en certeza y, peor aún, se niega a incorporar información porque podría obligarlo a revisar aquello que ya decidió creer. No saber es inevitable, pero no querer aprender constituye una elección.
Las redes sociales potenciaron esa conducta porque premiaron exactamente aquello que una interpretación sensata debería evitar. La contundencia vence al matiz, la indignación circula mejor que una serie estadística y una anécdota conmovedora tiene más posibilidades de viralizarse que una explicación metodológica. Pero sería demasiado fácil responsabilizar al algoritmo ya que antes de compartir emerge siempre una decisión humana. La discusión argentina agrega otro inconveniente porque lleva décadas atravesada por identidades políticas. Muchos ya no consultan un indicador para descubrir qué ocurrió sino para encontrar argumentos que ratifiquen la posición que tenían. Si la cifra coincide con sus preferencias adquiere categoría de evidencia irrefutable. Cuando las contradice aparecen sospechas, relativizaciones o simplemente indiferencia.
"El país puede discutir el rumbo, cuestionar sus costos, señalar errores y exigir mejores resultados. Lo que no debería permitirse es volver a fracasar porque algunos necesitan recuperar sus privilegios y demasiados otros decidieron creerles sin siquiera averiguar qué estaba ocurriendo."
Nada de esto supone que las estadísticas sean infalibles, que toda mejora resulte suficiente ni que los problemas actuales deban minimizarse. Una sociedad adulta debería poder cuestionar al poder sin inventar catástrofes y reconocer avances sin transformarse por eso en propagandista de nadie. La honestidad intelectual empieza cuando se utiliza idéntica vara frente a aquello que se desea escuchar y también ante lo que incomoda.
Tal vez allí se juegue algo bastante más importante que una discusión sobre inflación, salarios, actividad o pobreza. Las grandes transformaciones nunca enfrentaron solamente obstáculos materiales. También debieron atravesar la resistencia de quienes perdían beneficios, el temor de aquellos que no comprendían lo nuevo y la extraordinaria capacidad humana para aferrarse a certezas conocidas cuando el mundo alrededor empezaba a modificarse.
"Los cambios profundos siempre incomodan a quienes vivían cómodamente de lo anterior. El desafío de una sociedad que pretende finalmente avanzar consiste en no dejar que el ruido de los que pierden el pasado sea más fuerte que la voluntad de quienes están dispuestos a construir un porvenir mejor."
El país puede discutir el rumbo, cuestionar sus costos, señalar errores y exigir mejores resultados. Lo que no debería permitirse es volver a fracasar porque algunos necesitan recuperar sus privilegios y demasiados otros decidieron creerles sin siquiera averiguar qué estaba ocurriendo.
Los cambios profundos siempre incomodan a quienes vivían cómodamente de lo anterior. El desafío de una sociedad que pretende finalmente avanzar consiste en no dejar que el ruido de los que pierden el pasado sea más fuerte que la voluntad de quienes están dispuestos a construir un porvenir mejor.