Una curiosa habilidad de la política argentina se explicita de tanto en tanto para abandonar rápidamente el lugar de responsable y ocupar sin escalas el de comentarista aparentemente desinteresado. Basta con perder una elección para que funcionarios que hasta hace poco cumplían roles esenciales comiencen a describir los problemas nacionales con el asombro de quien acaba de descubrirlos repentinamente. La pobreza los conmueve, el deterioro salarial los indigna, el cierre de una empresa los alarma y cualquier circunstancia cotidiana se transforma en la demostración concluyente de que el rumbo vigente conduce inexorablemente a una catástrofe.
"La evocación romántica tampoco suele detenerse en la calidad institucional. Los numerosos episodios de corrupción que atravesaron esos gobiernos no constituyen una invención retrospectiva de sus adversarios. Hubo investigaciones, procesos judiciales y condenas, incluida la que quedó firme contra Cristina Fernández de Kirchner. Cada habitante puede tener su mirada sobre esa singular fase pero resulta difícil construir una descripción seria de ese proceso eliminando de la fotografía todo lo que incomoda a la versión idealizada."
Nada tendría de objetable semejante preocupación, en primer término si eso fuera veraz, y en segundo lugar si viniera acompañada de una mínima revisión de lo que hicieron cuando tuvieron la posibilidad concreta de evitar aquello que ahora denuncian. La decadencia lleva demasiadas décadas acumulando responsables y nadie tiene el monopolio exclusivo de los dislates pero tampoco parece intelectualmente honesto analizar el presente prescindiendo de los últimos dieciséis años en los que ese espacio gobernó el país entre 2003 y 2023.
Durante ese extenso período, la libertad económica fue subordinada a la discrecionalidad estatal. El cepo cambiario condicionó la chance de disponer de los propios ingresos, las limitaciones a las importaciones sometieron a las empresas al criterio de funcionarios, además de ser un símbolo de la corruptela sin pudor alguno, los controles de precios pretendieron reemplazar las señales del mercado por resoluciones burocráticas y la expansión del gasto público fue presentada como una conquista permanente, casi siempre evitando la incómoda discusión acerca de quién terminaría pagando la fiesta.
"Quizás el legado más persistente no esté en una medida específica sino en la cultura política que quedó instalada. Durante años se naturalizó que cualquier prestación estatal constituía una conquista irreversible, independientemente de su sustentabilidad; que subsidiar era necesariamente proteger; que impedir importaciones equivalía a defender la industria; que aumentar el gasto demostraba sensibilidad social y que preguntar cómo financiarlo revelaba una preocupante ausencia de empatía. Así se consolidó una sociedad extraordinariamente entrenada para identificar lo que recibía, pero poco habituada a reconocer cuánto costaba producirlo."
El problema nunca fue exclusivamente económico. Detrás de esa particular concepción existía una determinada relación entre el ciudadano y el poder. El Estado dejó de ser el custodio de los derechos para transformarse en un perverso distribuidor de permisos, excepciones, subvenciones y privilegios. Cada nueva intervención fue presentada bajo una denominación amable, pero inevitablemente reducía el espacio en el que individuos y empresas podían moverse sin solicitar autorización. Paradójicamente, muchos de quienes hoy se enorgullecen de ser promotores de derechos universales padecen de una amnesia que excluye el largo catálogo de regulaciones por las cuales definían quien podía contratar, comerciar, ahorrar o disponer del fruto del propio trabajo.
La evocación romántica tampoco suele detenerse en la calidad institucional. Los numerosos episodios de corrupción que atravesaron esos gobiernos no constituyen una invención retrospectiva de sus adversarios. Hubo investigaciones, procesos judiciales y condenas, incluida la que quedó firme contra Cristina Fernández de Kirchner. Cada habitante puede tener su mirada sobre esa singular fase pero resulta difícil construir una descripción seria de ese proceso eliminando de la fotografía todo lo que incomoda a la versión idealizada.
Algo parecido ocurre con la política exterior. Quienes actualmente advierten sobre cuestiones soberanas rara vez incluyen en su inventario las relaciones cultivadas con el régimen venezolano, la proximidad con sistemas autoritarios de la región como los de Nicaragua o Cuba, o el controvertido Memorándum de Entendimiento firmado con Irán para abordar la investigación del atentado contra la AMIA, además de sus opacas relaciones con imperios antidemocráticos como Rusia o China. No hace falta compartir una ideología para reconocer que esas decisiones existieron y forman parte del balance que corresponde realizar cuando se pretende ofrecer ese tiempo como referencia moral frente al presente.
"Los apologistas de ese modelo tienen todo el derecho a cuestionar el rumbo elegido y hasta a proponer el regreso de las políticas que alguna vez implementaron. Lo que no deberían pretender es hacerlo desde una inocencia recién estrenada, como si hubieran sido espectadores de una historia que los tuvo como protagonistas centrales. La memoria selectiva puede resultar extraordinariamente eficaz para construir un relato, pero es una herramienta bastante menos útil para comprender por qué la Argentina llegó hasta aquí. Y cuando el olvido es demasiado conveniente para ser casual, corresponde preguntarse si estamos frente a nostalgia genuina o ante el intento deliberado de reescribir aquello que ocurrió, haciéndose los distraídos, pero sobre todo intentando embaucar a los que genuinamente están angustiados y desean aferrarse a lo que pueda invitarlos a un nuevo sueño."
Quizás el legado más persistente no esté en una medida específica sino en la cultura política que quedó instalada. Durante años se naturalizó que cualquier prestación estatal constituía una conquista irreversible, independientemente de su sustentabilidad; que subsidiar era necesariamente proteger; que impedir importaciones equivalía a defender la industria; que aumentar el gasto demostraba sensibilidad social y que preguntar cómo financiarlo revelaba una preocupante ausencia de empatía. Así se consolidó una sociedad extraordinariamente entrenada para identificar lo que recibía, pero poco habituada a reconocer cuánto costaba producirlo.
Los apologistas de ese modelo tienen todo el derecho a cuestionar el rumbo elegido y hasta a proponer el regreso de las políticas que alguna vez implementaron. Lo que no deberían pretender es hacerlo desde una inocencia recién estrenada, como si hubieran sido espectadores de una historia que los tuvo como protagonistas centrales.
La memoria selectiva puede resultar extraordinariamente eficaz para construir un relato, pero es una herramienta bastante menos útil para comprender por qué la Argentina llegó hasta aquí. Y cuando el olvido es demasiado conveniente para ser casual, corresponde preguntarse si estamos frente a nostalgia genuina o ante el intento deliberado de reescribir aquello que ocurrió, haciéndose los distraídos, pero sobre todo intentando embaucar a los que genuinamente están angustiados y desean aferrarse a lo que pueda invitarlos a un nuevo sueño.