Hay transformaciones que ocurren con estruendo y otras avanzan casi inadvertidas hasta que sus consecuencias resultan imposibles de ignorar. La demografía pertenece a esta segunda categoría. En 2015 nacieron en la Argentina 770.040 niños. En 2024 fueron 413.135. En menos de una década, la cantidad cayó más de 46%. No se trata de una oscilación estadística ni de una anomalía coyuntural sino de una modificación que atraviesa buena parte del mundo y que aquí adquirió una velocidad particularmente significativa.
Al mismo tiempo sucede algo extraordinariamente positivo y esperanzador que se traduce en que las personas viven más. Los avances de la medicina, la prevención, la tecnología, la alimentación y el conocimiento extendieron horizontes que hasta hace pocas generaciones parecían excepcionales. La combinación de ambas tendencias altera mucho más que una estadística ya que modifica la arquitectura de la convivencia.
Según las proyecciones del INDEC, los mayores de 65 años representaban el 12% de los habitantes en 2022 y llegarían al 16,4% en 2040. En paralelo, disminuirá la participación relativa de los menores de 15. La tradicional figura con una base ancha y una cúspide estrecha empieza a perder su forma conocida, sin embargo, buena parte de las instituciones continúa razonando con el esquema anterior.
"El verdadero problema no consiste en que la Argentina envejezca ya que sería absurdo lamentar que la gente viva más. La dificultad aparece cuando una sociedad cambia su composición mientras sus instituciones, empresas, políticas públicas y categorías culturales continúan diseñadas para el mundo anterior. Quizás allí esté la discusión más interesante."
El primer impacto evidente aparece en el sistema previsional. Menos ingresantes al mercado laboral y más ciudadanos atravesando períodos prolongados después del retiro obligan a revisar una ecuación concebida para otra realidad. Pretender resolver semejante desequilibrio exclusivamente aumentando aportes, impuestos o edades jubilatorias supone discutir herramientas sin asumir el fenómeno de fondo y visualizarlo con integralidad.
Sería un error reducir esta cuestión a las jubilaciones, también impactará en el empleo. Una economía con menor disponibilidad relativa de jóvenes tendrá que abandonar definitivamente el prejuicio que convierte a una persona de 50 o 60 años en alguien próximo a la obsolescencia profesional. La longevidad obligará a pensar trayectorias laborales más extensas, múltiples etapas de formación y reinvenciones sucesivas.
Aquella secuencia rígida de estudiar, trabajar y retirarse probablemente resulte cada vez menos representativa. Habrá aprendizaje a los 40, nuevos emprendimientos a los 55, cambios de profesión a los 60 y actividad productiva mucho después de las fronteras que hoy se utilizan para definir arbitrariamente la vejez.
"Existe cierta inercia en el que imaginar el futuro consiste en mirar inteligencia artificial, robots, nuevas energías o transformaciones productivas. Sin embargo, una de las mayores disrupciones puede ser mucho menos espectacular ya que el mundo simplemente no será igual, la humanidad no tendrá la misma dinámica."
La educación tampoco quedará al margen, ya que menos niños pueden significar aulas pocos numerosas, escuelas que deberán reorganizarse y recursos que podrían utilizarse de otra manera. Al mismo tiempo, vivir y trabajar durante más tiempo convertirá la capacitación permanente en una necesidad. El sistema educativo dejará de concentrarse casi exclusivamente en los primeros veinte años de vida para acompañar recorridos mucho más prolongados y las empresas también deberán entenderlo.
Durante años, buena parte del marketing estuvo obsesionada con los jóvenes. La innovación, la publicidad y hasta el diseño de productos parecían asumir que el consumidor relevante tenía menos de 40. Esa mirada quedará progresivamente desactualizada. Una población madura, activa y con mayor expectativa vital demandará servicios financieros específicos, turismo, entretenimiento, educación, tecnología, viviendas adaptables, prevención sanitaria y experiencias pensadas para una etapa que ya no podrá asociarse automáticamente con pasividad.
Incluso cambiarán las familias de la mano de menos hijos, hogares más pequeños y varias generaciones adultas conviviendo durante mucho más tiempo modificando vínculos, responsabilidades y decisiones patrimoniales. No será extraño encontrar personas de 60 años con padres de 85 o 90 todavía activos. Esa convivencia generacional, excepcional hasta hace poco, será cada vez más frecuente.
Hasta las ciudades tendrán que modificarse. Transporte, accesibilidad, espacios públicos, arquitectura y movilidad deberán contemplar habitantes que permanecerán autónomos durante más tiempo, pero tendrán necesidades distintas.
"Habrá proporcionalmente menos chicos, menos jóvenes y muchas más personas atravesando con autonomía edades que antes eran sinónimos del final de la vida activa. La nueva pirámide ya comenzó a insinuarse, aunque lo que todavía falta es empezar a imaginar la sociedad que deberá habitarla."
También la política enfrentará una transformación interesante. Un electorado con mayor edad promedio puede modificar prioridades, discursos y agendas. El desafío será evitar que una sociedad más longeva se convierta en una comunidad aferrada al pasado. Tener más años no implica necesariamente pensar viejo y esa diferencia será decisiva.
Existe, además, una conversación incómoda que habrá que dar. Durante mucho tiempo el debate público presentó el descenso de la natalidad casi exclusivamente como resultado de decisiones individuales. Y efectivamente lo son pero si bien nadie debería decidir por otros cuántos hijos tener, habrá que respetar esa libertad lo que no impide analizar sus consecuencias colectivas. Menos nacimientos significan dentro de dos décadas menos estudiantes, trabajadores, consumidores, contribuyentes y emprendedores. No constituye una tragedia ni justifica alarmismos, pero sí exige anticipación.
El verdadero problema no consiste en que la Argentina envejezca ya que sería absurdo lamentar que la gente viva más. La dificultad aparece cuando una sociedad cambia su composición mientras sus instituciones, empresas, políticas públicas y categorías culturales continúan diseñadas para el mundo anterior. Quizás allí esté la discusión más interesante.
Existe cierta inercia en el que imaginar el futuro consiste en mirar inteligencia artificial, robots, nuevas energías o transformaciones productivas. Sin embargo, una de las mayores disrupciones puede ser mucho menos espectacular ya que el mundo simplemente no será igual, la humanidad no tendrá la misma dinámica.
Habrá proporcionalmente menos chicos, menos jóvenes y muchas más personas atravesando con autonomía edades que antes eran sinónimos del final de la vida activa. La nueva pirámide ya comenzó a insinuarse, aunque lo que todavía falta es empezar a imaginar la sociedad que deberá habitarla.