Por Noel Eugenio Breard
En una extensa conversación que mantuve este martes con la periodista Cristina Vicentin, en LT7 Radio Provincia de Corrientes, hablamos de política, economía, deuda y democracia, temas que parecen separados pero están unidos por una misma preocupación: la necesidad de recuperar la razonabilidad en un país que lleva demasiado tiempo yendo de banquina en banquina, porque cuando fracasa un extremo corremos hacia el contrario y, cuando descubrimos que tampoco allí estaba la solución, volvemos a empezar. Cambian los nombres, las consignas y los protagonistas, pero permanece siempre la misma lógica —si no estás conmigo, estás contra mí—, y así llevamos décadas acumulando frustración, deuda, pobreza, desconfianza y una peligrosa degradación de nuestra conversación pública.
Hay hoy una cantidad creciente de argentinos que no quiere volver al kirchnerismo pero tampoco quiere convertir al gobierno de Javier Milei en una nueva verdad absoluta, los que algunos analistas llaman los huérfanos de la polarización: ese espacio social existe, y lo que todavía falta es un liderazgo capaz de transformarlo en un proyecto político serio, moderno y competitivo. No hablo de un centro tibio, sin identidad ni coraje, porque una tercera vía no consiste en sacar el promedio entre dos extremos ni en ubicarse geométricamente en el medio, sino en algo mucho más difícil, que es defender la libertad sin abandonar la solidaridad, ordenar las cuentas públicas sin destruir la producción, proteger la propiedad privada sin permitir abusos y promover el mercado sin convertirlo en una selva, porque la libertad no puede significar el vale todo. Si una familia desesperada acepta un crédito con intereses exorbitantes, no alcanza con decir que dos partes ejercieron libremente su voluntad, ya que existen posiciones dominantes, asimetrías de información, publicidad engañosa, sobreendeudamiento y, eventualmente, usura, y para eso están el derecho, la Justicia, el Congreso y las normas de defensa del consumidor; Shakespeare lo explicó hace siglos en El mercader de Venecia, cuando mostró que ni siquiera un contrato puede legitimar que el acreedor se lleve una libra de carne del deudor, porque la libertad necesita instituciones, precisamente, para seguir siendo libertad.
El problema argentino, sin embargo, excede la economía, y asistimos a un fenómeno internacional que merece atención: movimientos que construyen identidad no ya diferenciándose del adversario, sino convirtiéndolo en enemigo, de modo que cuando alguien que piensa distinto pasa automáticamente a ser traidor, zurdo, antipatria o integrante de una casta que debe ser eliminada, abandonamos lentamente el terreno del pluralismo, y sin pluralismo no hay democracia. Durante la entrevista recordé algo que vi personalmente en Berlín, en la plaza donde los nazis quemaron libros en 1933, donde hay un memorial subterráneo con estanterías blancas completamente vacías y permanece la advertencia que Heinrich Heine había escrito más de un siglo antes, cuando dijo que donde se queman libros se terminan quemando personas; la enseñanza no consiste en trazar comparaciones históricas simplistas, sino en comprender cómo funcionan los procesos de degradación institucional, porque las democracias rara vez mueren de un día para otro: primero se degrada el lenguaje, después se deslegitima al adversario, más tarde se cuestionan las instituciones que ponen límites al poder y finalmente aparece alguien diciendo que los partidos, el Parlamento, los jueces o los periodistas molestan porque impiden el verdadero cambio. Ese es el comienzo de la distopía autoritaria, que nunca se presenta anunciando la pérdida de libertad sino prometiendo una libertad superior, que es exactamente la inquietud que plantea Anniversary, la película que vi recientemente, y por eso hay que estar atentos cuando la política empieza a tratar la disidencia como una enfermedad, porque la disidencia también es libertad.
Hay además un problema estructural que seguimos postergando, que es la deuda, sobre la cual gobiernos de distinto signo construyeron relatos parciales —unos diciendo habernos desendeudado y otros prometiendo que alcanzaba con terminar el déficit fiscal—, aunque ninguna explicación alcanza por sí sola: el déficit genera deuda, pero cuando la deuda alcanza cierto tamaño adquiere dinámica propia, porque vencimientos, intereses y refinanciaciones pueden hacerla crecer aun con equilibrio primario, y hacer rollover no es hacer desaparecer las obligaciones sino trasladarlas hacia adelante, casi siempre con nuevos intereses. Por eso el tema ya no puede pertenecer a un gobierno y tiene que convertirse en política de Estado, con reestructuración inteligente de plazos y tasas cuando sea necesaria, crecimiento que genere capacidad de pago y mecanismos transparentes para recomprar títulos argentinos cuando coticen muy por debajo de su valor nominal, sin caer en otra fantasía, la de creer que Vaca Muerta pagará automáticamente la deuda, porque puede transformar la economía argentina pero los dólares que genera una empresa exportadora pertenecen inicialmente a esa empresa, y para afrontar compromisos soberanos el Estado necesita recursos fiscales, reservas y una estrategia financiera consistente. No hay magia, como tampoco hay sustentabilidad fiscal sin economía real, ya que si para conseguir superávit destruimos actividad, consumo y recaudación, la estabilización termina devorándose a sí misma, y cuando cae el IVA hay que prestar atención, porque detrás de ese número hay supermercados, comercios, pequeñas empresas y familias consumiendo menos, un contexto que Corrientes también vive, con menores recursos nacionales y caída de la coparticipación, y que obliga a administrar con prudencia.
En Corrientes conocemos una enseñanza sencilla, porque mi abuelo decía que cuando llueve en un camino de tierra nunca hay que salir de la huella para buscar la banquina, ya que ahí uno se entierra, y la Argentina necesita volver a la huella, lo que exige autocrítica de todos: el kirchnerismo no puede presentarse otra vez ante la sociedad como si nada hubiera ocurrido, el radicalismo tiene que revisar sus errores y reconstruir identidad y propuesta, y el liberalismo democrático debe decidir si quiere construir una república moderna o quedar subordinado a quienes consideran al adversario un enemigo, porque podemos discutir impuestos, gasto público, regulaciones, propiedad privada o tamaño del Estado, pero lo que no podemos discutir es la existencia del otro. Estoy terminando un libro que reúne alrededor de noventa artículos escritos en estos últimos tres años y lo titulé Salir de la grieta, porque esa es probablemente una de las tareas políticas centrales de nuestro tiempo: salir de la grieta no significa dejar de discutir ni renunciar a las convicciones, significa abandonar los absolutos y poder discutir apasionadamente sin querer eliminar al que piensa distinto.
Después de muchos años en política sigo creyendo en los partidos, aun con todos sus defectos, y creo en el Parlamento, en la alternancia, en las mayorías y también en la protección de las minorías, convencido de que los problemas de la democracia se resuelven con más democracia, nunca con menos. La Argentina ya probó demasiadas veces los extremos, y quizá haya llegado el momento de entender algo mucho más sencillo: la salida no está en las banquinas, está en recuperar la huella de la razonabilidad, la libertad con responsabilidad y el pluralismo democrático.