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La obsolescencia del sistema educativo que ya no se puede disimular

Los nuevos resultados de las tradicionales pruebas internacionales por excelencia vuelven a exhibir un declive que atraviesa casi todo el planeta, con caídas históricas en lectura y matemática. 
Pero reducir el fenómeno a una mala cosecha de datos podría ser un error de diagnóstico. La escuela contemporánea conserva una estructura pensada para otra época, mientras el planeta se transformó a una velocidad sin precedentes. Revisar el modelo con autocrítica, sin las resistencias habituales, dejó de ser una opción académica para convertirse en una urgencia civilizatoria.

Domingo, 13 de septiembre de 2026 a las 01:00

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos difundió días atrás los resultados de PISA 2025 y el panorama resulta cada vez más preocupante. La comprensión lectora se desplomó 28 puntos en la última década entre los países miembros y 16 entre los participantes no pertenecientes al organismo, mientras que matemática perdió 22 en ese mismo período. Cada veinte puntos representa, según el propio organismo, la pérdida equivalente a un año completo de escolaridad. Traducido sin eufemismos, una generación entera está aprendiendo casi un año menos que la anterior, y prácticamente nadie parece dispuesto a preguntarse qué está sucediendo.

Lo notable es que este derrumbe estadístico no respeta fronteras ni niveles previos de desarrollo educativo. Europa, con sistemas históricamente sólidos, exhibió retrocesos marcados en la última medición. Incluso Uruguay y Chile, los mejores posicionados de Sudamérica, registraron descensos respecto a la edición anterior pese a partir de una base más alta. Argentina obtuvo su peor resultado en veinte años, con el puesto 72 entre 91 países evaluados, pero funciona apenas como una variante local de un fenómeno mucho más extendido. Atribuirlo exclusivamente a factores como la pobreza, la pandemia o el presupuesto es quedarse en la superficie de una crisis que resulta, ante todo tan estructural como global.

"El propio informe de la OCDE señala que casi la mitad de los estudiantes de los países miembros usa asistentes de inteligencia artificial cada semana para estudiar. La tecnología entró al aula sin pedir permiso, pero la manera de enseñar sigue esperando una autorización que nunca llega. Incorporar pantallas sin modificar la pedagogía es, en el mejor de los casos, maquillaje sobre un formato que necesita cirugía."

El aula vigente en la mayoría de los países nació hace más de dos siglos, diseñada para formar obreros disciplinados y soldados obedientes en plena revolución industrial. Bancos en fila, timbres que marcan la pausa de una materia a otra, exámenes estandarizados y un docente hablando al frente de treinta jóvenes sentados en silencio. Esa arquitectura apenas cambió de vestuario, aunque el mundo se reinventó por completo.

La medicina pasó de amputar sin anestesia a operar con asistencia robótica. El transporte dejó atrás la tracción a sangre y hoy emergen vehículos que se conducen solos. Las comunicaciones recorrieron el camino del telégrafo al mensaje instantáneo con IA incorporada. La escuela, mientras tanto, sigue funcionando con una lógica que un docente de 1920 reconocería sin dificultad si entrara hoy a cualquier salón.

El sistema exige constantemente pensamiento crítico a sus estudiantes, pero pocas veces lo aplica sobre sí mismo. Cuando los resultados empeoran en vez de hacerse cargo la respuesta habitual apunta hacia afuera buscando culpables como la desigualdad social, los celulares, las familias ausentes o el financiamiento insuficiente. Todas esas variables podrían incidir, pero ninguna explica por qué el esquema pedagógico continúa casi intacto mientras todo lo demás está mutando con una celeridad difícil de acompañar. La autocrítica, ese valor que tanto se predica en las aulas, parece detenerse justo en la puerta de la sala de profesores.

El propio informe de la OCDE señala que casi la mitad de los estudiantes de los países miembros usa asistentes de inteligencia artificial cada semana para estudiar. La tecnología entró al aula sin pedir permiso, pero la manera de enseñar sigue esperando una autorización que nunca llega. Incorporar pantallas sin modificar la pedagogía es, en el mejor de los casos, maquillaje sobre un formato que necesita cirugía.

"Repensar la educación no significa solamente comprar más dispositivos o dictar un taller de robótica los viernes. Implica revisar qué se enseña, cómo se evalúa, qué habilidades importan realmente y qué rol cumple quien está frente al aula cuando la información dejó de ser escasa. La pregunta ya no es cuánto sabe un alumno, sino qué puede hacer con eso que sabe."

Cualquier intento serio de modificar ese diseño choca contra una combinación conocida de comodidad institucional, intereses corporativos y temor genuino a lo desconocido. Modificar planes de estudio, formatos de evaluación o la propia función del docente incomoda a quienes construyeron su carrera sobre certezas que hoy ya no alcanzan. Nadie exige menos vocación de los maestros, pero sostener un armazón caduco por costumbre tampoco es un acto de responsabilidad profesional.

Mientras tanto, el mercado laboral pide adaptabilidad, pensamiento complejo y capacidad de aprender constantemente, exactamente lo contrario de la memorización repetitiva que todavía aparece en buena parte de los programas escolares. La brecha entre lo que se enseña y lo que efectivamente se necesita después no deja de crecer, y cada punto perdido en una prueba internacional es apenas el síntoma visible de un problema mucho más amplio.

Repensar la educación no significa solamente comprar más dispositivos o dictar un taller de robótica los viernes. Implica revisar qué se enseña, cómo se evalúa, qué habilidades importan realmente y qué rol cumple quien está frente al aula cuando la información dejó de ser escasa. La pregunta ya no es cuánto sabe un alumno, sino qué puede hacer con eso que sabe.

"Ninguna transformación histórica relevante nació desde zonas de confort. Cada época que logró reinventarse tuvo que animarse primero a mirar sus propias ruinas sin piedad. La escuela tiene hoy la misma oportunidad que tuvieron otras instituciones que se atrevieron a refundarse y eso comienza cuando se dejar de defender un pasado que ya no educa a nadie y asumir, con la valentía que tanto se exige a los alumnos, la tarea pendiente de reinventarse antes de que el mundo termine de dictar sentencia sin ella."

Ninguna transformación histórica relevante nació desde zonas de confort. Cada época que logró reinventarse tuvo que animarse primero a mirar sus propias ruinas sin piedad. La escuela tiene hoy la misma oportunidad que tuvieron otras instituciones que se atrevieron a refundarse y eso comienza cuando se dejar de defender un pasado que ya no educa a nadie y asumir, con la valentía que tanto se exige a los alumnos, la tarea pendiente de reinventarse antes de que el mundo termine de dictar sentencia sin ella.

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